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Rozarás la transparencia y no tendrás miedo de caer
POPOL VUH

Hay un tejido que precede nuestra escritura y la atraviesa, hecho de finísimos hilos cuya trama apenas percibimos. Contadas veces nos visita y creemos entrever en él un tramo de sentido que nos pertenece; otras, el silencio que lo envuelve apenas si nos abandona y logramos sacar una madeja caótica que, a pesar de su desdén de formas, nos ofrece una esperada mina de imágenes en bruto de la que estamos hechos y no nos percatamos en un primer momento. Por poco que veamos, hay en él, al menos, la promesa de un centro al que pertenecemos por entero. Por eso no es excesivo afirmar que lo que el poeta escribe no sólo le pertenece, sino que la escritura misma es parte de su cuerpo, de la misma manera como el habla es parte del cuerpo mismo de quien dice.

En este mismo orden de ideas, la tarea del poeta moderno consiste en hacerse consciente de ese centro al que se pertenece y de su pervivencia en lo que escribe es uno de los legados vivos del romanticismo, de las vanguardias  y el existencialismo que se resume en la equiparación de vida y poesía. En el caso del poeta portugués Eugénio de Andrade, esta conciencia llega hasta un límite en el que lengua, poema y habla son todos elementos de un mismo cuerpo; en Andrade el poema es también cuerpo, memoria y pensamiento, y es en su libro Rozando el decir donde esta unidad desdoblada alcanza su mayor expresión. Escribe el poeta portugués en su poema «Lengua de los versos»:

Lengua;
lengua del habla;
lengua recibida labio
a labio; beso
o sílaba;
clara, leve, limpia;
lengua
del agua, de la tierra, de la cal;
materna casa de la alegría
y de la pena;
danza del sol y de la sal;
lengua en que escribo;
o mejor: hablo.

Sin embargo, este ser parte del cuerpo de la escritura se ha conquistado a partir de la escisión rimbaudiana de su je est un’autre –yo es otro–; un desdoblamiento que ha permitido al poeta moderno reflexionar acerca de su oficio desde su mismo texto poético. Como afirmaba el colombiano Jorge Gaitán Durán.

Por eso, siguiendo las palabras de Eduardo Lourenço en «Eugénio de Andrade: entre el éxtasis y el silencio», me permito parodiar su idea de que toda gran poesía encarna una poética en sí misma, y es a partir de ahí que el poeta construye su ética: funda una vez más el mundo o, como hace emblemáticamente Eugénio de Andrade, vuelve a darle un nombre como un Adán primigenio que se resiste al mundo en su miseria. A partir del poema el poeta da un sentido y un orden nuevos al mundo, como muestra el poeta portugués en su poema «La poesía no va»:

La poesía no va a misa,
no obedece a la campana de la parroquia,
prefiere azuzar sus perros
contra las piernas de dios y de los cobradores
de impuestos.
Lengua de fuego del no,
camino estrecho
y sordo de abdicación, la poesía
es una especie de animal
en lo oscuro rechazando la mano
que lo llama.
Animal solitario, a veces
irónico, a veces amable,
casi siempre paciente y sin piedad.
La poesía adora
andar descalza en la arena del verano.

Poeta en tiempos de miseria, de Andrade en el poema ejerce una resistencia activa contra la claudicación. No olvidemos que en su tiempo el neo-realismo lusitano y las llamadas generación de 1950 y generación de 1960 se enfrentaron a la dictadura salazarista (1932-1974) –si bien es cierto que en Portugal se impuso, durante varias décadas, una forma mitigada de fascismo encabezado por la figura de Antônio de Oliveira Salazar. Recalco este hecho para mostrar la resistencia de Andrade a la que me acabo de referir, pues al hablar de una resistencia activa, me refiero a que el poeta se niega al solipsismo: se niega a caer en la tristeza ensimismada y menos aún en la saudade –tan cara a algunos de sus contemporáneos como válvula de escape para la expresión– que, con el tiempo ha terminado por convertirse en el lugar común con que la crítica oficial relaciona muchas veces su obra, a partir, por supuesto, de una lectura superficial.

