Voy a intentar acercaros y acercarme a la poesía de Emily Dickinson y a su traducción desde la vida y las relaciones que Emily tuvo y, también, desde las vidas y la relación entre las dos traductoras, Ana Mañeru Méndez y yo. Lo haré porque entendiendo que la vida que una o uno lleva y, también, soporta, afecta a su creatividad: a la creatividad le afecta la vida, como habitualmente decimos y, en ella, la vida del alma, que la filósofa María Zambrano no ha enseñado que es el sentir: «los sentimientos… constituyen la vida toda del alma… son el alma misma», escribió (María, Zambrano, Para una historia de la Piedad, «AURORA. Revista del Seminario María Zambrano» s/n (2012) 64-70; p. 65.). Y porque entiendo, también, que la relación es una práctica política verdaderamente política: distinta del individualismo moderno y mucho más creativa y real que el individualismo. (Vi el otro día en una galería de arte digital que se llama Clorofila Digital un cuadro en cuyo centro estaba una mujer joven con una criatura llorando en cada brazo y por encima de ella un hombre de su edad, la edad de Cristo cuando murió, que ascendía a los cielos directo y casi sonriente hacia un comodísimo sofá vacío). O sea, pienso, con la gran ensayista feminista y también poeta de lengua italiana que fue Carla Lonzi (1931-1982), que el genio típico del siglo XX (ese hombre excepcional, que crea él solo y desde la nada, ex nihilo, como les gustaba decir a ellos) no existe. No existe porque todos ellos tuvieron una madre y un contexto relacional concreto que los crió y los sostuvo, y porque muchos, desafortunadamente, de los de ese siglo, vampirizaron la energía creadora de sus mujeres, sus musas, sus amantes, sus esposas, sus modelos violadas, sus mujeres prostituidas, sus incestos de niñas o niños de la familia…

La crítica literaria habitual suele rechazar la hermenéutica, la interpretación, que propongo, la que no separa vida de escritura, vida de creación artística. Pero el feminismo y las poetas más libres de hoy, como Juana Castro o Nieves Muriel, han traído y están trayendo una hermenéutica en la que vida y creación son inseparables, sin excluir ni la imaginación ni la fantasía más desbordada; es decir, unas y otras, feministas y poetas, estamos haciendo pensamiento de la experiencia, no o no solo pensamiento del pensamiento, que era lo corriente antes del final del patriarcado en los ambientes masculinos cultos.

Emily Dickinson y su poesía son un ejemplo grandísimo. Por no vincular su obra ni con su vida y, menos aún, con su vida del alma, con su sentir, se creó desde que ella murió o ya desde antes, cuando dio en vida algún poema para publicar (muy pocos, porque vio que, no entendiéndolos o no queriéndolos entender, los críticos literarios se los cambiaban), se creó –decía– una leyenda sobre su vida que muy poco tenía que ver con la realidad, una leyenda cuya falsedad están por fin denunciando la investigación propia del feminismo y el pensamiento de la experiencia, sobre todo en obras que ha publicado y está publicando Sabina editorial, tanto de Emily Dickinson como sobre ella. La crítica literaria corriente repite, incansable, que Emily Dickinson fue una mujer desequilibrada y excéntrica, una frígida ridículamente vestida de blanco, aislada, encerrada en casa y de la grisura que ellos suelen atribuir a las mujeres de la época victoriana: una eterna alumna enamorada de ancianos y clérigos que, no se sabe cómo, escribió centenares de poemas perfectos, inimitablemente redondos y de resplandor blanco puro, como se suele imaginar el alma, poemas en los que habla de casi todo lo pensable, poemas de los que, a la vez, el canon no ha podido prescindir porque su grandeza se impone a pesar de todo y, si se ignoraran, ello dejaría en evidencia el propio canon literario, el canon del poder cultural.

