Donde se produce el poema

Animal Sospechoso. Dejaste la fotografía hacia el año 2000, y empezaste a «pisar», en público, el terreno de la poesía. En 2015 y en 2016 has recibido los premios  Ángel Crespo de traducción y el Internacional de Poesía Antonio Oliver Belmás por tu libro Todo es real. ¿Cómo crees que ha cambiado tu visión de la poesía durante estos años?

Misael Ruiz Albarracín. Es cierto, hará unos quince años que hice más o menos público lo que había tenido conmigo, en distintas formas, desde muy joven. Es difícil decir en qué ha cambiado mi modo de ver la poesía porque ha sido un proceso gradual, no dramático; pero si tuviera que reducirlo a un solo aspecto, me atrevería a decir que se ha producido una mayor conciencia sobre lo que uno dice y, sobre todo, sobre el espacio en el que se producen los poemas; esto es, las circunstancias externas que te permiten pensar de un modo poético, que no es sino pensar a fondo, sin límites o con los límites que uno se procura para dar forma a ese pensamiento. Hay, por supuesto, un aprendizaje práctico que le debe muchísimo a la traducción y, espero, una mayor capacidad para escribir —o hallar— poemas en ámbitos de la experiencia que antes le estaban vedados. 

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AS. Llevas al menos tres años con tu blog Mecanismos (poéticos) en el que comentas traducciones, ensayos, entrevistas relacionados con poesía y poetas. ¿Por qué «Mecanismos»?

M.R.A. Sí, ya hace tres años que la revista funciona y pronto cambiará a formato de página web. El nombre proviene de una cita de Wallace Stevens en la que afirma que, del mismo modo que cada uno de nosotros es un mecanismo biológico, cada poeta es un mecanismo poético. Por un lado, nos aleja de la idea de la poesía y de los poetas como algo místico o trascendente y, por otro, niega la voluntad y la inspiración con mayúsculas. Si, como creo que dice Gadamer en algún lugar, lo que mantiene en pie al poema es la tensión entre las palabras y su sentido, esa tensión se produce como consecuencia de la acción conjunta de todos los elementos que actúan sobre la conciencia. Es decir, el poeta no es realmente el sujeto que crea el poema, sino el objeto en donde se produce el poema. Llamar mecanismo a ese proceso —aunque no seamos capaces de desentrañarlo— es un modo de subrayar el carácter involuntario y, a su vez, inevitable del poema.

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AS. En dos palabras: el oficio de traductor te ha acompañado, diría, desde antes de tus publicaciones. ¿En qué medida dirías que influye un oficio al otro?

M.R.A. En mi caso, no hay una verdadera solución de continuidad entre una cosa y otra. Las palabras no nos pertenecen, las heredamos de quienes las han empleado antes que nosotros y no hay lengua que no sea hija y se alimente de otras. La poesía, al igual que la experiencia personal, se estanca y anquilosa si queda aislada demasiado tiempo. Traducir poesía es leer a fondo; en cuanto tratamos de reproducir en nuestra lengua la experiencia lectora de un poema escrito en otra, nos vemos obligados a explorar todos sus sentidos, sus recursos y a buscar la manera de lograr que la traducción provoque en el lector una experiencia equivalente o, al menos, del mismo orden que la lectura del original. Por otro lado, no hay mejor manera de aprender el oficio, no sólo el técnico sino también el mental, que repetir los gestos verbales de quien escribió un poema que nos conmueve o nos interpela. Es lo que han hecho siempre los pintores cuando copiaban a los maestros. Y es probablemente la mejor manera de trabajar de un modo natural aun cuando no tengamos nada que decir; así, cuando sintamos la necesidad de hacerlo, estaremos preparados.

MISAEL RUIZ ALBARRACÍN (Bruselas, 1960) es autor de los libros de poesía El hueco de las cosas (Trea, 2010) y Todo es real (Pre-textos, 2017; premio Antonio Oliver Belmás, 2016).

Ha traducido la poesía de R.S. Thomas (Trea, 2008), Clive Wilmer (Vaso Roto, 2011) y George Herbert (Animal Sospechoso, 2014, en colaboración con Santiago Sanz; premio de Traducción Ángel Crespo, 2015).

Dirige la revista de poesía Mecanismos.