Idioma

Es de canto cortado.
Sale de la lengua como brinco de muralla.
Sube y se eleva cual estandarte en plaza pública.
Baila con ritmos de collar de perlas que se vencen.
Lo hablas y algo mudo nace al Oriente.
Algo cortado,
un cordón umbilical de días sin nadie.
[Alma Karla Sandoval]

Juan Pablo Roa: En tu libro «Beijing entonces», tienes un poema titulado «Idioma» que termina con un verso precioso y enigmático que es toda una declaración de principios, y que dice más o menos que el Idioma es «un cordón umbilical de días sin nombre». ¿La poesía es esa lengua de todos («días sin nombre») que sólo cobra vida cuando nombra la propia cicatriz («cordón umbilical»)?

Alma Karla Sandoval.: En efecto, la poesía es una metáfora total cuyo doble es la identidad misma. Quiero decir que sí, es lengua de todos, pero también propiedad peregrina y extrajera de quien la escribe. Piglia aseguraba que cuando estamos frente a grandes fenómenos poéticos, sentimos que la lengua del poeta es sólo suya y, sin embargo, la entendemos, la apropiamos en la universalidad que encarna, es nuestra y no como una cicatriz que nos duele al mirarla, al imaginar cómo fue la herida.

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J. P. R.: En nuestra charla del 9 de abril, pude ver la emoción que te embargaba al hablar de tu incursión en el mundo colombiano, en su poesía. Incluso llegaste a decir que en poesía te sentías casi una poeta colombiana, más que mexicana. Cuéntame dos breves anécdotas por las que te reconoces en esa poesía o en ese mundo que lograste conocer. ¿Y dos poemas que te hagan revivir esa raigambre afectiva sin pensártelo mucho?

A. K. S.: Soy una escritora que se arrojó a la poesía muy joven, pero en Colombia entendí lo que eso significaba realmente, pues ahí confronté la soledad y la crudeza del oficio, pero también valoré la amistad literaria, sus entramados de por vida. Pasé casi tres años en Bogotá gracias a la beca de una maestría que cursé en la Universidad Javeriana donde conocí a poetas en ciernes y consagrados: Juan Felipe Robledo y Juan Manuel Roca, por dar dos ejemplos. Además, tuve la enorme fortuna de ser amiga de Germán Espinosa, ya que mi departamento quedaba junto a las Torres Jiménez de Quesada donde vivía el narrador. Los miércoles solíamos departir en un café a mediodía antes de mis clases. Varias veces no llegué a tiempo o interrumpí los cursos porque en la conversación con Germán, Sebastián Pineda y Juan Manuel, aprendía mucho más que en un seminario.  Otra anécdota no muy feliz, pero formadora sin duda fue la primera vez que vi a Espinosa. Un joven escritor, compañero en la maestría, Johann Rodríguez-Bravo, me llevó a conocerlo para que me firmara La tejedora de coronas. Lo esperamos casi una hora en una cafetería. Llegó con su mujer. Fue una conversación feliz que se prolongó hasta muy tarde.  La pareja fumaba sin parar y recuerdo las nubes de humo espeso rodeándonos, las tazas de tinto que iban y venían. Dos años y medio más tarde, ellos tres habían muerto. Primero Josefina a causa de problemas de salud que ya arrastraba. Luego Johann, a los veinticinco, por un aneurisma. A Germán le detectaron cáncer de lengua. Soy la única sobreviviente de aquella charla mágica.

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5 de junio del año de Nuestra Señora La palabra

Lou, me rompí en un verso.
La música tenía forma de gusano en el jardín.
Yo era la muerte porque no me habías leído
como te estoy llamado ahora en el espejo.

Sé que escucho lo improbable
y lo abrazo entumecida de libélulas moradas
porque él sabe la fecha del retorno
de cada golondrina de este mundo.

También el insecto brillante,
el que le baila a una linterna,
es la mujer que beberá14 .

………

14 Cambia de paisaje y abre las jaulas de un país.
Suelta a los gorriones hambrientos,
que nadie recicle tu caja de Pandora.
Que las gaviotas grises y las palomas negras
te acosen como a un barco.
Que puedas ver más allá de lo perdido
cuando te desplaces, navegando,
al aeropuerto.

[Alma Karla Sandoval]

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J. P. R.: He podido observar que el feminismo, el periodismo, la narrativa están muy presentes en tu actividad. Obviamente son maneras de pensar inseparables de tu escritura, pero me sorprende cómo combinas esas fuerzas con los momentos más «líricos» (si me permites usar esta palabra explosiva) en tu poesía. Un buen ejemplo de ello es tu libro «Ciruelas para los jinetes», en los que cada poema trae una nota al pie de página, que es otro poema que le responde al poema «principal». Estos «poemas-nota a pie de página» responden a ese otro poema, pero vaciado de experiencia, como desde una nube de abstracción y de emotividad. Me refiero a la pareja de poemas «5 de junio del año de Nuestra Señora la Palabra/14». ¿El ejercicio del poeta/creador qué relación tiene para ti, con la actividad del poeta/ciudadano?

