Cuba y la poesía van de la mano. Desde que se la nombra por vez primera para Occidente, la poesía ha estado ahí, podría decirse que es casi un hecho fundacional, desde las descripciones casi hiperrealistas del Diario de Colón, a «Espejo de paciencia» (1604), el primer texto escrito en la isla, y que es siglos después, el punto de partida de las décimas que Severo Sarduy dedica a frutos y flores del país. Poesía y música, y melting pot y mirada abierta al mundo, son su identidad.

Ketty Blanco Zaldívar es una poeta inserta en esa tradición, que conoce y maneja y suelta en total libertad para llegar a su propio camino. Nacida en Guáimaro, Cuba, en 1984, licenciada por la Universidad de La Habana, poeta y narradora, autora de libros infantiles, ha recibido algunos importantes premios allá. Está traducida parcialmente al inglés, italiano, esloveno, croata, portugués y japonés.

Quisiera destacar que como sucede en varios países de lengua española, en su generación, en Cuba, la presencia de poetas mujeres es importantísima, importante presencia en la poesía cubana desde el XIX, en las vanguardias, y hasta hoy. Y es una poeta joven, algo también a destacar, pues no es fácil en Barcelona, o en toda España, poder conocer lo que se está escribiendo en estos momentos, así que ésta es una ocasión única, y valdría la pena luego hablar de eso con ella y que nos dé su opinión sobre la efervescente creación poética cubana. Es cierto que Cuba es una isla cuya creatividad en todos los campos es sorprendente, destacable, que llega hasta la vida misma, rompedora, lejos de rutinas y aburrimiento. Ketty, como dicen en Colombia, ¿y cómo así?

Quién anda ahí es un libro lleno de rayos de luz, es un libro flecha, dardo, un punzón. Un escalpelo que pincha y suelta todas las preguntas y posibilidades sobre la propia identidad, la nuestra como lectores, con tanta precisión que constarlo hasta duele. Escribir con todas las palabras, pero las palabras justas, aquellas que son imprescindibles, y con una lupa para ir despertando el asombro. Todo deja ver una gran libertad personal.

El poeta cubano Sergio García Zamora dice en el bello prólogo, que «en estos poemas brilla la auténtica pureza», y es cierto, la palabra aparece limpia, no contaminada, y ese peso que se siente es el del verdadero efecto, aquello tan difícil de lograr y que denota que la poesía está. Hay un destello, hay un rayo que prende y acaba en trueno, para dejar ver aquello que no vemos en todo momento, aquello que es, aquello que escapa y que no son más que lo mismo. En el poema «La milagrosa» leemos:

Tu hijo, acaso trapecista, camina hasta ti por el
ombligo traspasando la bruma que eres.
Guiado por un seno de leche que no mana,
¿qué le darás entonces? […].

Ese ombligo, ese cordón, lleva a Ketty Blanco por un recorrido lleno de espejos que la reflejan para alcanzar el infinito de la verdadera poesía, aquella que nace de la conciencia del misterio, de estar a su merced, sentirlo, palparlo, pero nunca domarlo. Esa imposibilidad la fuerza a continuar, y se le ofrece, se le derrama, le deja una marca de fuego:

Poner moscas en el feliz instante cuando el cuerpo ignora su naufragio. Todo sucede ahí, cuando se anda ahí.
Ketty Blanco escribe una poesía dolorosa, íntima, sanadora, abierta al mundo, nunca localista ni se queda en la anécdota personal y pasajera, su escritura cruza fronteras manejando una sorprendente ductilidad y esencialidad. Ser y reflexionar sobre una misma y sobre las circunstancias con la luz de la palabra, palabra en mayúsculas. Como dice la poeta Antònia Vicens, «escribir para querer ser palabra». Rodolfo Häsler (escrito en Montenegro, la semana pasada)

La milagrosa
(Ketty Blanco Zaldivar)

Tu hijo, acaso trapecista, camina hasta ti por el
ombligo traspasando la bruma que eres.
Guiado por un seno de leche que no mana,
¿qué le darás entonces? ¿El gusano que se
enrosca en su garganta como un mal augurio,
y enturbia sus ojos de semilla? Di, Amelia,
¿qué sientes cuando él intenta abrir las manos
recién nacidas, y como un dedo atravesado en
el bostezo, se frustra el gesto por la piedra?
¿Tu corazón no se abre de ganas? ¿De dolor
por la leche, el aire que el sollozo pide. Sí, se
abre. Se abre tanto que al final estalla. Y
mujeres. No una, ni dos. Setenta veces siete.

 

Cebollas moradas
(Ketty Blanco Zaldivar)

Él no puede dejar de sangrar,
entonces corre a la cocina y
corta cebollas.
Ella come dulces
hasta que el azúcar se vuelve vértigo,
se esconde para cortar
cebollas.
Ante estas ganas de matar,
corto los bulbos en trozos muy delgados.
Miro el filo del cuchillo. El agua corre.

 

Aquí los amaneceres no son tan apacibles
(Ketty Blanco Zaldivar)

El día es tan bello que de un momento a otro
podría acabarse el mundo.
El rugido de un avión en el cielo pareciera anunciarlo
y la tinta que gotea del lapicero
es augurio de aniquilamiento.
Hace aquí una mañana apaciblemente bella.
Ya es hora, ya es hora. El teléfono suena.

 

Canto a mí misma
(Ketty Blanco Zaldivar)

No soy Helena de Troya, pero soy bella,
le digo cada mañana al espejo.
No necesito una ciudad a mis pies,
o la ruina de una ciudad a mis pies
para saberme dichosa. Mi nombre es otro,
mi nombre clavado entre inútiles palabras.
No soy Helena, pero al barrer estas cenizas
algo habrá sido diferente.

 

La inocencia
(Ketty Blanco Zaldivar)

Amo a Dios en sus designios fatales.
Y a la Virgen que es como aquellos
que la aclaman.
Igual amo a mi madre con sus cuerdas rotas.
Y me amo en el centro de todo
como amo al murciélago que duerme
debajo de mi cama.

 

Ser
(Ketty Blanco Zaldivar)

El helado se derrite en mi mano.
Una gota cae sobre el vestido.
La dejo ser.
Las religiones se disputan el Ser.
Los filósofos discuten sobre el Ser.
Mientras,
una mancha oscura
es
en mi ropa.

 


Quién anda ahí
Ketty Blanco Zaldívar
Editorial Polibea, 2019.
Madrid, colección
Toda la noche se oyeron,
Poesía Latinoamericana de ahora
ISBN 9788494966279
68 PP.
10,00€