La poesía de Kelly M. Grandal es de verso que desarma, que deja al lector en la pura piel y sin trapos que cubrirse, lo deja indefenso y sin embargo, lo fortalece después y más. «Con el vudú no te metas…» dice en su poema «Boat People», pero claro que ya el lector sabe que le está diciendo: «agárrate, que lo que estás leyendo te va a clavar alfileres allí donde más te duele, no vas a poder escapar de ese pinchazo». Es como esos tratamientos ayurvédicos que los médicos llamaban «hirudoterapia», o sea, sacarle la sangre a uno vivo, con esos versos sanguijuela pegaditos a la piel, sin más que ellos succionando lento, anticoagulante del bueno.

El nuevo poemario de Kelly M. Grandal se llama Zugunruhe y será publicado en el 2020, por The Operating System (USA), y mientras tanto aquí van unos adelantos para que el lector se vaya doblando sobre el puente como el suicida que no va a morir, sino a nacer de nuevo en su propio y solitario dolor-miedo, escalofrío de nacer otra vez sin tanto ruido.

No quiere morir, sólo apagar el ruido,
–el miedo, excremento de pájaro–
endeble frente al clamor.

Kelly M. Grandal es hija de fotógrafos, estudió Artes y Literatura Comparada, por lo que no puede evitar esas imágenes rotundas que planta frente al lector como si no se diera cuenta de que es demasiado lo que ve, la sobrexposición de sí mismo, la soledad del cuarto oscuro sin otra compañía que sus miserias, la verdad del alquímico proceso de conocerse, sólo un poco y por dentro, cuando lee eso de:

¿Emigrar te obliga a ser nadie?
Nadie es también el nombre de Odiseo
frente al cíclope. Da risa el carnet.

Nos da risa el carnet de Tarkovski, el de Lorca, el de Virgilio Piñera, el de Kelly y el nuestro. Todos los carnets dan risa que es mueca trucada en puñalada, y la poeta lo sabe, porque el suyo es de los más risibles. Nació en Cuba, migró de niña a Venezuela, y de adulta a los Estados Unidos, va con el  carnet como la casa del caracol, mudando y con lo puesto, sin nada, como nadie, como todos.

En esos versos trabajados con la obsesión del orfebre, que sólo sabe que es la pieza lo que hablará de sí, el anonimato más cruel del que pule para otros el alabastro y el metal, el hueso y el marfil, la perla peregrina, su propia soledad, van migajas de vida y muchas lecturas. Kelly ha recorrido el mundo, como esos migrantes de ahora en caravana despiadada, la misma ruta, otro camino. Se ha ido desprendiendo, ha logrado quedarse con lo puesto. Por eso esta poesía es como la montaña de los tepuy, cincelada por manos múltiples, una poesía coral, de las dos etimologías: la de que la hacen muchas voces, y la de que se sedimenta y forma día a día por los arrecifes, que se colorea y ramifica, que no se niega a albergar toda la vida, minúscula y necesitada de guarida en sus entrañas.

Los tepuy saben de los temores y los Dioses y de ese Cañón del Diablo, los chamanes en sus ensoñaciones han dicho que se puede avanzar, pero jamás mirar al «auyán», porque en esa bruma puedes sucumbir. Y aquí estamos con 4 poemas de este libro que desviste, desarmando al lector, pidiéndole sólo la sangre para muchas historias compartidas, la suya no es más que el mero pretexto, la cosa es que no sabremos que hablará de nosotros y de ella, «No la nombro ni me nombra», sólo carcome y lava por dentro. Y otra vez leerás y no sabrás, si te lava purificando, lavado de río y piedras, extracción de lo sucio, enjuagando la sangre, o si te queman vivo como el volcán, lava por dentro, y mucha piedra, además.

 

Tuétano

La Habana reverbera, se resiste,
revienta en los adoquines.
Años luz,
presiento su galaxia de estrella niña.
No la nombro ni me nombra.

La Habana guarda en mí lo irrepetible,
pulsa como un nervio;
detrás de todo, siempre,
el ámbar de su verano.
Me hiere por vez primera
mi cuerpo descubriendo su costumbre:
mi padre y yo en la Alameda de Paula,
la mano brújula de mi madre.

