PPuerto Calcinado abre con un poema que nos remite al origen mismo de la poesía como plegaria o canto divino. Los versos teñidos de nostalgia tienen como mínimo una doble acepción, por un lado, se dirigen a la hermana, a quién Andrea dedica el poemario y por otro se vinculan con un tono de plegaria en la que resuena, sin embargo, lo que podríamos llamar una mística a la inversa.

También acuérdate, María
de las cuatro de la tarde
en nuestro puerto calcinado

La autora, juega con la ironía y abre sugerencias y alusiones con el lector, cargadas de múltiples significados, pues no es del edén o del lugar idílico de lo que nos habla precisamente, sino del puerto calcinado, yermo y seco donde la vida está enterrada. Su peculiar paisaje incendiado y encendido en su memoria. Paisaje fervoroso de la infancia y que además da título al libro. Acudimos también desde el primer instante al diálogo que entabla con los personajes femeninos que pueblan y evocan su escritura.  Su texto es dueño de una secreta coherencia con la forma de la que parte, para contradecir sin embargo el contenido original. Así la María de Puerto calcinado es capaz del olvido, y aunque podríamos pensar que es madre del verbo encarnado, que nos aproxima a Dios, en este caso es a un Dios sin verbo y sin prodigio.

Pero a pesar de todo,
tú lo sabes,
habríamos querido convidar a Dios
para que presidiera nuestra mesa,
a Dios pero sin verbo
sin prodigio

El prodigio, acaso es la palabra, pero la palabra del poema. A través de ésta, la poeta sitúa ante nosotros el paisaje, más que para revivirlo para habitarlo, pues tiene su poesía la facultad de rescatar el tiempo y volverlo simultáneo. El ayer es hoy, es todavía. El problema no es el olvido, es el tiempo y su cometido.

Los epígrafes que abren el poemario están vinculados al sentido que se desprende  de toda la obra, así los estremecedores versos de Las flores del Mal de Baudelaire, el sol se ha ahogado y los de Felipe García, «la noche en mí no entra / de mí sale», nos dan las claves de lo que nos deparará este puerto quemado, donde el sol ha ardido o reverbera dañino e hiriente en cada imagen, estrangulando a los habitantes de esta tierra. «Ríos quemantes, hierba encendida, Cielos abolidos» son la geografía de este territorio donde todo es desierto y ceniza.

La autora nos guiará por su Puerto lacerante componiendo un campo semántico que alude siempre a la esterilidad, al calor asfixiante de esta tierra seca y que le confiere a toda la obra una profunda unidad, adentrándonos en el libro como si de un único poema largo se tratara.

El poema «Llanto» –«¿no recuerdas?, / ¿no ves nada? / Allí nuestras voces son desecas / como nuestra piel / y se nos queman los talones / por no querer saber / de las casas incendiadas»– resume en gran medida el sentido de la obra y nos trae a la memoria algunos versos de The Waste Land de T. S. Eliot, la poeta teje entonces los hilos del diálogo con sus grandes referentes.

Here is no water but only rock
Rock and no water and the sandy road
The road winding above among the mountains
Which are mountains of rock without water
If there were water we should stop and drink
Amongst the rock one cannot stop or think
Sweat is dry and feet are in the sand
If there were only water amongst the rock
[…]

Este puerto calcinado es también una landa estéril, una tierra baldía, donde la escasez de agua es el síntoma de la muerte, que nos lleva a transitar por una geografía árida, donde el sonido de la lluvia se convierte en bello anhelo.

Madre,
recógeme el sonido de la lluvia en el tejado del abuelo

También podemos percibir un tratamiento de la lluvia como elemento evocador, que nos remite al sentido del agua en la poética de Álvaro Mutis, cuando nos dice en uno de sus poemas:

Ahora, de repente, en mitad de la noche
ha regresado la lluvia sobre los cafetales
y entre el vocerío vegetal de las aguas
me llega la intacta materia de otros días
salvada del ajeno trabajo de los años.

En este Puerto calcinado el mundo es inhóspito y sólo a través de la palabra podemos recuperar el sentido de la existencia.

¿por qué crees que puedes coserle la grieta al paisaje
con el hilo de tu voz, …?

Cuando esta tierra abre agujeros para obligarnos a morir, la autora esgrime el verso que destila fuerza, que es agua y luz y epifanía y así se impone la vida a la muerte, a través de la palabra, de la plegaria en el poema. En cada verso se eleva el ritmo y la musicalidad, el manejo y la destreza del lenguaje conmueven al lector.

La autora revela una voz propia que extrae la esencia del verbo y nos plantea temas hondos: la muerte, el olvido, el tiempo. A la vez que compone un universo propio, ella escribe para encontrarse, para hallar su voz. No es la meta lo que le importa, si no el camino, la búsqueda. La musicalidad de los vocablos, la riqueza y la posibilidad del lenguaje la conduce a entrar en el ser.

La tierra ofendida y rasgada arde ante sus ojos y en los bordes de su propia soledad. Ella escribe como plegaria, como oración en el sentido de la poesía que convoca y colinda con lo sagrado.

En ese diálogo con algunos de los personajes femeninos que atraviesan la obra, descubrimos a una madre prometeica, que roba el fuego a la luz, para guiarla en el paso de la infancia a la edad adulta, hasta penetrar el mundo y dejar atrás, quizás, la felicidad de la infancia. Se verá entonces abocada a enfrentarse con sus primeras tribulaciones.

…y de cómo desprendiste el fuego de la luz
para permitirnos el encuentro con nuestros primeros
demonios

Aquí los matices de la luz deslumbran e inquietan el alma de los que peregrinan por este mundo quebrantado, donde habita la muerte y se adhiere el olvido. Lejos del agua sinónimo y caudal de plenitud que hace florecer la vida en todo su esplendor. Lejos de la exuberancia y el exceso del trópico, su tierra está enferma y la vida enterrada.

La muerte es un juego que perdemos.
Es preciso, en tanto,
no agotarse
arrancarse el pecho del pecho.

Percibimos finas conexiones con la gran poeta peruana Blanca Varela, como es la relación con el cuerpo. Otro de los ejes de Puerto calcinado. El cuerpo como casa, para A. Cote: «Mi cuerpo es esta casa vacía / a la que también yo entro / pero que no me habita. Para Blanca Varela: «otra vez esta casa vacía / que es mi cuerpo / a donde no has de volver». El cuerpo a merced del tiempo, abocado a la lenta destrucción, a la maleza de los días que actúan sobre él.

El cuerpo dilema entre materia y espíritu, pero sin renegar nunca de él, al contrario. Se fundamente en lo material, en el cuerpo para elevarse, y también para saberse viva. La poeta peruana llega a concluir «el poema es mi cuerpo».

En Puerto calcinado fuerza y belleza residen en el verbo, –la carne hecha verbo– el único capaz de transformar la realidad, de trascenderla.

Se opera entonces la verdadera alquimia, el único cambio cuando las palabras recuperan la pluralidad de su significado y su valor en el sentido que esconden.

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