«[…] el problema para el poeta no es esencialmente un problema de vocabulario, sino cómo el poeta puede lidiar con el vocabulario antiguo y formularios en nuevos contextos, en estructuras creativas que hablen de nuestro presente y arrojen luz sobre lo que está sucediendo ahora. Por ello, la función de la memoria no es simple: el poeta no sólo debe conocer las palabras y sus significados sino también olvidarse los contextos vinculados a ellas.»
(Sargon Boulus)

 

Aula áulica
(Gonzalo Rojas)

Todavía recuerdo mi clase de Retórica.
Ceremonia del Juicio Final. Un gran silencio
hasta que el Profesor irrumpía: «Sentaos».
«Os traigo carne fresca». Y vaciaba un paquete
de algo blando y viscoso
envuelto en diarios viejos como un pescado crudo,
sobre la mesa en que él oficiaba su misa.

«Capítulo primero». «El estilo del hombre
corresponde a un defecto de su lengua». Y mostraba
una lengua comida por moscas de ataúd
para ilustrar su tesis con la luz del ejemplo.

«Mirad: la lengua inglesa no es la lengua española».
«Aquí tengo la lengua de Cervantes. Su forma
de espada no coincide
con el hueco del paladar». El Profesor hablaba
de condiciones, rasgos, influencias,
metáforas, estrofas. Y cada afirmación
era probada por la Crítica.

Ahora bien, los puntos de vista de la Crítica
—pobres cuencas vacías—
eran toda esa carne palpitante
saqueada a los distintos cementerios:
lenguas, dientes, narices, pulmones, vientres, manos
que un día fueron órganos de los grandes autores
hoy tumores malignos servidos en bandejas
por profesores-asnos a sus discípulos-asnos
adentro de una sala-alcantarilla.

Donceles y doncellas extasiados
copiaban en «papeles» todas las proporciones
de la obra maestra: las leyes de la lírica,
la épica y dramática, causas y consecuencias,
la decadencia, el desarrollo de las literaturas.

Ante tal entusiasmo
el olor de los restos de los grandes autores
se mezclaba al olor de esos bellos difuntos
sentados en la silla de su propio excremento,
y una sola corriente de inmundicia era el aire,
mientras la admiración llegaba al desenfreno
cuando ese Profesor: «Si aprendéis —nos decía—
los requisitos de la creación
seréis fieros rivales de Goethe, y superiores».

Y cerraba su clase.
Guardaba todos los despojos nauseabundos
en su paquete, y con frente en alto,
coronado en laurel por su buen éxito
nos volvía la espalda como un Dios del Olimpo
que regresa a su concha.

Todavía recuerdo mi clase de Retórica
en que la vida y la belleza
eran un plato de carne podrida.

Yo tuve que cortarme la lengua en la raíz
para librarme de la lepra.

[De La miseria del hombre, 1948]

 

A propósito de su accidental ejercicio en la enseñanza, dice el propio Gonzalo Rojas que en «Poeta a la intemperie» –discurso al ser nombrado Profesor Emérito de la Universidad de Concepción en  1991, dice: «Asumí mi tarea de enseñar con el desplante del poeta, un desplante heterodoxo y nada reverencial. Erudición y rigor, eso sí, ciencia y conciencia crítica como corresponde al ejercicio académico, pero también imaginación. Nada entonces de esquemas ni acertijos didácticos al uso actual sino lectura del mundo en cada disciplina. De lo que se trataba para mí era de ir al fondo de las cosas, abrirlas vivas en su vivacidad, tocarlas por dentro».