A veces canta su cancioncilla,
cambia mi voz,
sopla sus polvos sin que la vea.
Boca monstruosa,
como una rémora se aferra a mis caderas.

La Habana susurra en mí, siempre en mí,
fantasma incómodo;
despacio me aprieta el cráneo,
Reina de Agua
reclama mi cabeza.

 

Boat People

A Michaelle Ascencio

Los trajeron en barcos, amarrados como bestias.
Congos, creían que cuerpo y alma
al morir
regresaban juntos a la tierra de los ancestros.
Para eso había que ser enterrado en el propio suelo.
Algunos se arrojaron al mar;
otros vinieron a Haití, a la mordedura blanca,
cuerpos sin casa que podían ser revividos.
Luego vinieron los boat people,
miles de muertos en el estrecho de La Florida.

—No te juntes con haitianos— me dijeron. —No trabajes con haitianos.
Pero una enfermera haitiana acuna a mi padre en lopital,
lo ayuda a morir.

Punto sin luz en América Latina, parece que el terremoto quiere barrerlo.
Con el vudú no te metas.
Hollywood hace películas sobre zombies,
series sobre zombies
zombies sobre zombies
que se comen e infectan todo
mientras ella le canta en lopital, lo ayuda a morir,
la bata blanca de Madame Brigitte.
Pero no te juntes con haitianos, me dijeron, con zombies.
Los trajeron en barcos,
amarrados como bestias.

De Zugunruhe (se publicará en 2020, por The Operating System)

 

Un suicida se dobla sobre un puente

Un suicida se dobla sobre un puente.
el arco de su cuerpo contempla una promesa.
No quiere morir, solo apagar el ruido,
— el miedo, excremento de pájaro—
endeble frente al clamor:

Ve y abre las cortinas,
la tarde será un asombro.
Prueba el mindfulness, el yoga,
este té cosechado por abuelas del Tibet
potencia virilidad, fertilidad, felicidad.
Vas a ver que si escuchas
el zumbido alfamagnético,
hiperstático, de mil abejas -,
mañana te irá mejor.
Me lo dijo un coach. Es buenísimo,
ofrece charlas por todo el mundo.
Sonríe. Todo es cuestión de actitud,
aptitud, lo que haces con las palabras.

Y él ahí, desasido, frente al espasmo
incendiario de la noche y el agua,
la dulzura del agua que reclama su cuerpo
y el reflejo amarillo de la luz de la luna.

 

Sin señas particulares

A Mónica Dubois

El carnet de Tarkovski, en el exilio,
muestra a un hombre cualquiera;
un rostro ajado, vencido.
Un metro sesenta y siete de estatura,
ojos verdes, cabello castaño.
Señas particulares: ninguna.

Tarkovski ya estaba enfermo
cuando le hicieron la foto.
Ya no era nadie
frente a cuerpos saludables y jardines.
No tenía señas particulares
aunque fuera Tarkovski:
el segundo cineasta más importante
de Rusia, después de Eiseinstein.

¿Emigrar te obliga a ser nadie?
Nadie es también el nombre de Odiseo
frente al cíclope. Da risa el carnet.

 


 

Kelly Martínez-Grandal (La Habana, 1980). Siendo adolescente emigró a Caracas, donde vivió por veinte años. De esos, pasó catorce en la Universidad Central de Venezuela (UCV), primero como estudiante y luego como profesora. Es Licenciada en Artes y Magister en Literatura Comparada, ambos títulos otorgados por esa misma universidad.
En el 2014 emigró nuevamente, esta vez a Miami. Actualmente es parte de la directiva de Funcionarte, una organización sin fines de lucro que educa sobre la violencia de género a través de las artes y la literatura y trabaja también como editora y curadora independiente.
Sus obras han sido incluídas en varias antologías: 102 poetas en Jamming (OT Editores, Caracas, 2014), 100 mujeres contra la violencia doméstica (Fundavag Ediciones, Caracas, 2015) y Aquí [Ellas] en Miami (Katakana Ediciones, 2018). En el 2017 publicó su primer poemario, Medulla Oblongata (CAAW Ediciones, Miami). Zugunruhe, su segundo libro, saldrá publicado en el 2020 con The Operating System.