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«Todo lo que pudimos darnos fue silencio» es una de las líneas de Los habitados, poemario de Piedad Bonnett ganador del premio Internacional de Poesía Generación del 27. La presentación de ese libro en Animal Sospechoso, librería especializada en poesía, ocurrió igual, en silencio, y con una tensión doliente mientras «la mejor poeta colombiana viva», como aseguró Consuelo Gaitán, leyó poemas dedicados a Daniel, su hijo, quien se suicidó luego de que la esquizofrenia «como un rayo que lo iba a matar en vida», le llegara.

Con la voz a punto de quebrarse, Piedad explicó al público que esa obra se trata de un libro conformado sólo por 34 poemas en los cuales ella quería hablar del destino de una familia en la que irrumpe la enfermedad mental. Al comienzo de la charla, mencionó que desde niña había sido muy sensible a los manicomios, «esas casas de reposo», eufemismo con el que se les conoce en Colombia. Tal vez por esa razón la trilogía poética del trabajo que Bonnett ha venido desarrollando desde Las herencias, pasando por Lo que no tiene nombre, un libro en prosa que escribió en muy poco tiempo luego del deceso de Daniel. «Pensé que lo que surgiría de inmediato iba a ser poesía, pero no. Brotó la historia como una novela porque ya la tenía, sabía cómo había empezado y cómo terminó».

Al verso, la exprofesora de la Universidad de los Andes llegó gracias a las lecturas de César Vallejo y Pablo Neruda en Residencia en la tierra. La figura del poeta de Temuco que abandona a Malva Marina, su hija que nace con hidrocefalia, la signó de tal manera que la demencia como eje en Los habitados, salpicado de un epígrafe tras otro, recorre con imágenes de brillante lirismo, la oscura realidad de una despedida anunciada: «Otra vez sales de mí, pequeño, mi sufriente», así es como Piedad define a Daniel antes de la tragedia. Consuelo, amiga y lectora atenta, insistió en el carácter premonitorio de los versos de Bonnett, en que cuando la capacidad del poeta es tan profunda, se vuelve vidente en los términos que aseguró Rimbaud.

Piedad lee poesía despacio, se toma tiempo para subir y bajar el tono, para controlar la emoción que transmite más allá de sí misma porque ese velo que tiende ya no es cosa suya, sino de las palabras como estrellas de mar bailando en las profundidades de un océano. Hasta ahí nos llevó. Ningún zumbido mientras sus versos nos sumergen porque en ellos observamos pianos con teclas del color de la luna, pájaros exhaustos como inviernos. «¿Sabían que la mayor parte de la gente se suicida en primavera? Esto es porque pensaron que todo mejoraría cuando cambiara el clima», preguntó.

Pero de nuevo el silencio.

«La ceguera lo vuelve todo tan claro», por eso Bonnett es especialista en la luz de una obra que opera como oxímoron. La fuerza de esa paradoja viene de dentro, muy al fondo. Las estrellas. El cielo al revés. «Las rosas que abren bajo el agua», diría Idea Vilariño. Es una potencia que condujo a caminos impensables, pues muchos padres de hijos que también se suicidaron comenzaron a escribirle a la poeta. «Me di cuenta de que sin querer había tocado una herida».

Luego las preguntas. Una poeta venezolana quería saber cómo supera una madre el dolor de una pérdida total. La respuesta es rápida, pero no fácil de ir tejiendo: «Cuando un hijo descubre que su cabeza se está yendo y que sufre por esa razón, una prefiere que él muera. Así lo entendí y comprendí que él tenía todo el derecho de tomar su decisión. Creo que la conciencia, más la escritura, le dio sentido a ese dolor. También me han sostenido las cartas de los lectores».

En relación con la rabia, la escritora explicó que no sintió odio como tal, sino tal vez enojo hacia los psiquiatras porque se equivocaron tanto al diagnosticar a Daniel. «Me trataron mal. Me decían que él era el paciente, que para qué quería saberlo todo, que cada caso es diferente». Sobre si cree que la cultura colombiana es un género de enfermedad mental, respiró hondo y habló de una connaturalización de la violencia en su país, del narcotráfico, el paramilitarismo y los falsos positivos como una macabra trinidad que, al parecer, ya forma parte del paisaje.