Esta maniobra no solo ha falsificado la memoria de la vida de Emily Dickinson, sino que ha afectado también a las traducciones de su obra a las distintas lenguas. Ocurre que si se traduce su poesía teniendo en cuenta la leyenda o no teniendo en cuenta la vida de Emily Dickinson, como ha sucedido en casi todas las traducciones que conozco, su poesía se traduce mal. Se traduce mal, entre otras cosas, porque se traduce en masculino cuando el inglés es ambiguo en cuanto al género gramatical, lo cual ocurre muy frecuentemente, porque la lengua inglesa es menos explícita y más parca en sus desinencias que el alemán o que las lenguas románicas al expresar la sexuación humana; y, sobre todo, porque Emily Dickinson fue extraordinariamente ambigua ella misma, y lo fue, entre otras cosas, porque la medida de su escritura, el amor de su vida y su relación más importante fue una mujer, no un hombre como la crítica da por supuesto y, si no lo da, traduce igualmente en masculino, pretendidamente universal o no, da lo mismo, por inercia de siglos repitiendo que el masculino incluye a las mujeres, cuando ni nos incluye ni nos ha incluido nunca: si en un jardín hay tres gatas y un perro, no se nos ocurrirá deducir que hay cuatro perros, aunque en su conjunto sean inconfundiblemente animales. Esto –el traducir en masculino– es algo que por desgracia ocurre mucho en las traducciones de la escritura femenina, y no solo de poesía. Ocurre también en el ensayo; un caso flagrante es el del famoso libro de Virginia Woolf, Un cuarto propio que, si se traduce en femenino y en masculino, resulta que sale otro libro, como se puede ver en la traducción que Sabina editorial publicó el año pasado.

¿Quién era Emily Dickinson? Emily Elizabeth nació en Amherst (Massachusetts) el 10 de diciembre de 1830, hija de Emily Norcross y de Edward Dickinson. Amó mucho a su madre (de la que el canon solo dice que no amaba el pensamiento, sin especificar cuál) y de la que Emily escribió en una carta a una amiga: «He tenido el lujo de una Madre un mes más que tú, porque mi madre murió en noviembre, pero también me fue otorgada la angustia de ver la primera nieve sobre su Tumba, al Día siguiente –lo cual, querida amiga, te fue ahorrado– pero la Rememoración me sumerge, y tengo que cesar – Querría poder decir una palabra de aliento, aunque eso Amor lo ha hecho ya. ¿Quién podría ser huérfana de madre si tiene una Tumba de Madre al alcance confiado? Déjame incluir la ternura que nace de la pérdida de un ser querido. ¡Haber tenido una Madre – qué poderoso!» (The Letters of Emily Dickinson, ed. de Thomas H. Johnson y Theodora Ward, Cambridge MA, The Belknap Press of Harvard University Press, [1957], carta 1022, p. 892.). Emily Dickinson tuvo un hermano mayor, Austin, y una hermana menor, Lavinia. Estudió en la Amherst Academy y, después, estuvo interna en el Mount Holyoke College, una de las muchas instituciones educativas de alto nivel para chicas que había en el siglo XIX. En la Amherst Academy hizo una amistad y empezó una relación que le cambió para siempre la vida: fue la de Susan Huntington Gilbert, nacida 9 días después que ella, a la que amó desde que se conocieron con una fidelidad definitiva que hace estremecer. Una fidelidad a la que hemos intentado acercarnos, en pequeño, las traductoras Ana Mañeru Méndez y yo al hacer la traducción de la poesía completa de Emily Dickinson, compartiendo todas las decisiones sobre el sentido, las palabras, la sintaxis y la música de todos los poemas, uno por uno¹.

Susan, Sue, Susie, Dollie (Muñequita), Sister, Rover (Vagabunda), fue la otra necesaria para la creatividad, la pasión erótica, la amistad, la exploración en lo profundo del sentir originario y de la vena poética femenina de Emily Dickinson. Susan leía sus poemas (que Emily le hacía llegar o le entregaba personalmente), los discutía, sugería, conservaba, copiaba; y cuando Emily murió el sábado 15 de mayo de 1886, la amortajó y compuso su precioso Elogio fúnebre, que tradujimos en el tomo primero de la Poesía completa de Emily Dickinson. Quedan cerca de trescientos poemas explícitamente dedicados y/o entregados a Susan. A Susan le escribió, también cuando vivían en casas contiguas, muchas más cartas que a cualquiera del resto de sus corresponsales. Dice Emily de su relación con Susan en el poema 1436:

 

Poseer una Susan mía propia
Es de por sí una Bienaventuranza –
Sea el que sea el Reino que yo pierda por condena, Señor,
¡Perpetúame en este!

