El desconocimiento general de la poesía griega contemporánea en España, con excepción de los círculos especializados, es verdaderamente una lamentable dolencia crónica. Más allá de los dos poetas galardonados con el premio Nobel de Literatura (Seferis en 1963 y Elytis en 1979), parece como si solamente existieran Kavafis y, en menor medida, Ritsos. La verdad es que estos 4 poetas constituyen un verdadero póker de ases difícil de superar, aunque hay mucho más juego en la baraja poética griega de los últimos 150 años. Y no solamente por los autores, también por las vicisitudes políticas de la lengua griega. La consolidación oficial de la lengua popular (demótica) que se hablaba desde mucho tiempo atrásfrente a la lengua oficial (katharévusa), culta y arcaica, llegó a costar unos cuantos muertos en las calles. Por lo que a los escritores se refiere, no caeremos en la tentación de compilar una lista de poetas de ambos sexos merecedores de una mayor atención. Pero, cuando ni los grandes poetas nacionales como Solomós, Palamás y Kalvos gozan de un mínimo reconocimiento, hablar de Ánguelos Sikelianós (Léucade 1884-Atenas 1951) es siempre hablar de un desconocido.

Fue el menor de 7 hermanos nacidos en una familia tolerante y culta (su padre era profesor de italiano, francés e inglés; su madre estaba emparentada con famoso poeta). De forma que el jovencísimo Ánguelos no tuvo obstáculo alguno en su interés por la poesía. Terminada la enseñanza media, como muchos otros escritores, se trasladó a Atenas donde se matriculó en la Facultad de Derecho, aunque sin llegar a obtener la licenciatura.Lo que hizo en realidad fue asistir, con sus hermanas Heleni y Penélope, a la Escuela de Teatro Nea Skiní. Y a publicar sus primeros poemas en revistas literarias de la capital. Con 23 años se casó con una norteamericana (Eva Palmer Kotland, hija de una acaudalada familia) que estudiaba en París diversas disciplinas como música y danza antigua, así como arqueología griega.Su pasión por la Antigüedad Helénica la llevó a hacerse amiga de una joven de origen griego, Penélope. Casada con un hermano de la que entonces era la innovadora en el mundo de la danza, Isadora Duncan, Penélope era, ni más ni menos, que la hermana mayor de Ánguelos y dio a leer a su amiga americana los poemas juveniles del hermano pequeño. El efecto de la lectura catapultó a Eva (Evelyn) hacia Atenas para conocer al autor de aquellos versos cargados de parnasianismo, simbolismo y romanticismo.Seguramente Afrodita tuvo algo que ver en aquel encuentro: aunque Sikelianós tuvo que partir hacia Egipto para ayudar a un hermano en sus negocios, Eva se quedó en Grecia esperando el regreso del que se convertiría, al cabo de poco tiempo, en su marido. De vuelta de los Estados Unidos, donde se celebró la boda, Sikelianós, gracias a su encanto personal y su entusiasmo, empieza a relacionarse profusamente con los círculos intelectuales de Atenas y, en 1909, publica su primer poemario (Αλαφροϊσκιωτος, El visionario). Título que, años más tarde, resultaría revelador. El libro tuvo entonces una acogida estupenda y actualmente muchos especialistas lo consideran el verdadero inicio de la poesía griega moderna.

Procedente de las Islas Jónicas, Sikelianós se educó poéticamente en el ambiente de la llamada Escuela Jónica o Escuela del Heptaneso, de la que formaban parte los dos grandes poetas ya citados, Kalvos y Solomós. La pasión por la lengua griega, el contacto con otras literaturas (la italiana especialmente) y la atenta lectura de Palamás despertaron en él una conciencia que me atrevería a denominar de «grecidad universal», si se me permite la expresión. Toda su obra apunta hacia una idealización de la poesía, entendida como un elemento místico en que se fusionan elementos de un helenismo intemporal con elementos procedentes de un cristianismo primordial, amalgamados por una notable influencia de Nietzsche. El lirismo autobiográfico inicial se va transformando hasta alcanzar una verdadera concepción intelectual en la cual la conciencia del poeta, sin dejar de lado el lirismo, se orienta hacia la búsqueda de un origen cósmico de la humanidad, el sagrado comienzo inicial de los antiguos pensadores jonios:

Orión gira envuelto en llamas; Zeus es un trono;
y las Pléyades un nido;
¡mas sólo abraza mi mente, que ya no alcanza el tiempo,
el Ditirambo místico.

La búsqueda de la esencia helénica, a través de una Naturaleza no exenta de panteísmo y de la expresión poética, constituye, en Sikelianós, una mística que comunica directamente al hombre con los dioses:

Insomne atalaya mantenía, altamente encendido,
del deseo el mántico
fuego, y alrededor una generación de dioses congregada
pensativa me miraba…

Su cosmogónico planteamiento poético, con un lenguaje no siempre fácil, se desarrolla en un ambiente trágico en el que conviven dioses, hombres, toda clase de animales y plantas, minerales y perfumes, todos ellos en igualdad de condiciones. No faltan astros, estrellas o planetas, nieblas, lluvias, manantiales, ríos, océanos, olas. Ni tesoros, piedras preciosas, oro y plata, marfil, bronce, ni arcos, espadas o flechas. No! No se me olvida. Tampoco faltan la lira ni la flauta. Convertido en una especie de dios Pan, parece como si el poeta, al nombrarlos, diera vida a todos estos elementos a la par que él mismo se siente transportado por una revelación órfica, casi convertido en profeta. Como un nuevo Píndaro.