En uno de los últimos poemas de Bonnett se canta un deseo que seguramente sería el temor más grande de los deudos de un hijo: que no se acabe el dolor, porque si se termina, lo otro que duele, muere. Entonces se debe vivir para entender la herida y aceptar que toda cicatriz es un buen regalo que se le hace a la memoria.

Duele, pero luego viene el silencio.

Y la voz de una poeta que se escucha.

Otra vez.

[Poemas de Los Habitados, de Piedad Bonnett:]

La madre es la gran noche

Aquí el tiempo está atado con camisa de fuerza:
es viento sometido
que escribe el mismo nombre con tiza sobre un muro.
Todo es adentro aquí, en este gran vientre
lleno de hombres sin madre.
La madre es la gran noche. La madre es nuestro grito.
La madre es cada dosis de trifluoperazina
que llena de saliva nuestros labios.
Cuando acerco mi oído a las paredes
queriendo oír el llanto de los que aún me aman
sólo oigo mi chirrido. Mi oscura disonancia.
El corazón del miedo
cantando su monótona tonada.

Huéspedes

Para Teresa y Bárbara

Esta noche tendremos huéspedes en casa
y se quedarán a dormir en tu habitación.
He quitado, pues, el polvo de todos los rincones,
he cambiado las sábanas y he sacudido la almohada,
y he puesto entre un cajón tu viejo suéter,
pero antes he metido mi cara entre la lana,
me he ahogado en su dulce mar de púas.
No les diré que aquí se desvelaba el cuervo de tus sienes,
ni que un niño sombrío se despedía de ti detrás de la
ventana.
No les diré que aquí nunca es de día.

Loca

A esa mujer un nido le crece en la cabeza.
Todos los días allí le nacen pájaros.
Unos tienen tres ojos, otros viven del agua.
Es todo lo que tiene. Y sus pesares.
Con estos últimos los alimenta,
y por esos los bichos son tristones.
Su pecho es una jaula. (Qué ironía)
Y el vientre un odre donde bebe el viento.
El vientre que fue un nido.
El corazón que tantas alas tuvo.
Y la cabeza loca donde crecen parásitas
y donde un cielo triste deposita sus nubes.

Letra muerta

¿A dónde va, cuando morimos, todo lo que hemos sido?
John Banville

Uno a uno recorro tus cuadernos:
hojas repletas con tu pequeña letra minuciosa,

fechas y nombres,
ideas como moscas zumbadoras.

También eso eras tú: un pensamiento
que bebía de los vivos y los muertos,

litros de tinta, noches en vela, dudas,
frases escritas con pasión.

Nadie sabrá jamás qué poseías
de todo aquello.

(Pero es tu letra
que me permite adivinar tu mano).


Alma Karla Sandoval Arizabalo (Jojutla, 1975) periodista, poeta y narradora mexicana egresada de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García y de la Escuela de Escritores de la Sogem (Sociedad General de Escritores de México). Especialista en Enseñanza del Español como Lengua Extranjera por la Universidad Complutense de Madrid y magister cum laude en Literatura Latinoamericana por la Universidad Javeriana de Bogotá, Colombia.  Ha obtenido las becas del FOECA y del FONCA en 1999 y 2001, respectivamente, y en 2010 obtuvo la Beca de Creadores e Intérpretes con trayectoria del PECDA para escribir un libro de cuentos. Premio Nacional de Periodismo en 2011, y de los Juegos Florales de Cuernavaca, Morelos, en 2012, premio Nacional a la Innovación Educativa del VI Congreso Nacional de Ética y Ciudadanía del ITESM, Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano (2013), premio Mujer Tec 2015 en tre otros galardones. Entre sus libros publicados podemos citar los poemarios Tratado de bengalas (2013), Beijing entonces (2015) y Ciruelas para los jinetes (2018), así como su novela Desde el corazón siberiano (que trata de la relación de Ariadna Efron y su madre, Marina Tsvetáieva), o sus títulos de ensayo De una Antípoda a Otra. Ensayos para caminar bajo el mal tiempo y una crítica a la educación, y Cartas a una joven feminista (2018).