Imaginen la Ciudad de México a mediados de los años 70. Imaginen un Volkswagen lila, lleno de golpes, aparcando encima de la acera. Imaginen a una joven cargada de libros que sale del coche. Si ya han imaginado todo esto, no les costará imaginar ahora que un extraño impulso les llevaría a entablar una verdadera amistad con esta joven resuelta, con esta letraherida despistada y genial. Así nos describe Pedro Serrano, profesor y crítico, director del Periódico de Poesía, a Ida Vitale el día que la conoció.

Quisiera apuntar tres aspectos que admiro en su personalidad literaria y que me hacen sentir privilegiada por el exquisito regalo que supone siempre escribir sobre su obra, recientemente premiada en la FIL de Guadalajara, México (Premio de Literatura en Lenguas Romances de la FIL de Guadalajara, 2018), país esencial en su trayectoria poética y humana.

En primer lugar, su curiosidad –esa virtud fundamental para los griegos que empezaría a penalizarse más tarde con la expansión de la religión católica–, una mente inquieta que he ido descubriendo a lo largo de los últimos años, primero como lectora a la distancia de sus imprescindibles poemas, ensayos, prosas; después como conversadora, interlocutora, ávida oyente gracias a haber sido su antóloga hace dos años con motivo de la concesión del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Dice la poeta:

Un niño extrae a la larga más y mejores modos de diversión de una lupa que de un triciclo. De su atención detenida, de su naciente curiosidad nacen muchas cosas: para empezar, su propia intimidad. Yo diría que en ella renace la civilización.

Si la insaciable curiosidad de Montaigne, agudo analista de su tiempo, lo llevó a atravesar sin reposo la atormentada Europa del siglo XVI en busca de nuevos interrogantes, un mecanismo similar empuja al sujeto Vitale a viajar, a interesarse por la realidad, a adentrarse en profundidad en la otredad y la identidad cultural ajena, pero también a constatar, por ejemplo, los peligros de un futuro atrozmente tecnológico, escasamente crítico, vuelto de espaldas a una naturaleza que grita –«como no lo hace el hombre» o de la crisis de valores generalizada y de la cultura –también de la cultura uruguaya– en particular. Nada de torremarfilismo o misantropía, pues, nada de ensimismamiento en ella, sino más bien contacto inconformista con la realidad que rumia en su rico mundo interior y del que nace tanto una reflexión cabal sobre la cultura, la educación, la ciencia o la religión en sus textos críticos, en sus entrevistas y declaraciones, como una poesía lúcida, resplandeciente, pero también inquisitiva, oximorónica, esforzada y cada vez más ajustada. Alguien que nació y se formó «en un tiempo en que existían las cuatro estaciones», no puede menos que estar predestinada al cambio perpetuo, imantada por lo inestable y el enriquecimiento, la celebración, la clarividencia que esto supone –«El mundo puede ser todo nuestro si somos curiosos» afirma–, pese al nostálgico deseo de permanencia y sedentarismo puntual que puede acuciar al sujeto melancólico que también es.

Su enorme vitalidad, su apertura constante a la maravilla y a lo nuevo la hacen voraz en sus descubrimientos de otros poetas, otros músicos, otros cineastas. Esa cualidad de niña asombrada es un primer rasgo que desearía destacar de su espíritu, sin olvidar que en relación a esta sed de conocimiento está, claro, su erudición, su dominio absoluto de la tradición cultural. Ida Vitale es una humanista y esto hoy día es ya, lamentablemente, más que infrecuente:

Voy hacia mi límite sin modificar el hábito infantil del asombro ante el mundo que acompaña incluso a los humanos desentendidos de inútiles minucias. Su riqueza prodigiosa posibilita una extensión del alma que hoy pocas cosas ofrecen. La música, sin duda. La curiosidad une partes desvinculadas del mundo y justifica al ser humano. Le ayuda a ser un recreador de aquél, al refrendar su porqué, y a preguntarse su propio para qué.

En segundo lugar, quiero subrayar su rigor formal y estético, su exhaustividad que, sin embargo, no implica conformismo, pues es una escritora que arriesga, que experimenta, que busca ontologías nuevas, nuevas maneras de decir. Como creadora es versátil, nunca monolítica y tiene libros muy diversos en prosa, en poesía –aforismos, juegos lingüísticos, ludismos, sentencias- siempre a la búsqueda du mot juste.

Pero la luz acecha
aun para lo enterrado
Insiste en dar con ella.

En tercer lugar, es preciso resaltar su talento inagotable porque con curiosidad y rigor, pero sin talento, no tendríamos, como tenemos, a una auténtica creadora, a alguien que domina el lenguaje, percibe esa herida esencial y la plasma, con alta temperatura, en el idioma.

 

Residua
[De Sueños de la constancia, 1988]

Corta la vida o larga, todo
lo que vivimos se reduce
a un gris residuo en la memoria.

De los antiguos viajes quedan
las enigmáticas monedas
que pretenden valores falsos.

De la memoria sólo sube
un vago polvo y un perfume.
¿Acaso sea la poesía?

 

Medición de distancias
[De Mella y criba, 2010]

Si una ciudad no late,
hasta un árbol es nada
y un balcón es tronera
o precipicio.
Serás el prisionero
a quien nadie vigila,
en propio pecho encarcelado.
Entiende lo incomprensible
y ámalo. Ocupa el revés del intento:
sé cardo, cuando llegaste como lana,
piedra, cuando, hilo de seda, flotarías.

 

Libro
[De De Mella y criba, 2010]

Aunque nadie te busque ya, te busco.
Una frase fugaz y cobro glorias
De ayer para los días taciturnos,
En lengua de imprevistas profusiones.
Lengua que usa de un viento peregrino
Para volar sobre quietudes muertas.
Viene de imaginaria estación dulce;
Va hacia un inexorable tiempo solo.
Don que se ofrece entre glosadas voces,
Para tantos equívocos, se obstina
En hundirse, honda raíz de palma,
Convicto de entenderse con los pocos.

 

María José Bruña Bragado (Zamora, 1976) Profesora Titular Departamento de literatura Española e Hispanoamericana Universidad de Salamanca. Ha sido docente permanente e investigadora en Brown University, University of Pennsylvania, Université Paris 8 y Université de Neuchâtel. Ha publicado los ensayos críticos Delmira Agustini. Dandismo, género y reescritura del imaginario modernista (Peter Lang, 2005) y Cómo leer a Delmira Agustini: algunas claves críticas (Verbum, 2008), así como junto a Valentina Litvan, la antología Austero desorden. Voces de la poesía uruguaya reciente (Verbum, 2011). Ha desarrollado su actividad en campos como los estudios postcoloniales, la estética de la recepción y el género como aproximaciones teóricas al ámbito literario hispanoamericano, así como a la diáspora intelectual femenina del exilio republicano español. Su último libro es la edición crítica Todo de pronto es nada (Ediciones Universidad de Salamanca, 2015) de la poesía de Ida Vitale, XXIV Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.