Una respuesta a «El verso nace siempre de la prosa y tiende a volver a ella», de Misael Ruiz Albarracín, publicado el 3 de abril en el blog de Animal Sospechoso.

Que prosa y poesía puedan nutrirse y fecundarse mutuamente es algo posible, si bien no frecuente; que de esa relación, legítima y a veces vampírica, se derive beneficio alguno, en especial para la poesía, es algo más dudoso. La prosa de san Juan de la Cruz, su propia explanatio de sus poemas es, aunque interesante, un ejercicio de futilidad que nada les añade; antes al contrario: el lector de poesía –no el profesor de literatura ni el seducido por la mística- siente el deseo –la necesidad- de preservarlos en su memoria sin el lastre de esas pobres acotaciones. La relación, sin embargo, se da. Ahora bien, sugerir que el bello pensamiento de Heráclito sobre la continuidad e identidad esencial del día y la noche pueda aplicarse a la prosa y la poesía me parece discutible. Poesía y prosa se antojan, a falta de mejor palabra, modos tan distintos que apenas se vislumbra la posibilidad de genuina continuidad entre ellas; otra cosa serían semejanzas, filtraciones, perfumes. Si entre el día y la noche es la luz –o su suspensión- la que garantiza esa continuidad (pensemos en el sueño de Constantino en Piero), entre poesía y prosa no veo una categoría que la haga posible. No basta decir que ambas son «objetos verbales» o que la «palabra» o la «cultura» las hermanan. Decir algo así equivaldría a hacer de ambas parte de (la historia de) la literatura, y ese es un extremo o un punto de partida discutible.

La existencia hoy de un ingente público lector de prosa y de otro muy exiguo de poesía habla de esa discontinuidad esencial entre una y otra; se diría que son como lenguas distintas cuyos orígenes habría que ir a buscar a continentes muy distantes, de forma que solo los Marco Polos de una y otra podrían llegar a percibir o apreciar simpatías entre ambas.

Es obvio que estas consideraciones parten de una intuición, pobre sin duda, de que la poesía nunca apartó del todo los ojos del mito. La poesía es quizás, como la música, la única capaz de deslizar el mito dentro de la historia sin anular ni uno ni otra, pero sí con la vocación de trascender esta última. La poesía nos saca del tiempo; la prosa nos acomoda en él y nos regala una ilusión de continuidad, la lectura mañana de otro capítulo. Esas son las virtudes ideales de ambas, pero también sus límites: la prosa deja insatisfecho el anhelo cierto de trascendencia, de ir más allá, que late en lo humano. La poesía más lograda, la que ilumina y revela, debería detenerse justamente ahí, cesar; sin embargo, se traiciona al continuar –al hacerse prosa-, incapaz de sustraerse a la fluidez del tiempo del que estamos hechos. «Quel giorno più non vi leggemmo avante»; Dante supo verlo –y expresarlo- de modo inolvidable: Francesca y Paolo son los perfectos lectores y a su modo poetas; en ellos se hacen uno amor y poesía y más allá no puede haber nada; solo la muerte que el tiempo no gobierna. La poesía es un absurdo humano, un acto genuinamente revolucionario y, alguna que otra vez, un milagro. Se obra un milagro cuando alguien cierra un libro porque ya no tiene sentido la lectura después de cierto verso. Hay algo muy oscuro e intenso en un momento así; una negación del tiempo y de la naturaleza.

La prosa poco tiene que ver con estados semejantes. Puede hablar de ellos –como yo lo hago ahora- pero la poesía lo que reclama es justamente dejar de hablar, callar. El silencio es su término ideal, su más noble aspiración. Seguir escribiendo, seguir leyendo –esos ríos de tinta- son patrimonio de la prosa, siempre un poco mundana y temporera. La angustia que atenaza a Hofmannsthal es algo más que el fruto amargo de una crisis finisecular o personal. Su duda es crucial y pone en entredicho toda una cultura –la occidental- fundada en la palabra. Creo que solo la poesía, cierta poesía, podría ofrecer cobijo en esa intemperie de Hofmannsthal.

La brevedad del verso, su paradójica y engañosa pequeñez («Dicht-ung»), es la que ofrece consuelo frente a la usura del tiempo. Cuando acechan los fantasmas, cuando el cerco se estrecha, se piensa en Francesca o en un salmo, no en los Buddenbrook (aunque uno vuelva a menudo al final de Gatsby o al del Quijote). El poema es talismán, objeto mágico, prodigio; es experiencia trascendida y trascendente y engendra – idealmente- vivencias de rara intensidad.

Balthus dice que, siendo muy joven, fue precisamente la poesía –la de Rilke en particular- la que le hizo ver que «el mundo estaba espiritualizado». Él sostiene que su pintura «siempre se ha hecho [emplea la forma impersonal, como si no la hiciera él] bajo el signo de lo espiritual», y asevera que en la pintura siempre hay «esa búsqueda metafísica. Si no es así, no hay pintura». Con la poesía sucede lo mismo. Cabe en ella todo, pero su mirada, «toda ciencia trascendiendo», va más lejos. Para trascender, sin embargo, debe sacudirse todo el polvo y el peso de la cultura y quedarse solo con las migajas de lo humano y no humano, con «lo que permanece» –como quería Hölderlin. Para ello no solo tiene que ir el poeta más lejos, sino mucho más atrás, hacia un sustrato intemporal, antes de la historia aunque sin desdeñarla del todo, pues siempre hubo poetas en los que mirarse.

Esa mirada regresiva del poeta vuelve simultáneamente a su propia infancia –piénsese en poetas como Blake, Hölderlin o Baudelaire- y a la de la humanidad, es decir, a los mitos fundadores. La infancia es, de hecho, el territorio en el que el mito sobrevive; remansado en ella, el mito sigue nutriendo desde ese fondo imperecedero la vida del adulto. El neoplatónico Salustio de Emesa, al plantearse la verdad de los mitos y los dioses respondía sutilmente que esas cosas nunca sucedieron «pero son siempre». También la poesía –a diferencia de la prosa- se ocupa de lo que es, no de lo que sucede; no le interesa ni lo factual ni lo anecdótico aunque pueda servirse de ellos para sus fines. Subyace en lo poético un conato de permanencia ontológica, de habitar en lo que «es siempre»; de ahí su vecindad –no siempre fácil- con la filosofía y con otras vías del espíritu.

En la medida en que se desliga del tiempo, aunque se geste en él, la poesía no quiere ser práctica salvo en un sentido superior y también modesto. Tampoco tiene la vista puesta en el futuro ni quiere hacer ruido. Esta aseveración no invalida la proclama famosa de Blas de Otero, pues el futuro casi siempre se hace sin pensar en él. El poeta –y su lector- se pueden hacer un nido a salvo de casi todo y ¿no equivale eso a una promesa de futuro?; ¿no es eso acaso algo parecido a una certeza?

Gerhart Hauptmann intuyó que, en la poesía, tras las palabras debe «resonar» otra palabra[1]. La poesía sería, pues, el arte de la resonancia; el arte que se abre a otro espacio. Hay un poeta herido que quiere trascender el mundo y hay otro dichoso que quiere celebrarlo. Ambos son uno y el mismo, y ambos afinan su voz para entonar un canto, gozoso o elegíaco, que les lleve a otro sitio.

[1] «Dichten heisst, hinter Worten das Urwort erklingen lassen».