 

Y del Amor, le dice a Susan en el poema 1464:

 

Mira esta pequeña Perdición –
La Dádiva de todo lo vivo –
Tan común como desconocida
Su nombre es Amor –

El carecer de él es Aflicción –
El Tener de él es Herida –
No en otra parte – aunque en Paraíso
Sea encontrado su Equivalente –

 

Desde su infancia, Emily supo que tenía un tesoro, y que era un tesoro hecho de palabras, tal vez ya de poesía. Por eso, cuenta en el poema 455 que iba contenta a la escuela. Dice:

 

Me fue dada a mí por los Dioses –
Cuando era una Niñita –
Ellos nos dan el máximo de Regalos – como sabes –
Cuando somos nuevas – y pequeñas.
Me la guardé en la Mano –
Nunca la dejé –
No me atrevía a comer – o dormir –
Por miedo de que se fuera –
Oí palabras tales como «Rica» –
Cuando me apresuraba a la escuela –
De labios en las Esquinas de las Calles –
Y lidié con una sonrisa.
¡Rica! Era Yo – la que era rica –
Tomar el nombre del Oro –
Y poseer el Oro – en sólidos Lingotes –
La Diferencia – me hizo audaz –

 

Luego, se convirtió en poeta, como explica en el poema 703, cuya primera estrofa dice: «A Mi Pequeño Hogar llegó Su fuego – / Y toda Mi Casa Encendida / Sopló y meció, con repentina luz – Era Amanecer – era el Cielo –». Desde niña, debió de leer incansablemente, ya que su obra muestra que sabía de literatura femenina y masculina, de química, de física, de geometría, de historia, de fisiología, de astronomía, de zoología, de botánica, de matemáticas, de mística femenina, de piedras, gemas y perlas. Y, por supuesto, de semántica, de sintaxis y de música, arte esta que cultivó apasionadamente en su casa de muy joven, tocando el piano, cantando himnos, «gospel» y Lieder, asistiendo a clases y a conciertos y, también, componiendo (Véase el blog «My Business Is to Sing: Emily Dickinson, Musician and Poet», de George Boziwick: http://www.nypl.org/blog/2014/12/09/my-business-sing-emily-dickinson). Su pasión por la música la trasladó al canto y ritmo secreto de las notas y los pies métricos que entonan el sentido de cada uno de sus versos. Como si todo lo que leía, veía y oía, le sirviera.

El 1 de julio de 1856, cuando tanto Emily Dickinson como Susan Gilbert tenían 25 años, Susan Gilbert, después de varias vacilaciones, aplazamientos y una depresión, se casó en Geneva (NY) con el hermano de Emily, Austin Dickinson, y se fue a vivir con él a la casa de al lado de la de Emily, llamada The Evergreens. Un seto, un caminito verde, un peldaño de lava y una puerta entreabierta las separaban. Desde la ventana de su cuarto que daba al Oeste, Emily veía la casa de Susan y dialogaba con algunas de sus ventanas. Por eso la palabra Oeste es, en sus poemas, una alegoría del amor entre ellas, como lo es también, entre otras muchas, la palabra Verano. Esta palabra, Verano, alude al matrimonio privado entre Emily y Susan celebrado antes de que Susan se casara con el hermano de Emily y se convirtiera en su cuñada. Dice el poema 596:

 

Nosotras nos casamos un verano – querida –
Tu Visión – fue en Junio –
Y cuando Tu pequeña Eternidad terminó,
Yo me hastié – también – de la mía –

Y sobrepasada en la Oscuridad –
Donde Tú me habías depuesto –
Por Uno que llevaba una Luz –
Yo – también – recibí el Signo –

Es verdad – que Nuestros Futuros se extendían distintos –
Tu Casita – estaba orientada al sol –
Mientras que Océanos – y el Norte tienen que estar –
En todos los lados de la mía

Es verdad, que Tu Jardín encabezaba la Floración,
Porque el mío – en Heladas – había sido sembrado –
Y sin embargo, un Verano, fuimos Reinas –
Pero Tú – fuiste coronada en Junio –

 

El matrimonio entre Emily y Susan tuvo sus tiempos de felicidad y placer, y sus tiempos de oscuridad, predominando con mucho los de felicidad y placer, o esta es mi impresión como lectora y co-traductora. De la felicidad escojo uno de los más conocidos de Emily, el que empieza ¡Noches Salvajes – noches Salvajes! y que ha dado título a la película Wild Nights with Emily (Escrita y dirigida por Madeleine Olnek (USA, 2018)), la única película dedicada a Emily Dickinson que se puede ver. Dice este poema, el 269:

 

¡Noches Salvajes – noches Salvajes!
¡Si yo estuviera contigo
Las noches Salvajes serían
Nuestro lujo!

