Como decimos en la solapa de la Vida del italiano Vittorio Alfieri (Asti, 1749 – Florencia, 1803), a grandes rasgos, la vida de este poeta se nos aparece como la síntesis de una búsqueda desesperada de la verdad. De origen noble, ardiente y taciturno y con una adolescencia que  culmina en un primer intento de suicidio, de su juventud dura y obstinada, «propia de un joven solitario y salvaje, termina convirtiéndose en un viaje prolongado, casi sin rumbo fijo, por Italia y por Europa. Sólo su “conversión” a la literatura sacia el desasosiego de una vida que no encuentra su centro».

Antes de seleccionar algunos extractos de esta autobiografía –acaso una de las primeras y más célebres autobiografías escritas en italiano–, queremos traer a colación dos poemas suyos que hemos traducido en ocasión de la presentación del libro en el Pipa Club de Barcelona. Los dos sonetos pertenecen a sus Rimas (1804), otra de las grandes obras del italiano, profundamente admirado por Byron, Shelley y Lamartine en cuanto precursor del romanticismo italiano y europeo. He aquí los dos poemas:

Sonetto CXXXV

Solo, fra i mesti miei pensieri, in riva
Al mar là dove il Tosco fiume ha foce,
Con Fido il mio destrier pian pian men giva;
E muggian l’onde irate in suon feroce.

Quell’ ermo lido, e il gran fragor mi empiva
Il cuor (cui fiamma inestinguibil cuoce)
D’alta malinconia, ma grata, e priva
Di quel suo pianger, che pur tanto nuoce.

Dolce oblio di mie pene e di me stesso
Nella pacata fantasia piovea;
E senza affanno sospirava io spesso:

Quella, ch’io sempre bramo, anco parea
Cavalcando venirne a me dappresso…
Nullo error mai felice al par mi fea.

Soneto CXXXV

Solo, con mi tristeza, a la orilla
Del mar en que desagua el río Tosco,
Con Fido mi corcel paseaba lento;
Y con ruido atroz rugían las olas.

La costa yerma, y el fragor colmaban
El corazón (que arde en llama eterna)
De alta y grata congoja, carente
de lágrimas, que tanto daño hace.

Dulce olvido de mí y de mis penas
Llovía en esa inmóvil fantasía;
Y sin sofoco asiduo suspiraba:

La siempre deseada parecía
Al galope acercarse a mi lado….
Nunca un error me hiciera tan dichoso.

 

Sonetto CL

Fra queste antiche oscure selve mute,
che fan del monte il dorso irsuto e negro,
là donde il pian traspar culto ed allegro,
alte dolcezze io spesso ho in me godute.

Or mille in mente fantasie piovute,
forma ebber poscia di poema integro;
or di colei, che il cor dolente ed egro
fammi, in rime laudai l’ alta virtute.

Così, sempre invisibili al mio fianco
vengon compagni, e delirar mi fanno,
dal destro lato Gloria, Amor dal manco.

Oh bel sollievo d’ ogni umano affanno!
Viver, da prava ambizion ben franco,
tra spini e fior, quai Febo e Amor li danno.

Soneto CL

Entre viejas, oscuras, mudas selvas,
que enmarañan la cumbre de este monte,
en donde se ve el llano alegre y culto,
altos gozos a solas he tenido.

Ora mil quimeras en la mente
cobraron forma de poema entero,
o de quien convirtió mi pecho en débil
y enfermo, la virtud loé con rimas.

Así, siempre invisibles, a mi lado
vienen juntos, causándome delirios,
a la diestra, Gloria, Amor al zurdo.

¡Bello consuelo de la humana angustia!
Vivir, ajeno a bajas ambiciones,
entre espina y flor, dan Amor y Febo.

Para el lector que quiera Saber algo más acerca del libro y del autor, lo invitamos a seguir este enlace, antes de ofrecer a los lectores del blog algunos fragmentos del libro.

«Y ciertamente quien después, en la madurez, buscase en sí mismo las causas radicales de los diversos odios y amores por los individuos, por los cuerpos colecticios o por los diferentes pueblos, encontraría quizás en su más acerba edad las prime­ras levísimas semillas de tales sentimientos; y no mu­cho mayores ni diferentes de estos que de mí mismo he alegado. ¡Oh, pequeña cosa es pues el hombre!» (p. 49).