Pornografía de la imaginación. Leemos en Baudelaire los estados alterados de la conciencia al borde, o sobre la superficie de los estupefacientes, pero lejos del poema. El poema, la escritura del poema, y su gemelo del otro lado del espejo, la lectura del poema, es el verdadero estado alterado de la conciencia. Allí nace un momentáneo despertar de la conciencia, como el relámpago de Gonzalo Rojas (Chile, 1916-2011). Se restablece lo perdido, se altera la conciencia y por un momento accedemos a los paraísos artificiales de la verdadera visón: en plena oscuridad, el relámpago-poema aclara, de golpe y con luz que es más luz que la del día, lo que no vemos con la luz normal de la claridad y por un momento accedemos a lo que el flujo habitual de la conciencia nos impide. Vemos más de lo que normalmente vemos. De pronto el fiscal de la conciencia viene puesto en jaque y la verdad del poema nos acoge, sin necesidad de explicación, y se logra, por fin acceso, a esa otra verdad, a ese deseado restablecimiento de lo que en un sentido claro y pleno es la verdadera noción de la cordura. Todo un estado alterado de la conciencia.

 

Microfilm del abismo
(Gonzalo Rojas)

¿Qué es el tiempo? Cuando no me lo preguntan
lo sé, pero cuando me lo preguntan ya no lo sé.
(Agustín de Hipona)

Como reír es además de reír purificar
sabiduría, me estoy yendo
desafinado de esta envoltura lujuriosa
de uñas y meses a otro número
del que empiezo a ser parte, un número
dijéramos menos abusivo sin tanta
farsa de inmortalidad, fresco el olor

abstracto a seso velocísimo, exactamente como el del río
cuya figura no es el agua; el engaño
es el agua pero él
no es el agua; lo ilusorio
es la palabra agua. Exactamente
como el río, y

no voy a embotellarme en la vieja física
disparatada con sus trescientos mil
millones de estrellas
irreconciliables descontando las nebulosas que
andan por ahí sin haber
sido nunca, con
lo que cuesta no pensar, lo caro
que se paga. Ayuden
al pobre ciego
a hacer bien el cálculo, ¿cuánto
en minutos, y nada de años-luz, o pétalos
escasos?

Hoyo negro, ¿y a eso llaman constelación
de vivir?, ¿a esa ciencia
del desperdicio?, ¿a ese escurrimiento
de un viernes a las 3 a otro viernes
idéntico colgando
como Dios, del mismo palo? Rosas,
estoy hablando de rosas.

Porque lo irrisorio es el dato crudo, el
pronóstico cruel que uno por consuelo llama instante por
hablar conforme a lo geométrico del ojo
de los egipcios, hipopótamo
cortado por la
línea del agua cuando el animal
saca la cabeza del agua para dar el gran vistazo de
Einstein alrededor y parpadeando
vuelve al fondo.

[De El alumbrado, 1986]

 

Viene de nuevo un comentario del poeta chileno: «He sido profesor, para mal de mis pecados, largamente. Enseñé 60 años Teoría literaria, que no existe. La teoría literaria, ¡si no hay eso! Claro, hay unos cuantos retóricos vivaces, inteligentes, alemanes, italianos, franceses. Pero, a la hora de preguntarse uno: ¿qué es el eje de lo literario, del fenómeno literario?, la teoría es sospechosa».

 

Ars poética en pobre prosa
(Gonzalo Rojas)

Lo que de veras amas no te será arrebatado. Voy corriendo en el viento de mi niñez en ese Lebu]* tormentoso, y oigo, tan claro, la palabra relámpago. «Relámpago, relámpago». Y voy volando en ella, y hasta me enciendo en ella todavía. Las toco, las huelo, las beso a las palabras, las descubro y son mías desde los seis y los siete años; mías como esa veta de carbón que resplandece viva en el patio de mi casa. Es el año 25 y recién aprendo a leer. Tarde, muy tarde. Tres meses veloces en el río del silabario. Pero las palabras arden: se me aparecen con un sonido más allá de todo sentido, con un fulgor y hasta con un peso especialísimo. ¿Me atreveré a pensar que en ese juego se me reveló, ya entonces, lo oscuro y germinante, el largo parentesco entre las cosas?

*Leufü: torrente hondo, en mapuche original. Después, en español, Lebu, c apital del viejo Arauco invencible como dijera Ercilla en sus octavas majestuosas. Puerto marítimo y fluvial, maderero, carbonífero y espontáneo en su grisú, con mito y roquerío suboceánico, de mineros y cráteres – mi padre duerme ahí -; de donde viene uno con el silencio aborigen.

[De Oscuro, 1977]