No se trata de una retórica poética. Sikelianós intentó poner en práctica su filosofía («la idea délfica») a través de la refundación del Festival de Delfos, que tuvo lugar en mayo de 1927, con el apoyo incondicional de Eva Palmer y sin ninguna ayuda oficial. El Festival debía adquirir una dimensión espiritual, una mística órfica que permitiese, eso sí, a una determinada «aristocracia espiritual» en palabras de Sikelianós, interpretarlo como «una señal más para todos aquellos que sienten la necesidad inmediata de formar un núcleo espiritual capaz de mantener y desarrollar la atracción de nuestra época hacia lo universal». El programa comprendió toda una serie de actividades: una exposición popular, un concierto de música bizantina, bailes y desfiles, concursos olímpicos y, muy especialmente, la representación del «Prometeo encadenado». El Festival fue un auténtico éxito y se repitió en 1930. El proyecto contó también con la colaboraciónde Isadora Duncan, que aportó su revolucionario concepto de la danza y la reivindicación de una naturalidad y una libertad de expresión vinculadas con el clasicismo griego. Delfos no podía limitarse a un Festival, debía tener una Universidad y convertirse en un verdadero centro cultural y espiritual mundial para la raza humana (omphalós, les suena?). Sin embargo, el coste económico excesivo de acabó con todo ello.

Sikelianós siguió defendiendo sus ideales aunque para ello tuviera que cambiar de registro su escritura: escribió ensayos y tragedias (poesía trágica, mejor dicho), redactó artículos y dio conferencias. Su ensayo «La arquitectura y la música» se hizo famoso. En ese texto la poesía es el nexo de unión entre la música de Beethoven y la concepción arquitectónica del Partenón. Su creatividad lingüística y el conjunto de su obra hicieron que fuese el primer escritor griego nominado al Nobel de Literatura, junto a otro gran escritor y amigo, Nikos Kanzantzakis. Se conocieron en 1914 y, a pesar de ser muy distintos en todo, trabaron una relación sólida y de mutua admiración. Una amistad, al estilo de Aquiles y Patroclo, que les llevó a vivir mil historias juntos en sus viajes por los lugares más recónditos de Grecia, en los que no faltaron estancias de varios meses entre monjes en monasterios lejanos, como el de Athos, por ejemplo. Y se dedicaron poemas el uno al otro.

No debe creerse, sin embargo, que el carácter órfico de la concepción poética de la vida llevara a Sikelianós a refugiarse en un mundo imaginario. Todo lo contrario. Los problemas reales de su sentida patria griega siempre estuvieron en su pensamiento. No debe olvidarse que Grecia estuvo en armas desde principios del siglo XIX hasta el derrocamiento de la Dictadura de los Coroneles y la expulsión del rey Constantino (1974): la liberación del dominio turco (1821-1832), las Guerras de Macedonia (1904-1908), las Guerras Balcánicas y la primera Guerra Mundial, el fracaso (1922)del intento de recuperar la antigua influencia en las costas turcas. Tal vez fueron la segunda Guerra Mundial, con la sangrienta invasión de Grecia por el ejército alemán, la subsiguiente Guerra Civil y la Dictadura que le siguió los eventos históricos que tuvieron una mayor influencia sobre su vida.

Ya desde obras como Prólogo a la vida (1915-1917), Madre de Dios (1917) y La Pascua de los Griegos (1919) se había producido un acercamiento a las influencias de un cristianismo no dogmático ni eclesial que años más tarde le llevaría a una identificación simbólica entre Cristo y Prometeo:

Nosotros, pedimos cortar la cruz desde la raíz,
el árbol de la vida colocar en su lugar
y fortalecer en derredor el paraíso del Hombre…
Porque cada Cristiano puede ser Cristo,
y cada Cristiana una Virgen…
 
Este fragmento (los poemas de Sikelianós suelen ser relativamente extensos y no permiten su reproducción completa en este espacio) pertenece a «La muerte de Diguenís» (1947) que, junto a «Cristo en Roma» (1946), fueron escritos durante la ocupación alemana y recrean la lucha de los primeros cristianos bajo el dominio romano. Fue precisamente Sikelianós quien redactó una famosa carta de protesta, firmada por el comprometido líder espiritual ortodoxo Damaskinos y muchos intelectuales,contra la persecución de los judíos griegos durante la ocupación alemana.

Por esto no se le concedió el Nobel: las presiones del Gobierno griego de la Dictadura contra dicha concesión fueron determinantes. La diplomacia inglesa y francesa, tal vez avergonzadas de semejante desatino, le brindaron un reconocimiento internacional a través de diferentes eventos.

La figura de este hombre, que él mismo fue poesía, no cabe en este generoso espacio. Por ello, aunque fragmentaria, prefiero concederle directamente la palabra:

Porque lo sé; mucho más allá de la compacta luz astral,
escondido como un águila,
allí donde la divina oscura tiniebla empieza, me aguarda
me aguarda mi yo primero…

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Me incliné sobre el viñedo
que agitaba sus hojas, para beberme
su miel y su flor por entero;
-densos racimos mis pensamientos,
espesos zarzales mi respiración-
¡y al respirar, no podía elegir
entre las fragancias cuál!

No se lo piensen, lean a Sikelianós porque «Toda palabra es la cuenta de una experiencia».