José Luis Gómez Toré es una de las voces más sólidas y genuinas de la poesía española contemporánea. Títulos como He heredado la noche (accésit del premio Adonáis 2003), Fragmentos de un cantar de gesta, Un corte que no sangra y Hotel Europa, lo confirman. Además, hay que destacar su importante labor como crítico literario, traductor, dramaturgo y ensayista.

Llamarse nadie (Polibea, 2019), una antología preparada por el poeta y crítico Óscar Curieses, hace un recorrido por la obra poética de Gómez Toré, que celebra veinte años de creación. La clasificación me parece de lo más acertada, pues no opta por el clásico orden cronológico o temático, si no que el hilo conductor y brújula es el color blanco. Secciones como blanco zinc, blanco lunar, blanco claroscuro, despliegan algunos de los ricos trazos cromáticos y leitmotivs, que revelan la importancia de la luz y de la plasticidad en su poética como una forma de contemplar el mundo y de diálogo con la transparencia y con la filosofía zambraniana de Los claros del bosque). Su lírica es indisociable de la filosofía y heredera del simbolismo y del culturalismo alemán.

El blanco, por otro lado, es intervalo, en palabras del autor, «la escritura del poema es una especie de acercamiento, una suerte de cerco a un territorio blanco, un espacio que es y no es el de la vida».

Además, el hecho de mezclar poemas de distintas épocas hace que sea un libro nuevo. Como señala Curieses, al cambiar de lugar, los poemas alcanzan un significado diferente y una interesante intertextualidad. Por lo que el montaje de una antología tiene similitudes con el montaje y edición del cine y propicia que los textos dialoguen entre sí.

En la poesía de José Luis Gómez Toré, convergen Oriente y Occidente, con la apoyatura de símbolos primordiales como la nieve y el pájaro. Para el autor la palabra poética es también una forma de meditación, de contemplar activamente la naturaleza y tener conciencia plena del instante, algo que la acerca al haiku, así como la captación de los pequeños detalles de lo cotidiano que trascienden el espacio sentimental, cobrando un tono elegíaco, donde el claroscuro no es ajeno a lo trágico, y al cauce del legado cultural y de la memoria histórica.

Estamos ante una poética de trazo delicado y elegante, que practica el despojamiento, aunque que no está exenta de una línea de conciencia crítica, sin ser estrictamente social. Más bien su nomadismo tiene el don del vuelo y de la mirada empática que construye cartografías colectivas.
 

El territorio blanco

Nieve,

no pureza.
Un lugar más doloroso,
aún más extraño que la vida.

Si ello fuera posible.
 

 

Piedra

Mi hijo, el más pequeño,
arropa con un pañuelo una piedra.

«A dormir, piedra», dice.

Compruebo que es verdad:
la piedra duerme.
 
 
 
 
Helado de chocolate
Helado de chocolate
para honrar a los muertos.

La luz casi violenta de la tarde
pesa sobre los hombros,
perturba con su olor
el olvido que empieza.
 
Ella comulga
muy despacio un sabor.
La muerte nada sabe del frío.

Nunca fue tan intenso,
tan lejano,
el olor de las lilas.
 

 
Informe y profecía
A Pilar Martín Gila

El príncipe sostiene sin ceremonia alguna el cerebro del héroe, que aún gotea formol. Dos hemisferios como un mundo completo, a pesar del problema del alma y de los números, a pesar del lenguaje desparramándose igual que una infección por redes neuronales y esa pasta viscosa que precede a los símbolos. Aunque nos complace ocultarlo, somos un pueblo que ama las simetrías y las repeticiones. Y nunca se detiene la rueda del incesto y la venganza. No importa cuál fue el primero de los crímenes entre tantos que vinieron después. En el comienzo siempre los fantasmas. En el nombre del padre. Y voraz la promesa.