A. K. S.: En este mundo quebrado o lo que llamo en un poema, en “el seminario de la vida rota”, me parece que ya no hay nubes que aguanten torres de marfil. Para seguir hablando de colombianos y colombianas que me formaron, la profesora Montserrat Ordóñez escribió: “Me han dicho que hay tortura en lo que escribo, pues sí, no podría hablar de rosas, de rocío, si crecí y estoy respirando entre el dolor y la violencia”. No sé si los poetas estén obligados a ser ciudadanos de la realidad y su saldo rojo cuando escriben. La mayoría diría que no y que eso daña la escritura. Marosa di Giorgio, Aurelio Arturo, son dos grandes que en plena revueltas sociales, se inventaron mundos propios, es decir, huyeron a sus reinos poéticos y esa fue, quizá una enorme denuncia. Como poeta, mi cédula de extranjería es muy clara: sí me asomo al horror.

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Antes de errar nuestro diálogo, invito a nuestros lectores a que se dejen llevar por dos de los poemas inéditos que hemos pedido a la poeta:

I

La distancia es un hongo, mucosidad en la garganta
que no permite luz en la voz.
Te equivocaste, el mar era la isla.
Una de sus canciones rompe en ti, estremecido de coca y amor disidente.
Aprendiste a disimular en la clase alta de un mareo,
dando pasos de venado, iban a cazarte.
Te volviste lobo en un sueño sin riñones,
en esa realidad que esnifas, en el beso que parte el Caribe.
No hay isla. No existen Marco Polo, ni el Ministro, ni Ernest  Shackleton.
No es honroso este tiempo de sangre y de penuria,
nuestras palabras no conmoverán a los agentes aduaneros.
Negación y evasión,
dijiste como quien traza una fórmula en el aire
y despeja el espacio,
y entra de lleno en la ecuación gelatinosa de la vida.
Te estoy pensando en la tierra que es el mar.
Creí en las esporas de mis ojos como un vade retro de muerte.
Te estoy llamando desnuda, pero vestida de engaño polar,
como otro venado que mastica flor de cazahuate,
de escondites, nunca salvaremos el agua rota de la noche.
Aquí también tendría que hablar de Islandia o de Pompeya.
Pero es Barcelona con la inmundicia que crece en los tenis de diez euros.
Dirán que voy volando, que puedo ser la primera golondrina
y no, acá también el mundo está deshecho.

[Alma Karla Sandoval]

VIII

El consuelo es un gato cachorro de ojos luminiscentes en lo bruno,
en la habitación de Swann
o el ropero donde jugaba a esconderme de niña.
También el soplo de los cañaverales
o el sabor del agua donde nace un río.
Aprendí a consolar cuando murió mi abuelo.
Fui el lomo de una mascota, el azúcar de la caña,
mi cuerpo como armario o la corriente fresca del arroyo.
No lo dijeron nunca,
pero estoy cierta que en las líneas de un momento
estuve consolando el terremoto de las palabras perdidas.
Vivo como escribo o al revés.
Amo el cine. También consuela.
Cuanto más perdida, más sola, más rosas púrpuras de El Cairo.
En esos jardines de ciudad
existe juventud que aún vale la pena.
El consuelo también es la tentativa de un libro,
las ganas de sentarse todos los días a tallarlo
como si fuera El David o una primavera brumosa, un ripio.
Ciertamente, consolar es la ocupación más dulce de los ángeles.
A los siete, creía que volaba en bici.
Al soltar el manubrio, mi barrio era las moradas de Santa Teresa,
el cielo de aquí a la panadería.

[Alma Karla Sandoval]


Alma Karla Sandoval Arizabalo (Jojutla, 1975) periodista, poeta y narradora mexicana egresada de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García y de la Escuela de Escritores de la Sogem (Sociedad General de Escritores de México). Especialista en Enseñanza del Español como Lengua Extranjera por la Universidad Complutense de Madrid y magister cum laude en Literatura Latinoamericana por la Universidad Javeriana de Bogotá, Colombia.  Ha obtenido las becas del FOECA y del FONCA en 1999 y 2001, respectivamente, y en 2010 obtuvo la Beca de Creadores e Intérpretes con trayectoria del PECDA para escribir un libro de cuentos. Premio Nacional de Periodismo en 2011, y de los Juegos Florales de Cuernavaca, Morelos, en 2012, premio Nacional a la Innovación Educativa del VI Congreso Nacional de Ética y Ciudadanía del ITESM, Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano (2013), premio Mujer Tec 2015 en tre otros galardones. Entre sus libros publicados podemos citar los poemarios Tratado de bengalas (2013), Beijing entonces (2015) y Ciruelas para los jinetes (2018), así como su novela Desde el corazón siberiano (que trata de la relación de Ariadna Efron y su madre, Marina Tsvetáieva), o sus títulos de ensayo De una Antípoda a Otra. Ensayos para caminar bajo el mal tiempo y una crítica a la educación, y Cartas a una joven feminista (2018).