Bryher es el nombre de una isla minúscula del archipiélago de las Sorlingas, al pie de la Gran Bretaña. Desde hace dos siglos su población ronda los cien habitantes y sus dos kilómetros de longitud, por uno de anchura, son una sucesión de pequeñas colinas verdes y valles de cultivo. Tras su visita al lugar la poeta —entre otros muchos y más importantes atributos— Annie Winifred Ellerman (1894-1983) decidió tomar el nombre de la isla como pseudónimo literario. Su vida discurrió en los diferentes epicentros culturales de la primera mitad del siglo XX europeo, escribió catorce novelas, varios ensayos y dos libros de poesía. El segundo, Arrow Music (1922), acaba de ser traducido por Rossanna Rion y publicado por Animal Sospechoso (Animal Sospechoso Editor, Barcelona, Octubre, 2020).

El volumen cuenta con un preciso prólogo de Andreu Jaume y una excelente «Semblanza» de Esther González, que ayudan a comprender el poliédrico personaje de Bryher. Música de flechas, impreso en 1922, reúne diversas tensiones creativas de la época que no suelen encontrarse juntas. Por una parte, la estética de la escuela imaginista, aunque recreada de manera poco ortodoxa; por otra, la exaltación del mundo griego como modo de superar las contradicciones del momento, y, claro, estas mismas contradicciones después de una Guerra Mundial fatalmente cerrada y una amarga posguerra. Con estos tres ingredientes, Bryher escribe un libro singular en la época y aún deslumbrante. El imaginismo que la influye brilla en la precisión descriptiva y en la transparencia del lenguaje, pero se aparta de las convenciones poéticas del movimiento (brevedad, objetividad, escenas urbanas, aire contemporáneo…). Bryher escribe textos de cierta extensión, culturalistas e historicistas, donde los acentos subjetivos brillan sobre la descripción. En el poema que da título al libro, por ejemplo, el minucioso relato de los soldados que regresan de la guerra con los persas se cierra con un destello subjetivo:

quemados hasta agrietárseles la piel alrededor del casco,
hasta dejar la impronta de huesos en el camino
por los guerreros que nos seguían…
morimos, pero no por un sueño.

El ejemplo sirve también para descubrir cómo Bryher combina las otras dos tensiones de la época presentes en su obra: el mundo griego y la situación política de las primeras décadas del siglo XX.  El poema trata, explícitamente, de los soldados de Alejandro que regresan de «las llanuras» persas, pero su lectura implícita también ilustra la desolación de la vuelta de los soldados que habían combatido en la Primera Gran Guerra sin ningún ideal patriótico: «es mejor morir bajo un rosal persa / que oler a estiércol y col durante cuarenta años». La Música de flechas en una buena parte del libro suena a la «Música de cañones».

En la otra parte de libro, la más lírica y vivaz, las flechas que suenan no son las que causan heridas reales, sino metafóricas. Las saetas que lanza Cupido: «¡Oh cálido lirio rojo del amor!». El mundo amoroso griego, menos convencional que el puritanismo europeo decimonónico, se adecúa a las necesidades de expresión de Bryher, que mantuvo una intensa relación con la poeta norteamericana Hilda Doolittle (1886-1961). Experiencias amorosas propias, pero también del ambiente intelectual que frecuenta, cuya libertad encontraba un cauce de expresión en los referentes y símbolos de la Antigüedad. Así, Música de flechas contiene una espléndida colección de poemas de amor, libres, vibrantes y sutiles. La serie de poemas titulada, emblemáticamente, «Canciones de amor de la Edad de Piedra», sobrevuela hasta la edad presente con su delicadeza:

¡Ven!
Encordaré para ti
conchas y moras,
y te traeré pensamientos amarillos
con vetas de alba oscura.


 

Un cartaginés en Roma

Venimos para olvidar.
En el remolino de la arena… en el rugir de vuestras voces… en el gruñido del lobo… el sonido metálico de los portales, hay un sueño más potente que el sueño, hay poder, acaso la muerte.
Ya sea con espadas o con pétalos de rosas, las vidas que no vivirás se presentan ante ti; nosotros, los de las ciudades caídas venimos ante vosotros, ebrios de vuestras voces, con gruñidos de lobo, con el sonido metálico de los portales.
«Nosotros, los que vamos a morir, os saludamos.» En la arena, en las rosas, venimos para olvidar.
Es demasiado doloroso apretar contra el pecho Myrica o Ion… La vida es un dolor demasiado agudo… mejor cantar para vosotros bajo la luz de las antorchas, bailar para vosotros, luchar para vosotros, más fácil… más dulce…
Venimos para olvidar.
El resplandor de la madera quemada marchita las guirnaldas; nuestras voces saben a cebolla y vino barato. Pero nuestros cuerpos, ¿no valen una ciudad? ¿Era Troya maravillosa como un guerrero, era Cartago bella como una muchacha tocando la flauta?
¿Quién lo puede entender? Ni los lobos ni las caras. Ni las muchachas con velos cubriéndoles los ojos ni los jóvenes de piel blanca cantando al son de las flautas o del bronce. Tampoco nuestros dioses en lo alto, ni nuestra paciencia o fortaleza. Nosotros tenemos el poder y la debilidad… dolor y después alegría… «Nosotros, los que vamos a morir, os saludamos»… hemos perdurado para este momento.
Sentiremos el mar mientras caemos sobre la arena blanca… sentiremos el olor de los campos mientras los pétalos de rosas caen sobre nosotros… vuestras voces truenan por nuestra muerte… olvidaremos que intentasteis destruirnos… olvidaremos el dolor… olvidaremos el amor… en la conmoción, en el estruendo del sueño.

 

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