Prometeo, ya encadenado, es condenado a que un águila se coma su hígado. Cada día, y debido  a una inmortalidad casi maldita, el hígado se regenera; y el águila vuelve a picar, pero el hígado crece siempre, otra vez como nuevo.


LA FUERZA

Al remoto confín hemos venido
De la tierra, a los yermos inaccesos
De la Escitia. Tú, Hefesto, los mandatos
Del Padre cumplirás, y a Prometeo
Maléfico atarás a la alta roca,
De adamantinos lazos con cadena,
Pues la llama, flor tuya, y de todo arte
Fácil materia, arrebató a los cielos,
Y a los hombres la dio. Por tal delito
Justo es que pague merecida pena,
Para que aprenda a respetar de Zeus
La alta deidad, y a no endiosar al hombre.

(de Prometeo encadenado, Esquilo)

 

Ha robado el fuego para el Hombre, ha sido encadenado. Antes ha dormido con Afrodita (una diosa de verdad) y con Pandora (una estatua que parece doncella y a quién llaman «la omnidotada»). Ha despertado la envidia de Zeus y sabe que habría sido mejor no ser tan terco, pero… el fuego, ah, el fuego… ¿Quién puede volver atrás todo y devolverlo, cómo dejar otra vez a los hombres huérfanos de tanta maravilla?

¿Quién primero que yo, bajo la tierra,
Descubrió el bronce, hierro, plata y oro,
Riqueza que ignoraban los mortales?
Oídlo en suma: cuantas artes tienen,
Al solo Prometeo las debieron.

(de Prometeo encadenado, Esquilo)

 

Las cosas de Percy, o las cosas de Mary Shelley, o las cosas de la vida. Reinventamos los mitos por necesidad, la vida acaba pareciéndose a la literatura o acaso todos seamos personajes de un mito único y también necesario. Sir Percy era un romántico, quiso vivir al límite, luego de una esposa suicida, muchas amantes y mil locuras que ahora no vamos a contar, conoció a la mujer que le llegaba a la medida, una mujer que era mucha Mary. Y ella tenía sed de contar, lo que contó no sabemos aún de qué entrañas le naciera, pero qué manera de contar la suya. «Si no puedo inspirar amor, inspiraré miedo» y todavía temblamos todos. Más horrible fue ese funeral, en la otra noche de la tormenta, el naufragio, la pira, el rostro aterrado de Byron, el cuerpo del hombre que amaba carcomido, sus despojos tratando de no arder. Ah, el fuego, tal vez trataba de devolverlo al fin a donde sus orígenes, porque lo bello se ama por ignoto.

La sombra de una Fuerza incognoscible
flota, aunque incognoscible, entre nosotros;
visita este amplio mundo con la misma
inconstancia que el viento entre las flores;
como un rayo de luna tras un pico
turba secreto, imprevisible,
el corazón y rostro humanos;
como el rumor pausado de la tarde,
como una nube en noche clara,
como el recuerdo de una música,
como aquello que se ama por hermoso
pero más todavía por ignoto.

(De Himno a la belleza intelectual, Percy Bysshe Shelley)

 

Mucho se ha escrito acerca de la «noche de tormenta» en la que se fraguó La Criatura (el pobre Frankenstein de Mary, también llamado El moderno Prometeo) y se dice que también los primeros capítulos de El vampiro de Polidori. Allí fueron felices y charlaron hasta el amanecer, leyeron, se enamoraron rodeados de los amigos. Byron también escribiría su relato inacabado llamado «El entierro» (vaya una premonición más a sacudirnos). Sólo Shelley no escribiría nada de aquel día, pero la vida le tenía preparado su relato, un remake con los más cruentos designios desde Esquilo hasta Shakespeare.

Del siciliano mar, so las raíces
Del Etna. Y en su cumbre más erguida
Hefesto forja las candentes masas,
Que un tiempo bajarán en ígneo río
A devorar con ásperas mandíbulas
Las opulentas sicilianas mieses.
Entonces lanzará Tifón ignívomo,
Aun calcinado por celeste llama,
De hirvientes dardos, recio torbellino.

(De «El océano» Prometeo encadenado, Esquilo)

En realidad nadie sabe exactamente qué sucedió y cómo Percy Shelley, siendo un tremendo y ducho navegante, naufragara en el Mar de Liguria para tener el funeral más digno de una novela de su mujer, que de la realidad que nunca le corroboraría. Es posible que presintiera la llegada de la estación, la tan sabida, la esperada, la que el poeta jamás eludiría.

Tú bajaste, entre todas las ráfagas del cielo:
al modo de un espíritu o de un pensar, que agolpa
inesperadas lágrimas en ojos insensibles,
o como los latidos de un corazón amargo
que debiera tener ya la paz, descendiste
en cuna de borrascas; así tú despertabas,
Primavera, ¡oh, nacida de mil vientos! Tan súbita
te llegas, como alguna memoria de un ensueño
que se ha tornado triste, pues fue dulce algún día,
y como el genio o como el júbilo que eleva
de la tierra, vistiendo con las doradas nubes
el yermo de la vida.
La estación llegó ya, y el día: esta es la hora;
has de venirte cuando sale el sol, dulce hermana:
¡llega, al fin, deseada tanto tiempo, y remisa!
¡Qué lentos, cual gusanos de muerte los instantes!
El punto de una estrella blanca aun tiembla, en lo hondo
de esa luz amarilla del día que se agranda
tras montañas de púrpura: a través de una sima
de la niebla que el viento divide, el lago oscuro
la refleja; se apaga; ya vuelve a rutilar
al desvaírse el agua, mientras hebras ardientes
de las tejidas nubes arranca el aire pálido:
¡se pierde! Y en los picos de nieve, como nubes,
la luz del sol, rosada, ya tiembla. ¿No se oye
la eólica música de sus plumas, de un verde
marino, abanicando al alba carmesí?…

(De Prometeo liberado, Percy Bysshe Shelley, versión de Màrie Montand)

 

Byron, que siempre fue un tembloroso, salió gritando despavorido ante el horror de un cuerpo en tan mal estado que ni ardía. Byron fue a emborracharse, como el corsario que siempre fue, prefirió el recuerdo vivo de aquel hombre amigo, a su patetismo postrero y la tan negra situación.