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«Fuimos a Ports­mouth y Salsbury, a Bath, a Bristol y se volvió a Lon­dres por Oxford. El país me gustó mucho y la armonía de las cosas diversas, todas concordantes en aquella isla al máximo bienestar de todos, me encantó cada vez más fuertemente; y desde entonces me nació el deseo de poder residir siempre allí; no es que los individuos me gustasen mucho (aunque bastante más que los franceses, porque son más buenos y sencillos) pero los lugares del país, las costumbres simples, las bellas y modestas mujeres y jóvenes y sobre todo el equitativo gobierno y la verdadera libertad, que es su hija; todo esto en efecto me hacía olvidar lo desagrada­ble del clima, la melancolía que siempre te rodea y la ruinosa carestía de la vida» (p. 90).

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«Desde que nací había deseado siempre caballos de España, que difícilmente se pueden conseguir, por lo que no me parecía verdad el tener dos tan bellos; y ellos me consolaban bastante más que Montaigne. Y subido en ellos proyectaba yo hacer todo mi viaje por España, ya que el coche debía hacer etapas breves a paso de mula, dado que la posta no está establecida allí para los carruajes, ni lo podía estar dadas las pésimas carreteras de todo aquel reino africanísimo (p. 133).

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«Pero no poseyendo yo entonces ninguna lengua y ni siquiera soñando con deber ni poder escribir nunca cosa alguna ni en prosa ni en verso, me contentaba con rumiar para mis adentros y con llorar a veces a lágrima viva sin saber por qué y con reír de la misma manera: dos cosas que, si no son seguidas después por escrito al­guno, son tenidas por pura locura, y lo son; si dan a luz textos escritos, se llaman poesía, y lo son» (p. 134).

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«En aquellos de­lirios de fantasía el arte que se me presentaba como el más adecuado para darme de vivir era el de domador de caballos, en el que soy o me parece ser maestro; y es ciertamente uno de los menos serviles. Y también me parecía que debía resultarme el más compatible con el de poeta, pudiéndose bastante más fácilmente escribir tragedias en la cuadra que en la corte» (p. 200).

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Fuga de París, en plena Revolución francesa: «Así provistos con todas estas esclavistas patentes, habíamos fijado nuestra marcha para el lunes 20 de agosto. Mas un justo presentimiento, al encontrarnos preparados, me hizo anticipar la salida y se partió el día 18, sábado, después de comer. Apenas llegados a la Barrière Blanche, que era nuestra salida más próxima para coger la carretera de Saint Denis para Calais, adon­de nos dirigíamos para salir lo antes posible de aquel infeliz país, encontramos allí solo tres o cuatro solda­dos de la guardia nacional con un oficial que, una vez vistos nuestros pasaportes, se disponía a abrirnos la verja de aquella inmensa prisión y dejarnos ir con vien­to fresco. Pero había allí, al lado de la Barrière, un ven­torro de donde aparecieron de repente una treintena de granujas de la plebe, descamisados, borrachos y furiosos. Viendo estos los dos carruajes, que eran los que teníamos, muy cargados de baúles y cajas colocadas en la imperial, y una comitiva de dos mujeres de servicio y tres hombres, gritaron que todos los ricos querían huir de París y llevarse todos sus tesoros y dejarlos a ellos en la miseria y la desdicha. […] Y yo salté del coche entre aquella turba, provisto de todos aquellos siete pasaportes, para discutir y gritar y vociferar más que ellos; recurso con el que siempre se concluye con los franceses. Uno por uno miraban y se hacían leer por quien de aquellos que leer sabía las descripciones de nuestras respectivas figuras. […] Entretanto se ha­bía apiñado más gente alrededor de las dos carrozas y muchos gritaban: «Demos fuego a esos coches». Otros: «Atrapémoslos a pedradas». Otros: «Estos huyen; son nobles y ricos, llevémoslos detrás del Ayuntamiento, que se haga justicia». Pero, en suma, la débil ayuda de los cuatro guardias nacionales, que algo decían a nues­tro favor, y mi mucho vociferar y con voz de pregone­ro replicar y mostrar los pasaportes, y más que nada toda la más de media hora de tiempo en que aquellos simiotigres se cansaron de contrastar, moderó su in­sistencia; y habiéndome indicado los guardias subir al coche donde había dejado a la señora, se puede imagi­nar en qué estado, una vez dentro, vueltos a montar los postillones a caballo, se abrió la verja y salimos a todo correr acompañados de silbidos, insultos y maldiciones de esa ralea. Y por suerte para nosotros no prevaleció el ser conducidos al Ayuntamiento ya que llegando así dos pomposas carrozas sobrecargadas, tachados de fugitivos, en medio de aquel populacho se arriesgaba mucho. Y llevados después delante de los bribones de la Municipalidad, era seguro que ya no podríamos partir, incluso el ir a prisión donde, si nos hubiéramos encon­trado en la cárcel el día 2 de septiembre, o sea quince días después, nos habrían matado junto a tantos otros hombres de bien que allí fueron cruelmente despedazados» (p. 282-283).