Rumor del mundo

Las palabras, vicio
torpe, antiguo.
¿Las últimas? ¿Las primeras?
Cual los erizos
se abren al rumor del mundo:
verde aún el sol de los limones,
las ardillas
de otras tardes, el latido
de la lluvia en las ventanas,
los viejos en torno de la lumbre
–nunca fueron tan bellas.

Al igual que la realidad, o mejor, lo que el consenso llama realidad, las palabras están gastadas y dejan de nombrar. Pero las palabras, instrumentalizadas y vaciadas de su peso por las ideologías, por el discurso dominante o la costumbre, son la herramienta del poeta para entrar en el mundo. Las palabras están hechas de realidad, pues están unidas entre sí, más que por la gramática, por retóricas eficaces que se ejercen desde un discurso determinado. Al entrar en el juego y desmontarlas, al querer hacerlas nombrar lo que esconden, cambiándolas de contexto, el escritor, en este caso el poeta, desvela y revela aspectos que henos olvidados de ese mundo en cuestión.

En este mismo sentido Andrade se despoja de las palabras hasta la casi desnudez del poema. Al mismo tiempo llega a la conciencia poética de que ya no hay lugar para el mito en el poema y en esto podemos hallar el rasgo más distintivo, no sólo de su modernidad, sino la vía de entrada a so sobrerealidad, si es lícito dar este giro al concepto lezamiano («Sucede que tropiezo»):

Sucede que tropiezo en ti en una línea
que escribí en otro tiempo –tan discreta
es tu presencia que nadie
que no sea yo te podrá descubrir.
Y me siento agradecido, como también lo estoy
al gato del huerto o a las gaviotas
que picotean en tantos versos míos
en busca de sol fresco con que alimentarse.
«Es su pecho, su boca», digo entonces,
y en la penumbra del cuarto por momentos
brilla de nuevo el cuerpo del deseo.

Dicho en otras palabras, «la poesía [moderna] no persigue otro mas enigmático fin que el de dar cuerpo a ese silencio, donde enraíza toda palabra de la que la antigua luz de los dioses o el reflejo de la Musa se retiraron. Sin Dios y sin musa, la palabra poética moderna –moderna por la conciencia de esa ausencia– es una exploración interminable de ese silencio coesencial a un verbo donde el ser –el del mundo, el de los demás, el nuestro– debía ser dicho o aprehendido en todo su esplendor y misteriosamente se nos escapa» –como escribe Lourenço en el ensayo mencionado.

Sin embargo, más importante que esto, la poesía del poeta nacido en Póvoa de Atalaia (Alentejo, región próxima a la frontera española de Extremadura) no va hacia la estilización, como pudiera presumirse, sino que, por el contrario, roza el decir, como la expresión homónima que da título a uno de sus libros más importantes de madurez, para llegar al cuerpo del poema. Es a partir de la lengua hablada, que no es otra cosa que la lengua materna y por ende cuerpo, que el portugués recupera para su poesía y para el orden de realidad y nos propone palabras tan importantes en su obra como lengua, sal de la palabra, madre, infancia, tierra, manos o la luz enceguecedora de su Alentejo natal. Palabras que, leídas con atención, no hacen más que decirnos que las palablas, la lengua materna y el poema en sí mismo son extensiones del cuerpo, son el cuerpo mismo del hombre que las dice.

Por eso temas como cuerpo, memoria y luz, recurrentes en su poesía están ligadas a su infancia, más que una mitología personal o literaria, son un ir hacia la claridad, hacia la palabra que nombra al cuerpo para nombrar la realidad.

Esta afirmación me lleva al Popol-Vuh, a la sentencia que nos enseña que «rozarás la transparencia y no tendrás miedo de caer», pues, la poesía de Eugénio de Andrade nace de ese deseo de claridad y transparencia. O, como dice Eduardo Lourenço, en el prólogo a Materia solar y otros libros: obra selecta (1980-2002) de Eugénio de Andrade, «la poesía de Andrade es una larga marcha de la noche al día, un viaje al corazón de nosotros mismos, hasta esa rama alta donde siempre nos esperamos». ¿Y quién sino el mismo poeta puede acompañarme en esta afirmación para cerrar estas líneas?

De palabra en palabra
la noche sube
a las ramas más altas
y canta
el éxtasis del día.