«La condición de la salida es la desnudez»
JOSÉ CARLOS CATAÑO

Este verso de Disparos en el Paraíso, de reciente aparición, viene como anillo al dedo para la recomendación sospechosa de esta semana: Rasgos comunes. Antología de la poesía venezolana del siglo XX (Pre-Textos), una enorme (1176 páginas) y estupenda antología poética a cargo de Antonio López Ortega, Miguel Gomes y Gina Saraceni, que entrega una cartografía muy completa y compleja de lo que ha sido la poesía venezolana del siglo XX.

No quiero extenderme demasiado, por lo que enuncio apenas cuatro argumentos básicos para hacerse con este volumen, de hechura, diseño y tipografía impecables, como son los libros publicados por este sello Valenciano:

  1. Se ha hecho con la distancia necesaria y suficiente del siglo XX, lo que le da una buena perspectiva.
  2. Se han definido cinco líneas conceptuales para la selección
  3. Si los grandes poetas venezolanos son grandes árboles, esta antología muestra el bosque.
  4. Es la antología que de mayor circulación en el mundo hispanoamericano.

Un dato que sorprende positivamente es la constante presencia femenina en la selección antológica. Si revisamos «las décadas» contabilizadas en la antología, en todas hay, al menos, una poeta de altura.

Lo mejor de este argumento es que no es solamente una cuestión estadística o de cuota de género, sino porque grosso modo la poesía venezolana es femenina, por una parte, y, por otra, porque dentro de las poetas elegidas contamos con figuras fundamentales como las poetas Enriqueta Arvelo Larriva (1886-1962), María Calcaño (1906-1956),  Ana Enriqueta Terán (1918-2017).

Como dijo Antonio López Ortega, en su presentación del pasado  miércoles 16 de mayo, a partir de los años 80 del siglo pasado «se produce una irrupción importantísima de escritoras, que «no solamente crea un balance sino que comienza a condicionar a la poesía venezolana en estas últimas cuatro décadas, con un nivel de producción de calidad, de variedad y de diversidad extraordinario».

Cuatro poemas:

Ángel caído II (Yolanda Pantin)

La mujer del cabello lacio
recogido
en la nuca
sombreada
levemente de azul
como los ojos
ocupa
en una composición simétrica
el centro de la fotografía.
Detrás de ella
a su izquierda
un Ángel
desprendido del hombro
mira al cielo
con las alas plegadas
No hay mácula
en su condición aérea
en su espíritu puro
aunque
de la concha rosada de su oreja
surja, como el fuego, la duda

Oración del carnicero
(Luis Enrique Belmonte)

Señor, lame nuestros cuchillos,
ensaliva las costillas y las vértebras.
Que estos tajos en la res
sean ranuras para llegar hasta ti.

Que la jifa no atraiga a las hienas,
y que los ganchos no hieran a los aprendices.
Diluye con tu lluvia toda la sangre que avanza,
lenta, espesa, por debajo de las puertas.
No dejes que los pellejos
sean vendidos a los traficantes,
ni dejes que nadie alce los fémures
de los que se han sacrificado.
Míranos a través de los ojos desorbitados de los bueyes.
Que la luz exangüe de nuestra única bombilla
ilumine tu escondrijo, entre venas, nervios
y tendones, Señor, deja que nos ensañemos esmeradamente
hasta llegar al suculento blanco de tus huesos
y que se sienta tu presencia
en las manchas de los delantales o debajo de las uñas.
Bendice lo que queda, este banquete para perros,
moscas y zamuros, Señor, bendice lo más puro.
Y refrigera en tu silencio
toda la carne que amamos.

El oficio cumplido
(Luz Machado)

Un gran dolor pule los huesos cuando la casa
cae con la noche encima, sobre el lecho.
Sí. Es la casa entera sobre los hombros,
sobre la espalda, sobre la frente,
sobre las rodillas,
en los pies,
entre los brazos.
No es el peso de la lluvia que se pasea al atardecer
y acompañada.
No es el recuerdo de aquellos ramos silvestres
que una vez impregnaron de olor acre y untuoso
la piel. Ni tampoco

la sombra de solares manchas detenidas
como nubes ardientes en el cuerpo
en esa lasitud que a orillas del mar
desprende el resplandor debajo de las palmas.
Es dolor de ser vivo,
de estar viva. Y recordar tus ojos
mirándome en la penumbra, brillando,
en la madrugada que recoge esta red
de cansancios
que mañana habrán de levantarse como un cactus abierto,
sólo reverdecido en la solemnidad de la memoria.

Fracaso
(Rafael Cadenas)

Cuanto he tomado por victoria es sólo humo.
Fracaso, lenguaje del fondo, pista de otro espacio más exigente, difícil de entreleer es tu letra.
Cuando ponías tu marca en mi frente, jamás pensé en el mensaje que traías, más precioso que todos los triunfos.
Tu llameante rostro me ha perseguido y yo no supe que era para salvarme.
Por mi bien me has relegado a los rincones, me negaste fáciles éxitos, me has quitado salidas.
Era a mí a quien querías defender no otorgándome brillo.
De puro amor por mí has manejado el vacío que tantas noches me ha hecho hablar afiebrado a una ausente.
Por protegerme cediste el paso a otros, has hecho que una mujer prefiera a alguien más resuelto, me desplazaste de oficios suicidas.

Tú siempre has venido al quite.

Sí, tu cuerpo, escupido, odioso, me ha recibido en mi más pura forma para entregarme
a la nitidez del desierto.
Por locura te maldije, te he maltratado, blasfemé contra ti.

Tú no existes.
Has sido inventado por la delirante soberbia.
¡Cuánto te debo!
Me levantaste a un nuevo rango limpiándome con una esponja áspera, lanzándome a mi verdadero campo de batalla, cediéndome las armas que el triunfo abandona.

Me has conducido de la mano a la única agua que me refleja.
Por ti yo no conozco la angustia de representar un papel, mantenerme a la fuerza en un escalón, trepar con esfuerzos propios, reñir por jerarquías, inflarme hasta reventar.
Me has hecho humilde, silencioso y rebelde.
Yo no te canto por lo que eres, sino por lo que no me has dejado ser. Por no darme otra vida. Por haberme ceñido.

Me has brindado sólo desnudez.
Cierto que me enseñaste con dureza ¡y tú mismo traías el cauterio!, pero también
me diste la alegría de no temerte.

Gracias por quitarme espesor a cambio de una letra gruesa.
Gracias a ti que me has privado de hinchazones.
Gracias por la riqueza a que me has obligado.
Gracias por construir con barro mi morada.
Gracias por apartarme.
Gracias.

Si como es la sentencia , de Juan Sánchez Peláez

Los juiciosos, bien mojados desde su cuna con la punta necesaria
de la sabiduría
bien mecidos desde ahí
con apetitos
que no son fatales
jamás,
ponen ni dichosos
ni trágicos
las varas de la ley, y fijan límites imperiosos,
y en la picota nuestra jerga boba muy ribeteada
con flores y pajarillos.

Si de una parte,
como es la sentencia,
el mortal amado por los dioses
muere pronto,
aquella plaga
por el contrario
sobrevive a todos los inviernos.

No te vayas a atribular,
tú,
que no tienes
planes hechos para el futuro
y que empujas el musgo
de los días
con tu trauma y
tu hierro marcado al rojo vivo en la nuca.