Las Hipótesis de Nadie

Juan Manuel Roca, Las hipótesis de Nadie, La Vorágine Crítica, Santander, 2016, 92 pp.ISBN: 978-84-944452-5-5.

El arte inútil de remendar el agua

 

¿Qué es un fantasma? preguntó Stephen. Un hombre que se ha desvanecido hasta ser impalpable, por muerte, por ausencia, por cambio de costumbres. 

JAMES JOYCE, Ulysses (1921)

 

Las hipótesis de Nadie (La Vorágine, 2016), del poeta colombiano Juan Manuel Roca, es varios libros a la vez: retrato de un hombre sin atributos, guía de lectura —por los magníficos epígrafes que ostenta—, paseo entre ruinas, tierras sin dueño y casas donde «ni el eco del silencio se ocupa en contestarle», reflexiones sobre la creación de un poema y sobre el hueco donde se origina. Las hipótesis de Roca son caóticas, sensoriales y descriptivas. Poco o nada tienen que ver con el método científico que nos enseñaron en el colegio.

El poemario está conformado por tres partes:«Las hipótesis de nadie», «Diario del constructor de ruinas» y «Agujeros en el agua». La primera parte es la más conceptual: los poemas aportan pistas que, leídas como una serie, develan la silueta a contraluz de Nadie, el cuerpo sin órganos, el mutante, el que se funde con la ciudad o determinados objetos. Aquella presencia sin reflejo propio en el que, curiosamente, todos podemos reflejarnos. «Festejemos a Nadie que nos permite presumir que somos alguien», inicia «Biografía de Nadie». Entre los poemas sobre los perros de Nadie, la estatua de Nadie y la visita de Nadie, destaca «Lugar de apariciones», texto —sobre el paso del tiempo y el olvido encerrado en una casona de terror gótico— con un precioso epígrafe que invita a leer a Juan José Arreola, «la mujer que amé se ha convertido/en fantasma/yo soy el lugar de las apariciones».

«Diario del constructor de ruinas» es la parte más carnosa del libro y propone una lectura de la ruina no como el final de las cosas, sino como su origen. «Los reinos de olvido y soledad» comprendidos como tierra fértil para la imaginación y fantasía más insolente y desmitificadora. La sección abre con «Testamento del pintor chino», donde mira al fondo del pozo que había construido en Lugar de apariciones:

Pronto borraré mi crepuscular figura del óleo
—Emperador de mi cuerpo—
Y sabrán que es de la misma materia
La ausencia de un hombre o de un caballo.

Además, retoma el esbozo del retrato de Nadie sugiriendo que es un Dr. Jekyll a medio camino de ser Mr. Hyde y el insecto convertido en Gregorio Samsa (en ese preciso orden): «Oír algo peor que el paso de los trenes: la voz de la obediencia. El pobre insecto membranoso amaneció convertido en hombre y no pudo traducir su oscuro sueño».

«Agujeros en el agua» es el colofón del libro. Es su parte más metapoética y, hay que decirlo, menos depurada. Aquí, en lugar de trazar el perfil de Nadie, se traza el quehacer del poeta con versos como: «Es como espiar al viento, como remendar el río» u «hoy todos traducimos su silencio». Son un puñado de poemas que exploran la memoria, la decadencia, el silencio y el fantasma en el reflejo, pero desde el juego, con cierta levedad y un lenguaje más inquietantemente transparente: «Ni siquiera la palabra agua queda de la palabra hielo».

Ana Carolina Quiñonez Salpietro