CUERPO SIN MÍ

11,00

01-10-2007
94 páginas

Cuerpo sin mí es una cala en la cotidianidad, bajo cuyo gris manto se esconden realidades insospechadas. El lenguaje de Eduardo Moga atraviesa la costra de los días para averiguar, no sólo las heridas que nos constituyen, sino también quién es el hablante y qué lo hablado. El lenguaje encarna así el ser y su concreción incomprensible, el yo: con él nos descubrimos y justificamos; con él construimos el mundo. Conjugando clasicismo y vanguardia, encajando el ruido de la realidad –y el fluir inarticulado del pensamiento– en el pentagrama de la escansión, Cuerpo sin mí lanza preguntas cuya única respuesta es su formulación, miedos que son de todos, muertes que son las de todos. Y, también, alegrías sensoriales –la luz, la carne, la palabra– que constituyen al fin nuestra única, y efímera, perduración.

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Descripción

Remite el esplendor
que ha empenachado el día, y deshilado
su cauto lapislázuli,
y electrizado
de jalde
sus lunas.
La luz tropieza
en los nudos del aire
y, en su caída,
produce
sonidos
umbríos,
lechosidades secas,
que se deslíen en la niebla.
El aire se divide en micas
que buscan lo que late en el fondo del aire,
la violencia fecunda con que el sol
desata
sus flujos. Y una alondra, atravesándolo,
reduce sus estrías,
y lubrifica sus articulaciones,
y ensarta
su gélido
ardor,
como atraída
por un imán difuso, sepultado en el cielo.
(No sabe el pájaro
que lo miro; no sabe que soy su realidad:
sus alas baten porque las percibo).

La aguja de una iglesia
aproxima a las nubes un silencio
jaspeado de limos,
pero lo vierte
tamibén en los helechos
que la circundan de su inflexible suavidad,
y en el crepitante azul,
cuya masa es
un techo sin columnas, una piel entreabierta.
Un cazabombardero desordena la hierba
que arropa los repechos conquistados
por la lluvia y el guano. El avión rompe el aire,
el vidrio de las cosas
anochecientes,
y los insectos
pululan con caótico fervor.
La lentitud de los arroyos
me consuela: acarician sin tocar,
y su caricia me tritura;
el tiempo está desnudo,
gotea,
abre intervalos de no tiempo, hiatos
en su continuidad pétrea, entre los cerros
y los narcisos,
y yo
recorro su materia sin propósito,
como recorro estas estribaciones
de turba en las que mueren los corderos.
Las horas,,, empujadas
por los alisios, se detienen
en los salientes
de las pupilas y las chimeneas,
y desde ellas regresan
al ser, como una mano jadeante
que instara al cuerpo
al incendio y a la consumación.
No se oyen
los coches que circulan a lo lejos,
ni el corazón, distante de mí, clavado en mí,
que bombea silencio.
Un temblor cárdeno sacude
el cielo amargo de la atardecida.
Todo brilla, encendido de avispas. Y los ojos,
prensiles,
exploran
las inclemencias
de lo visible, y localizan
lo inexistente, y lo maniatan,
pero no dura:
se recluye en lo abierto
y, como un animal abstracto,
desaparece en los marjales,
atónito de sal.

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