Mariano Íñigo nace en Villarramiel, Palencia, el 10 de Julio de 1948. Viajero desde la infancia, se acostumbró pronto a estar solo: Santander, a los 7 años, Sanatorio de Santa Clotilde, Lodosa hasta los 14, estudios para sacerdote… A los 17, decide irse a Madrid, donde entra en contacto con la bohemia cultural (músicos y escritores). Pronto, debido a su carácter nervioso, comprueba que Madrid no es para él y se traslada al norte, Vitoria-Gasteiz, donde llega el 19 de enero de 1968 y echa raíces hasta el final de su vida. Entre 1970 y 1974, años de inquietud intelectual, viaja a Alemania para encontrarse con su paisano Felipe Boso y lee compulsivamente a los grandes clásicos; también a Kafka, Hesse, la generación del 27 español, etc., lee todo cuanto cae en sus manos, pero sobre todo siente debilidad por la poesía del XIX francés y se declara heredero de los malditos de fin de siglo, no en vano él se llamó a sí mismo «poeta maldito», algo que, al final, llegó a pesarle demasiado.

Su encuentro con Leopoldo María Panero a finales de los años setenta le ayudó a aceptar y a confirmar que él tenía una voz propia, que era poeta. Desde el primer momento escribe sin concesiones. Toca todos los palos, trabaja el ritmo, la rima, el verso libre, la prosa poética…, inventa lenguajes (su particular «vesre»), juega con las palabras, escribe al amor, a la muerte, a las lacras sociales, a la enfermedad, a los desafectos y a la pérdida… La suya es una poesía del desgarro. Siempre del lado de las flores del mal. Siempre mirando la vida desde el lado más crudo, ése a menudo silenciado, poblado por seres marginales, sensaciones contradictorias, imágenes fronterizas, sugerencias, preguntas… Un mundo desde donde expresar el desasosiego y oponer resistencia a una sociedad consumista que se mira demasiado el ombligo.

Mariano Iñigo-poeta es un observador crítico. Mira más allá de los espejos y desciende a los abismos del alma, donde están «los perdedores, los habitantes del subsuelo». Además, proclama su amor por la belleza en la medida en que la considera, como Rilke, el inicio de lo terrible.

Hombre al margen, menudo, de aspecto a veces desaliñado, amante de la literatura en general y de la poesía en particular, vendía  libros y otros enseres en el rastro de la Plaza, los domingos, o dibujaba «moñoños» en el Café Arte. Fue un poeta al borde del suicidio, tan hondas eran sus dudas sobre su papel en el mundo como poeta y como persona. Como otros, Mariano se salvó del «infierno» dedicándose a escribir y a repetir la máxima de Cioran: «que nadie tema a la tristeza porque en la tristeza todo se vuelve alma».

Mariano Iñigo falleció el 8 de diciembre de 2012. Tres años después apareció el libro que hoy llega hasta aquí: Mariano Iñigo, Obra poética, donde se recoge la producción completa del autor: seis libros publicados en vida, más tres inéditos y algunos poemas y textos dispersos encontrados en cuadernos. Este libro es, por el momento, la obra completa de la voz de Mariano Íñigo, un poeta digno de ser descubierto y de ocupar un lugar en el panorama poético.

¡Cómo no leer a quien es capaz de afirmar!:

«Todos los días son iguales
menos yo que soy la noche».

A mi hijo

Tú no puedes palidecer hoy,
albor de firmeza en rama de sol,
pausa absorta en mundos
imaginados que sólo a ti pertenecen.
Tú, aunque triste hoy
por desdén de la luz,
no puedes palidecer,
alguien, pisando cenizas,
besa tu frente (caudal
de colores no tristes)
y te ayuda, con la primera brisa,
a contemplar tu propio
infantil ensueño.
No, tú no puedes languidecer hoy,
No eres hoja de sauce al final del otoño,
No eres carne: eres claro,
Irrompible espejo
En mis días sombríos.

A mi madre que tuvo la desfachatez de parirme

¿Cómo podría yo olvidar
a la que sin piedad
me dio la vida?
PEIU YAVOROV

Esta noche he acudido al espejo
y no me he visto
solo te he visto a ti
he visto tus ojos llenos de desdichas
de extenuados fulgores
de laberintos de los que nadie puede salir
(Oh, salir del laberinto, qué quimera, madre)
he visto en tus ojos los días más lejanos
en los cuales tú y yo nos odiábamos a muerte
los días en que me acariciabas tercamente,
que es el modo más brutal de acariciar,
y he sentido en mi rostro, por el rencor envejecido,
tu aliento de mujer furiosamente matriarcal
a quien todos obedecíamos con dolor y congoja
y tú, madre, nos derribabas cual si fuéramos no niños
sino muñecos pasados de moda
y he llorado
y mis lágrimas han humedecido de nostalgia mis ojos,
mi rostro y mis manos
y por un instante he creído salir del laberinto
he creído verme en el espejo
verte suplicándome, pidiéndome perdón
y he temblado, he temblado inmensamente

A mi padre, in memoriam

A golpes existiendo,
estoy amargo padre
y quiero hablarte,
aun sabiendo lo difícil que es hablar con los muertos.
He de decirte tantas cosas…
pero te lo repito:
me es difícil hablarte,
extender ante uno como muestra
las pobres baratijas de la vida.
He de decirte padre, ante todo,
que cada día te comprendo más
en la distancia y tiempo que nos desunieron,
que el corazón me talla tu figura
despacio, viva y perfecta.
He de decirte más cosas padre,
he de decirte que tú y yo tenemos la soledad por amante,
qué dura compañera,
terrible, devoradora y fría,
nos ha tocado en suerte.
Tú bien lo sabías, padre,
cómo es la soledad,
más fuerte que el alcohol, más que la acción más que un amigo.
Tú bien lo sabías, padre.
Cuando la soledad aprieta,
no hay más remedio que tumbarse, solitario
y muy triste en la cama
y agachar la cabeza junto al brazo,
como un pájaro herido.
Y no valen disfraces
y sentir como si un resplandor, por un momento,
destruyera todas nuestras sombras,
que el cuerpo entero es corazón
y que al corazón no sirven cuerpo, alma y pensamiento.
Yo llevo muchos años luchando contra esta vida,
contra este mundo que se derrumba,
contra esta pesadilla que crece más y más,
a medida que los hombres nos empequeñecemos
como las ratas del asfalto.
Y al final he perdido, padre,
he perdido porque soy débil, poca cosa,
no soy domador de vida,
no conduzco las horas cual caballos.
Yo, padre, estoy hecho de algo inmensamente tierno.
Soy poeta.

La poesía es el único espejo

La poesía es el único espejo
en el cual me miro
sin avergonzarme.

Glosinabarse

Separémonos cuanto antes.

Enloquecer juntos sería un sinsentido;
nos comprenderíamos muy bien.

Tú, poeta

No tendrás nunca sosiego;
has nacido para escribir con tu sangre la desolación,
la ausencia y la presencia de los dioses,
la deforme belleza de tus sueños.
Has nacido para ver que las luces
tienen el barro del deseo.

 

Ángela Serna, Café Calipso, julio 2019


Nota: Esta antología fue posible gracias a la generosidad de Marce Iñigo, hermana del poeta. También, a mis compañeros de aventura: Iñigo Linaje y Julián Alonso. Los tres nos ocupamos de poner en manos de Huerga &Fierro la poesía de Mariano Iñigo con ilusión y también con un ligero pesar: no haberlo hecho posible en vida del poeta.