Corría el invierno 2019. Tres poetas decidieron tejer juntos un texto: Juan Pablo Roa, Misael Ruiz y Alberto Silva. Su proyecto recuerda la historia de Penélope. Actualizaban un relato antiguo que siempre es el mismo: el de una poesía escrita por todos, como soñaba Lautréamont. Al volcarse en papel, sus palabras podrían tornarse visibles, pensaban. Pero, y eso ocurre con toda escritura, acabaron componiendo un relato inventado, igual que cierto poeta griego, el ciego por excelencia.

La invidencia de Homero se entiende y se extiende como un hilo, en doble dirección. En un extremo, tres poetas dibujan con palabras una red. Se dieron ese tema para componer su renga, serie de poemas encadenados de origen japonés (que ellos se dedicaron a aclimatar al castellano). No sabían bien qué buscaban, sólo se sentían capaces de imaginarlo. Penélope tampoco lograba identificar al que ocupaba su mente, mientras tejía y tejía. Sin más recursos que la persistencia, se limitaba a mantener a Ulises delante de sus ojos de amante hilandera. El mito de Homero recuerda que poeta acaba siendo un ciego que algo ve.

Penélope hacía girar la rueca para producir su propio hilo. Un hilo tan largo como su constancia de esperar el encuentro anhelado. La suya era labor de amor. Y, ya se sabe, trabajos de amor nunca son vanos. Producen hilos largos como días de incontables filamentos que llamamos instantes. La mano que pasa días dando vuelta la manivela evoca un afecto que provoca el efecto delgado, tenue, casi invisible, de atravesar cualquier distancia. El asunto, tema, hilo o texto que los tres sostuvieron en sus dedos tampoco quería acabarse: deseaban ser fieles al ritmo de unas manos moviéndose en el huso, o pluma, o cualquier arte silencioso o parlante capaz de producir algo nuevo. Una vuelta a la rueda es un trozo de hilo, o de texto, o de vida que se hilvana y se agrega a los otros. Así fue avanzando la primera parte del renga, algunos de cuyos momentos están aquí seleccionados.

Cada vuelta del huso es un paso en la misma dirección, como vuelan al hilo del viento estorninos en banda. Sabemos que la de Penélope es una historia viajera. Y por más que el viaje de esta brava mujer parezca inmóvil, no pierde eficacia al hacerse capaz de devorar distancias, reuniendo en uno solo los universos de su espacio. El mundo de Penélope era una breve sección del Mediterráneo oriental. El espacio mental de los tres poetas cubre el vasto mundo de la lengua castellana, concretado en Castilla, Colombia, Argentina. Y si en el Mare Nostrum de Penélope la gente apenas flotaba por trasladarse en barquitos inseguros, hoy tenemos medios de navegación más poderosos, que permiten travesías instantáneas para encuentros entre Mallorca y Barcelona. Un espacio ajeno a la alternancia del día y la noche. Compusieron un renga en la red, trabajo que los entretuvo un mes y medio, cada fin de semana. Intentaban prolongar el hilo que la voz de cada uno iba tejiendo.

Penélope fabricaba un hilo inacabable con el que tejer su paño, que era su sueño. La labor del tejido es de trama y urdimbre. La labor del tejedor es tender muchas redes de su vivir inmerso en un ritmo mental y manual por el cual, hilo a hilo, el flujo de la vida crea en un solo momento la relación de muchas partes. Hilos de palabras se cruzan y le otorgan al tejido, o al texto, poesía fabricada entre todos, la solidez de algo implicado en un sistema cada vez más tupido, más humano. Lo que de a poco los tres fueron tejiendo en su fábrica de modernas Penélope se asemeja a los renga de los antiguos japoneses. Componen poemas distintos pero nada distantes y más que nunca ligados, por su electrónica e instantánea comparecencia, en la complicidad de una sola escritura. Leyendo los tankas que componen este medio renga, uno no acierta a recordar quién compuso tal o cual verso.

Los tres sabían, sin embargo, que Ulises siempre se retrasa. Ulises es aquel que nunca comparece. Penélope lo intuía y en la Odisea parece opinar en silencio: hoy tampoco habrá parusía. Hasta que Penélope descubrió que el encuentro cara a cara entre ella y su hombre era un sueño. Un sueño de lo más necesario para poder continuar el paño, que no era otro que la espera como forma de escribir un texto. Tal vez hace falta que un sueño se mantenga en forma de imagen, como en una relación que crece de puro ser virtual, de puro albergar su propia ausencia en ella.

Virtual es virtus, esa fuerza que anudó a los poetas uno a otro, sin por eso encontrarse físicamente, con el hilo de una relación a distancia, o con el filamento inconsútil de algo que sólo era posible por auténtico amor al arte, el arte buscado de decir esa ausencia. De tanto evocarla, la ausencia quizá se haga presente por momentos en sus textos y estimule el girar de la rueca.

Virtual porque el otro, si de veras es otro, nunca llega del todo. La relación, o este renga de los tres poetas, se mantiene en impalpable espera. Igual que en la escritura, es un hilo que avanza en el tiempo y sabe que no alcanza final. Igual a la de Penélope, en el caso de los tres poetas se trata de una espera insensata y gloriosa de lo que nunca acaba de ocurrir del todo. Pero ellos lo siguen anhelando, inocentes, certeros. El juego de tejer juntos no acaba aquí. Los tres poetas ya preparan la segunda parte de su experimento.

