««Y me entretenía así al leer, porque aquel invierno me tocó estar mucho en casa y también en la cama, debido a las repetidas molestias que me sucedieron por haber huido demasiado del amor sentimental.»
Vittorio Alfieri

Poco después de haber compartido la entrada del blog de la semana del 9 al 15 de marzo en nuestra lista de correos, nos llegaba un mensaje del gremio de libreros de Catalunya, en el que se solicitaba a los agremiados evitar aglomeraciones. Resulta que en nuestro mensaje semanal, además de compartir la entrada al blog, comunicamos, como ya saben nuestros lectores, las fechas de los recitales programados en la librería. Al tomar la decisión de cancelar los recitales en vivo y en directo, la pregunta era ¿cómo deshacer el entuerto y deshacer esta última invitación? Y, lo más delicado, ¿cómo cancelar los eventos sin aumentar la ola de pánico que está por desatarse por las cancelaciones masivas generalizadas en el ámbito de la cultura y el deporte en general.

En el fondo, más allá de toda contingencia, ésta puede ser una invitación a detenernos, a vivir nuestras horas, no a contrarreloj, sino a contrapelo, con el fin de aprovechar la forzosa quietud de estos días para leer, pensar y compartir desde nuestros hogares, de tener tiempo, por fin, para escuchar a quien nos está cerca y no podemos ver por las prisas del reloj. Poltrona para todos, parece ser la consigna.

Echamos mano, pues, de nuestro catálogo para ofrecer horas de lectura, horas de poltrona sin necesidad de salir de casa para compartir este alto en el camino al que estamos todos invitados.

 

La última Cena

Como fantasmas reunidos a la mesa,
los platos estampados en azul frente a cada uno
nos distraían con los motivos paisajísticos del siglo XVIII:
una casa de campo cercana al río,
y árboles junto a la carreta tirada por las mulas
A la derecha los servilleteros de madera rodeaban
con suavidad los paños de algodón,
nadie podría decir que no simpatizáramos
con la idea de estar muertos

Aprendimos a leer la historia de nuestro pasado,
cuando la intimidad desprendió
un humor amargo y durante años las suturas
tironearon de una mujer, de un hombre,
de sus dos hijos, hasta que de la vida en común en la barricada
quedó una única hilacha

Todavía hoy un pie debajo de la mesa se estira
y estira hasta golpear mi rodilla…

Pienso en el viento frío
que nos arrastra a todos hacia la noche,
pienso en la intemperie, el río helado,
el temporal de nieve,
o en el hombre desnudo que ara sobre la mujer
y clava en su vientre
el misterio que somos mi hermano y yo
saliendo de sus cuerpos

Nosotros olvidamos que llegamos a estar allí,
ellos olvidaron que allí estuvimos

 

 

 

Amor (3)
(George Herbert)

Me llamó Amor: mas vaciló mi alma,
de polvo y de pecado llena.
Amor, veloz, mi desmayo advirtiendo
desde que entrara yo primero,
se me acercó, dulcemente inquiriendo
si alguna cosa me faltaba.
Un huésped, contesté, digno de ti:
mas dijo Amor, ése eres tú.
¿Yo, el áspero, el ingrato? Ah, Señor,
yo no puedo mirarte a ti.
Amor tomó mi mano sonriendo:
¿y quién tus ojos hizo sino yo?
Cierto, mas los eché a perder: arrastro
en mi deshonra mi castigo.
¿No sabes, dijo Amor, quién con la culpa
cargó? Cuenta, Señor, conmigo.
Siéntate, dijo Amor, prueba mi carne:
entonces me senté y comí.

[Traducción de Misael Ruiz y Santiago Sánz]

 

Sentémonos a la mesa
yo brindo el mantel de lino
y tú la mano y la flor
entrego el pan
y tú los ojos y las ramas
propongo el brillo del vino
el recordar que llevo
y con el mar
la arena y los peces
tendrá la mesa tu camino.
Tú partirás el pan
y yo diré de olivos
tú tomarás la copa
y serán los invitados
de la última hora
que la llevarán a los labios
yo haré la pregunta sin descanso
y tú tendrás el gesto y el silencio

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