¡Fútiles – los vientos –
Para un Corazón en puerto –
Que ha terminado con la Brújula –
Que ha terminado con la Carta de Marear!

Remando hacia el Edén –
¡Ah – el Mar!
¡Si yo pudiera tan solo amarrar – esta noche –
En ti!

 

Del placer clitórico, el único libre según Carla Lonzi, escojo el 282:

 

Jugamos a la Bisutería –
Hasta ser aptas para la Perla –
Entonces, abandonamos la Bisutería –
Y Nos consideramos chaladas –
Las Formas, sin embargo, eran similares,
Y nuestras nuevas Manos
Aprendieron Tácticas de Gema
Frotando Arenas –

 

De uno de los momentos de oscuridad, dice el poema 1274:

 

Ahora supe que la perdí –
No que ella se hubiera ido –
Pero Lejanía viajaba
En su Rostro y Lengua.

Ajena, aunque contigua
Como una Raza Extranjera –
Atravesó ella aunque a pausas
Lugar sin Latitud.

Elementos Inalterados –
Universo el mismo
Pero transmigración de Amor –
De algún modo esto había llegado –

En adelante recordar
Naturaleza tomó el Día
Por el que yo había pagado tanto –
De él es Penuria
No quien se afana por Libertad
O por Familia
Sino la Restitución
De Idolatría.

 

Tanto el matrimonio entre Emily y Susan como el matrimonio ente Austin y Susan duraron toda la vida que les quedó: Emily fue la que menos vivió (hasta 1886 – había nacido en 1830) y Susan la que más (hasta 1913?, o sea 26 años más que Emily).

La poesía de Emily Dickinson da a entender con insistencia que la decisión del matrimonio de Susan Gilbert con Austin Dickinson comportó un pacto a tres, un pacto que la crítica literaria no ha detectado nunca pero que ahí está, recogido en su poesía: un pacto entre Emily, Austin y Susan. Fue un pacto complicado de por sí, y de complejidad añadida porque la política sexual en la casa Dickinson era, no sé si a pesar o a causa de lo victoriano (da lo mismo), violentamente patriarcal. Era una política sexual atravesada por el incesto: del padre, del hermano, incesto que sufrió Emily y también su hermana menor, Lavinia. Así lo expresan no pocos poemas con la potencia de un sentir que las traductoras habríamos preferido no ver ni entender mediante esa «visión por el corazón» que ha sido nuestra guía al traducir, y que nos ha hecho sufrir mucho. (La expresión es de María Zambrano en su Hacia un saber sobre el alma, Madrid: Alianza Tres, 1987, 51.). En realidad, era precisamente el incesto lo que hizo posible el pacto o trío, el precio que pagó Emily por tener con seguridad cerca a Susan durante el resto de su vida, si bien el pacto fue roto por Austin unos años después, roto exclusivamente a su favor, con gran sufrimiento de Emily y de Susan. No hay que olvidar tampoco que, en cuestiones de política sexual, las mujeres de Nueva Inglaterra se tomaron muchas libertades precisamente en la época victoriana. Inventaron lo que se llamó el «matrimonio bostoniano», que eran uniones entre mujeres, leales y legales, uniones que han sido perfectamente estudiadas por la historiografía feminista del siglo XX. Y que tienen precedentes en épocas anteriores. Que Emily Dickinson conocía estos matrimonios lo documenta la carta 93 donde escribe a Susan: «Volví andando a casa con Mattie bajo la luna callada, y te deseé a ti, y Cielo. Tú no viniste, Amada, pero un poco de Cielo sí, o eso nos pareció a nosotras, según andábamos lado a lado y nos preguntábamos si esa gran bienaventuranza que puede ser nuestra un día, le es concedida ahora, a algunas. Esas uniones, mi querida Susie, por las que dos vidas son una.» (The Letters of Emily Dickinson, ed. de Thomas H. Johnson y Theodora Ward, carta 93.)

El pacto a tres entre Emily, Austin y Susan comportó la continuación del incesto a cambio de un matrimonio blanco.