I
Todo parece
hecho, dispuesto
para la mano.

Pero nadie piensa en la doble fila
de obsequiosos cipreses bajo el viento,

un pespunte de verde
ceniciento en el cielo
azul de invierno; y quedas

mirando la labor, las hebras
leñosas en las lindes del asfalto.

En las charcas, las nubes
reflejan su silencio
mientras la mano

pinta las ramas verdes
y dice el gris de los finales.

V
El tordo hilvana el vuelo
en la maleza
con la misma suavidad

que tus manos trenzaron
la red que ya se abate.

Blancos, negros y grises.
Vuelos torpes de plumas
y de velos talares:

la moza teje
para lo que no sabe.

El robledal
es el nido y la tumba
del peregrino:

que en esta noche
arda todo en la mano.

VIII
Reja de arado
en la piel de la luna,
luz estragada,

húmeda noche de febrero,
olor perla en el aire.

Nubes que pasan
llevando sueños
que parecen ajenos;

caminos en la noche
a otra orilla que ahora es vida.

Despierta de su sueño,
pero no sabe
en qué orilla despierta.

Un surco se abre paso a paso y vuelve,
verso a verso, sobre sus pasos.

IX
Tarde o temprano
decae, adusto,
el acerado invierno.
Florece en la memoria entonces
la trama de la primavera.

Pistilo, estambre:
los hilos del amor
se esparcen. Una flor

dice a otra su dulce melodía,
¿será, tarde o temprano, áspero llanto?

Oyes latir corolas,
te bañas en su resplandor
y una canción acunas:

trenza de gozos y de sombras,
olvidos y dolores.

XI
Se cuelan por las ramas
rachas de viento:
el abeto descansa

mientras escucha
rumores sin palabras.

Nada he sido,
nada seré
ante la noche.

En la quietud del viaje
soy vuelo, soy palabra.

Susurro que no suena,
canto invertido
del pájaro que ha muerto.

Soy la sombra del viento entre las ramas,
soy el sueño del aire entre tus párpados.

XIII

Una senda serpea
entre las piedras,
el sol motea la ladera:

encinas que entrelazan
raíces, ramas negras.

Su pie tropieza:
no ha visto el ojo
la piedra en el camino.

La vida sigue intacta,
¿puede el hombre abarcarla?

No decir piedra,
tampoco rama,
pie que tropieza.

Mejor quedarse solo
en el camino con la piedra.

XV
Bifurcaciones
tenues de nieve,
menos que copos.

Y aun así, el agua, en su interior,
teje, alba, una red con hilos de hielo.

Encrucijadas
de serac y rimaya,

el frío seco
en la garganta: el tiempo se desdobla
en agua, en hielo, en niebla, en nada.

Las hendiduras
del tiempo en la muralla
de la memoria:

aves que aprendieron a volar
sin saber de su nido.


Alberto Silva (1943) nació en Buenos Aires. Es poeta, traductor y especialista en temas japoneses y transculturales. Compuso los 4 volúmenes de la serie Zen, que Herder Editorial ha publicado a lo largo de 2018. Entre sus libros más importantes se cuentan La invención de JapónEl libro del HaikuLibro de Amor de Murasaki. Como poeta tiene publicados Mi patria no es de este mundoEl viajeCelebración del Mar y Perros Calientes. Formación académica: Licenciatura en Filosofía (Universidad Católica de París), Doctorado en Letras y Ciencias Humanas (Universidad de la Sorbonne), Doctorado en Ciencias Políticas (Ministerio de Educación Español).

Blog: https://lugardelzen.blogspot.com.es/
Facebook: https://www.facebook.com/LugarDelZen/


Misael Ruiz Albarracín (Bruselas, 1960) es autor de los libros de poesía El hueco de las cosas (Trea, 2010) y Todo es real (Pre-textos, 2017; premio Antonio Oliver Belmás, 2016). Ha traducido la poesía de R.S. Thomas (Trea, 2008), Clive Wilmer (Vaso Roto, 2011) y George Herbert (Animal Sospechoso, 2014, en colaboración con Santiago Sanz; premio de Traducción Ángel Crespo, 2015). Dirige la revista de poesía Mecanismos.


Juan Pablo Roa Delgado (Bogotá, Colombia, 1967). Estudió Letras en Bogotá. Ha traducido obras de las poetas italianas Amelia Rosselli (Poesías, Ediciones Igitur, Montblanc, Igitur, 2004), Ana Maria Giancarli (Ediciones Amargord, Madrid, 2013) y Antonella Anedda (Desde el balcón del cuerpo, Madrid, Vaso Roto, 2014). Es fundador y director, junto con Roberta Raffetto, de la revista de poesía animal sospechoso, editada en Barcelona. Ha publicado los libros de poesía Ícaro, (Bogotá, 1989), Canción para la espera (Bogotá, 1993), El basilisco (México, 2007) y Existe algún lugar en donde nadie (2011, XXXV premio de poesía Vila de Martorell de 2010, publicado en Palma de Mallorca por Lleonard Muntaner Editor y en 2017 por Pregunta Ediciones). En 2013 fundó la editorial Animal Sospechoso Editor, y en 2016 la librería homónima, ambos proyectos nacidos de la revista de poesía Animal Sospechoso (2002 – 2010).