Ardiendo en lenta llama, eterna pero oculta,
hay en su centro a modo de fúnebre velón,
pero su luz parece no haber brillado nunca:
ni alumbra ni combate mi negra situación.

(De «Canción del Corsario», Lord Byron)

 

Nadie sabe por qué pero la pira era una cosa horrenda en la que tristemente el cuerpo se negaba a arder. Del corazón salía un líquido azul, dicen que por una tuberculosis que había contraído antes el poeta y que muy mal curada, era la llama más negada a arder de todas, aunque a su modo relucía.

Es la llama de mi alma cual lumbrera,
que brilla en el recinto sepulcral:
casi extinta, invisible, pero eterna…
ni la muerte la puede aniquilar.

(De «Acuérdate de mí», Lord Byron)

 

Edward John Trelawny saltó como pudo y sacó el corazón intacto, al principio lo quería para sí, pero Hunt Trelawny, su hermano, lo convenció de que no y se lo llevaron a la viuda. Mary Shelley lo guardó en un pañuelo de seda en su escritorio mientras vivió, todos los días tuvo el corazón del hombre que le amó. Allí escribía ella mientras el suyo ardía. Allí moraba el espíritu, la voz que sólo se oye en el rumor de la sangre. ¿Y qué otra cosa es el amor?

Soy como un espíritu que mora
en lo más hondo del corazón.
Siento sus sentimientos,
pienso sus pensamientos
y escucho las conversaciones más íntimas del alma,
la voz que sólo se oye en el rumor de la sangre,
cuando el vaivén de los latidos
se asemeja al sosegado oleaje del océano estival.

He desatado la melodía dorada
de su alma profunda y me he zambullido en ella
y, como el águila en medio de la bruma y la tormenta,
he dejado que mis alas se adornasen
con el fulgor de los rayos.

(De «Soy como un espíritu que mora», Percy Bysshe Shelley.)

 

Los cuatro huesos que no se quemaron más unas pocas famélicas cenizas y el propio corazón hoy reposan en la tumba del poeta junto a su mujer y sus hijos, en el cementerio protestante, con un epitafio sacado de La tempestad de Shakespeare.

Nothing of him that doth fade
But doth suffer a sea change
into something rich and strange

Nada en él se deshará
pues el mar lo cambia todo
en un bien maravilloso

(De La tempestad, Shakespeare.)

 

Lo que no supieron Shelley, ni Mary, ni Byron, ni siquiera el propio Trelawny, es que los investigadores dudaban de que fuera el corazón lo rescatado. Se ha confirmado que era el hígado lo que la amada guardó durante casi treinta años. Aquí ya cierra esta historia escrita por los dioses y por Esquilo.

De la adivinación diles la ciencia,
Interpreté los sueños el primero,
Y las voces obscuras; del camino,
Los fatales encuentros; de las aves
De aduncas uñas el volar siniestro,
O a la diestra volar, y sus costumbres,
Odios y amores. Y de sus entrañas,
La forma y el color, y cómo aceptos
Son a los dioses hígados y hieles,
Y lomos y grosura. Los presagios
Del cielo declaré, velados antes.

(de Prometeo encadenado, Esquilo)

 
En Crónica de una muerte anunciada, Gabriel García Márquez se resiste a admitir que «la vida acabara pareciéndose a la mala literatura», cuando comprueba el encuentro con la protagonista treinta años después. Esquilo acabaría por confirmarnos que la suya, la buena, jamás se confunde con la vida, pues son la misma cosa, y que aquello que colocará en las entrañas de su Prometeo y que se renovará cada día hasta hoy, además de la víscera más regenerada y terca, es el amor de una mujer que sólo arde cada noche, siempre nuevo.


[De Wikipedia:] Percy Bysshe Shelley (Field Place, Horsham, Inglaterra, 4 de agosto de 1792-Viareggio, Gran Ducado de Toscana, 8 de julio de 1822) fue un escritor, ensayista y poeta romántico inglés. Entre sus obras más famosas se encuentran «Ozymandias», «Oda al viento del Oeste», «A una alondra» y «La máscara de Anarquía». También es conocido por su asociación con otros escritores contemporáneos, como John Keats y Lord Byron, sobre todo como miembro de la llamada Escuela Cockney, formada por la segunda generación de poetas románticos ingleses. Murió, como estos últimos, a una edad temprana. Estuvo casado con la escritora Mary Shelley.

Otros enlaces interesantes:

https://lapiedradesisifo.com/2017/04/19/mary-shelley-guardaba-el-corazon-de-su-esposo-envuelto-en-seda-en-su-escritorio/
https://es.wikisource.org/wiki/Prometeo_encadenado
https://www.zendalibros.com/5-poemas-de-lord-byron/
http://amediavoz.com/shelley.htm
https://es.wikipedia.org/wiki/Percy_Bysshe_Shelley