Uno de los no pocos poemas del incesto es este, el 1742:

 

En Invierno en mi Cuarto
Me encontré con un Gusano
Rosa lacio y caliente
Pero como él era un gusano
Y los gusanos supongo
No del todo a gusto consigo
Lo até bien con una cuerda
A algo cercano
Y seguí adelante –

Un Poco después
Ocurrió algo
No lo creería si oído
Pero afirmo con sangre escalofriante
Una serpiente con motas ralas
Inspeccionaba el suelo de mi dormitorio
De rasgo como el gusano de antes
Pero circundado de poder
La mismísima cuerda con la que
Yo lo había atado – también
Cuando él era insignificante y reciente
Esa cuerda estaba ahí –

Yo me encogí – ¡«Qué guapa estás»!
Garra de propiciación –
¿«Temerosa siseó él
De mí»?
«Cordialidad Ninguna» –
Él me penetró –
Después a un Ritmo Artero
Secretó dentro su Forma
Al anegarse los Motivos
Lo arrojé.

Esa vez yo huí
Los dos ojos de su lado
Por si él persiguiera
Ni dejé nunca de correr
Hasta que en un Pueblo lejano
A Pueblos del mío
Me establecí
Esto fue un sueño –

 

En este contexto relacional complicado y elegido, Emily Dickinson escribió y conservó cuidadosamente un legado de 1786 poemas preciosos, cada uno de los cuales es una obra maestra. Se trata de una obra que toca casi todo lo que una o uno se puede imaginar que afecta a la vida digna de la criatura humana que es la existencia libre, espiritualmente libre y soberana. Emily Dickinson se valió de la poesía para rescatar y redimir su sentir, lo que María Zambrano llamó «el sentir originario», no cualquier sentir sino el que es original y origina, da origen, por ejemplo a poesía, a palabra con sintaxis, con orden de sentido, con orden simbólico. Conectando, padeciendo, elaborando y expresando genialmente su sentir amoroso, venció la violencia del incesto, violencia patriarcal por antonomasia que debilita o rompe el vínculo entre la palabra de una mujer y la verdad, vínculo vital imprescindible para ella, que es la depositaria de lo simbólico, de la lengua materna. ¿Para qué vence? Para que ella pueda seguir, si quiere, amando y creando, amando y escribiendo, que es lo que Emily Dickinson quiso hacer e hizo durante toda su vida. Hasta tal punto triunfó que de la tragedia del incesto sacó poemas de amor, alguno incluso pícaro, como este a Susan Dickinson, un poema que es un ejemplo admirable de independencia simbólica. Dice (el 332):

 

¡Dudas de Mí! ¡Mi Boba Compañera!
Por qué, Dios, se contentaría
Con solo una fracción de la Vida –
Vertida en ti sin reserva alguna –
La totalidad de mí – para siempre –
Qué más puede la Mujer,
¡Dilo rápido, para que yo pueda dotarte
De la última Delicia que poseo!

No puede ser mi espíritu –
Porque ese era tuyo, antes –
De que yo cediera todo el Polvo que conocía –
¡Qué más Opulencia
Tenía yo – una Doncella pecosa,
Cuyo Rango más extremo,
Era – que ella pudiese –
Algún Cielo lejano,
Morar tímidamente – contigo!

¡Críbala, de la Ceja al Pie Descalzo!
Cuélala hasta que tu última Conjetura –
Caiga, como un Tapiz,
Ante los Ojos del Fuego –
Aventa su cariño más fino –
Mas reverencia justo la nieve
¡Intacta, en Eterno copo –
Oh, Suspicaz, para ti!

 


¹ Esta traducción de la poesía completa ha sido publicada en tres tomos: Emily Dickinson, Poemas 1–600. Fue – culpa – del Paraíso, prólogo, traducción y lectura de los poemas en español de Ana Mañeru Méndez y María-Milagros Rivera Garretas, Madrid, Sabina editorial, 2012, 940 págs. + CD formato mp3; Emily Dickinson, Poemas 601-1200. Soldar un Abismo con Aire – , prólogo, traducción y lectura de los poemas en español de Ana Mañeru Méndez y María-Milagros Rivera Garretas, Madrid, Sabina editorial, 2013, 778 págs. + CD formato mp3; y Emily Dickinson, Poemas 1201-1786. Nuestro Puerto un secreto, traducción y lectura de los poemas en español de Ana Mañeru Méndez y María-Milagros Rivera Garretas, con epílogo de esta última, Madrid, Sabina editorial, 2015, 640 págs. + CD formato mp3.