Esta semana queremos sumarnos a las numerosas manifestaciones de sorpresa y afecto por el fallecimiento de José Carlos Cataño (La Laguna, Islas Canarias, 30 de agosto de 1954- Barcelona, 9 de agosto de 2019). Difícil sumarse al coro sin rozar el desequilibrio, no sólo porque las notas que hemos podido leer en la red han dado muestra de una cercanía y un afecto de sus amigos y conocidos, sino porque nuestro trato con él no pasó de la cordialidad entre comensales de una misma fiesta.

Por eso no podemos ni pretendemos abrir estas líneas al estilo de «Los heraldos negros» ni tampoco haciendo uso de la banalidad de alguien que se suma a la última fila del abrazo de circunstancia. Para recordar al poeta, no podemos ir más allá de su elegancia, su apostura o su fina educación con la que trataba los asuntos aparentemente banales o prosaicos, porque a todos estos asuntos los enriquecía con un toque personal cálido y respetuoso. Y, por supuesto, no queremos olvidar sus memorables visitas a la librería en su bicicleta plegable, acompañadas de una ocurrencia o una historia que teñía lo cotidiano de surreal o gracioso.

Así que la mejor manera que encontramos de despedirnos de José Carlos Cataño consiste en una selección –con ayuda de Aleisa Ribalta Guzmán– de sus poemas en los que hemos creído entrever la premonición, así como en mencionar la reciente publicación de su poesía reunida, en un precioso volumen de tapa dura bajo la estela de la editorial Pre-Textos, del que tuvimos oportunidad de organizar su presentación el 7 de junio, a cargo de Jesús Aguado.

Ligero como el canto

Ligero como el canto que no acaba
Se ondula tu recuerdo en el verbero.
Regresa y es el mismo.
Despierto y no es un sueño,
A tu vuelta inocente encadenado.
La voz no sabe lo que canta.
Tallas mi vida y no lo advierto.
Hablo,
Y siempre ignoro de quién hablo.

(De Muerte sin ahí, 1986)

 

Fuera de juventud

Fuera de juventud
Nace la vida verdadera.

Infancia sólo es tierra,
Ya sólo tierra lo que beso.

Si yo abro la memoria
El aire allí su tumba encuentra.

(De  Disparos en el paraíso, 1982)

 

Nubes en la noche
(De A las islas vacías, 1997)

Nubes vanas en la noche,
Así pasan las palabras
Por la aurora irreversible de las cosas.

Todo pensar se declina
En el grito oscuro de lo pleno.

Y yo entre las vorágines te buscaba
Como si así pudiera con tu rescate
Cumplir un luminoso pasado.

 

Por salvarte del horizonte…
(De En tregua, 2002)

Por salvarte del horizonte
Enterré mi cuerpo una tarde de mar en furia,
Incluso sin vestigio
De isla fatal,
que a ti y a mí
Debió a lo lejos de iluminarnos.

Ausencia y temblor enhebré,
Ceguera e ignorancia en cruz,
Por hacer entera en mis ojos
Tu primera mirada.

 

Tu casa ahora
(De En tregua, 2002)

Tu casa ahora es la celeste,
El cielo desplomado bajo el agua,
Casa del padre que apenas ha sido,
Sólo un puñado de reflejos
Traídos y llevados por el aire,

Todo el cielo amansado,
Por encima y por debajo del cielo,
Tu imagen en las olas que se vierten,

Todo el mar en silencio,
Las olas deshojadas, sin volumen,
Todo el mar sin sabor,
Entero, ignorándose.

Enséñame la luz,
Enséñame el valor de la luz, tú, que no sabes.

 

Fuisteis buenos conmigo
(De El cónsul del Mar del Norte)

Odia con todo el rencor, con todo el resentimiento que aun llevas en las entrañas. Y no temas, porque hasta la crueldad más abyecta revienta por sí sola como baya madura.
Odia, no por cada golpe recibido –eso es lo más fácil–, sino por aquello que ya nunca recordarás. Que lo único que podrá iluminar tu vida será el odio.
Y por innobles que hayan sido tus actos, no olvides dar las gracias a todos y por todo cuando llegues al fin.

 

Amores ilustres
(De El cónsul del Mar del Norte)

Yo también podría decir algo acerca de eso. Guardaos vuestras estrellas polares, vuestras interminables noches de amor, vuestras damas exquisitas, vuestras hembras calientes como una mañana por Nyangabulé. Tanto me da.
Acaso el amor sea el instante en que tiemblan dos cuerpos demorando derramarse el uno en el otro, los ojos en los ojos, la lengua en el secreto previo al desfallecimiento.
Su rostro no era hermoso y era persona de pocas palabras. Tenía desde noviembre no sé qué semilla en agua, y ayer, como quien dice, se convirtió en un tallo finísimo, imparable, en la alegría de la casa.
Tanto me río de lo que sobrevive al verano, que ya sé lo que es suficiente.

 

Siempre serás para un amor lejano y escondido
(De El cónsul del Mar del Norte)

A lo mejor uno se enamora para la despedida, para cuando llega la estación seca y los hombres se besan a la luz de Venus.
A lo mejor, para que aquella frase (tu cuerpo húmedo contra el cual aprieto el mío recobra los días que se fueron) subraye que estás solo.
Pero cuando surja de nuevo –la veranda llena de alegría, los cuerpos abrazados girando en la penumbra, volverás a decir:
Luz del instante, tus ojos. En ellos me veo por primera vez.
No vengas con más mentiras, malasangre.