Intermitencias. Corina Oproae. Sabina Editorial. 9788494703379. 84 páginas.

Este es el segundo poemario de Corina Oproae, nacida en Rumanía, traductora al catalán y castellano, que escribe en ambas lenguas y curiosamente no escribe en la lengua de su país. Cada lengua es otro, y como ella, la otredad no es solo fingida.

¿Qué son las palabras? ¿Son lenguaje? O acaso no hace falta decir nada cuando las palabras se niegan a dar señales de un lenguaje, no de una lengua. Cuando el zigzagueo del sujeto las nombra se esparcen mucho más allá de este tiempo y espacio.

Sabemos que el inconsciente está estructurado como un lenguaje, que todo no se puede decir, que bordeamos siempre ese decir que no puede llegar a una abertura total del decir, para darnos al menos un poco de luz. Todo esto es una cuestión que arrastra la poesía y que nunca como en los últimos años se ha mostrado tanto. El interrogante acerca del lenguaje, ya sabemos que lo planteó, a principios del siglo XX, Hugo Von Hofmannsthal en la carta de Lord Chandos dirigida a Francis Bacon, o el filósofo vienés Wittgenstein, pero no nos vamos a ir con tamañas personalidades; parece que el siglo XX nos ha traído en parte esa duda, ese «después de Auschwitz no se puede escribir», y claro que se pudo escribir, no había más que hacerlo, ponerse y escribirlo.

También estas preocupaciones acerca del lenguaje las he podido descubrir en algunos poetas latinoamericanos, pienso en la más sangrante, en nuestra maestra del silencio, en Alejandra Pizarnik. Alejandra, Alejandra… cuerpo y palabra, imposibilidad de decir, ¿qué esperamos de un poeta, no ya de un poema, cuando su yo se cierra a abrirse?

En este libro, el segundo de la autora, Intermitencias, el título despliega una sugerencia que nos aboca a una línea rota, ni siquiera quebrada, una línea que continúa en otra parte, no desaparece, se alarga en sus rupturas, lo que vemos es el vacío, lo roto. Y la muerte ¿qué es? ¿Desde dónde hablar de la muerte? Sólo desde esos vacíos creados por la violencia de la línea, podemos inferir que la metáfora llega hasta el centro de la misma existencia.

¿Vivir? El poema plantea la posibilidad de haber vivido, ese yo que escribo, varias vidas. Entonces nos encontramos con una esperanza, o quizás no, porque no es metafísica la búsqueda, no se va a resucitar, sino que se intuye –Olga Orozco y Selva Casal- dos maestras de la ausencia, sólo que ellas llenaban con metáforas esa ausencia.

Palabra, escritura, metáfora, muerte, lengua, se repiten no como salmodias, sino que aparecen en cada poema, lo que no se puede decir se anuda a la palabra que podría darnos la idea de lo que menciona, del corazón de lo no dicho, «las palabras caminan de espaldas a la vida».

Entonces, que sabemos que nos vamos a morir, qué hacer con ellas, con el poema: «solamente unos cuantos poemas/ entran a mi vida por la puerta de la muerte», el `poema no es más que una manera de nombrar. Parece que ya estuvimos aquí, se pregunta a lo largo del poemario, y las palabras se entrelazan, pero nada nos dicen, solo el presentimiento «entre el sueño y la vida / entre lo que somos / y lo que ansiamos ser». Ese era el misterio. Como dijo Olga Orozco, ese fue tu triunfo, poesía.


 

Boca abajo

leyendo a Chantal Maillard

El miedo
se me hace vientre
y paraliza mi danza.
El futuro
me mira con ojos vacíos
de estatua.
Me arrastro
dentro de la voz oscura
del grito
y en vez de palabras
articulo pájaros
ennegrecidos
como las almas
de tantos muertos
sin nombre
y sin sentido.

Mi cuerpo
es un árbol
con hojas de plomo
vencido por el viento
del dolor lejano.
El sol ya no anida
en mis ramas.
Soy la hija ilegítima
de la vergüenza.
A pesar de todo
hay veces que sueño
sueños que florecen.
Pero yo no lo sé
y duermo boca abajo.

Corina Oproae