Amplitud del Mito (2018) es un poemario que recomiendo leer. Los versos de Milla conjugan elegancia y juego, intimidad y universalidad, inteligencia y naturalidad. El lector se mueve constantemente entre el ojo de la mente –la imaginación– y el intelecto discursivo –la elocuencia– mediante la combinación de versos de alta carga simbólica y versos insuflados de autoconciencia.

El desarrollo de un mito en el poema es un tema recurrente en la poesía de Milla. En «Fábulas» –la última sección de Archipiélago, su poemario anterior–, trabaja con figuras de las mitologías griega, andina y católica. Sin embargo, en dicho libro se trata al mito como un tema más dentro de los posibles de ser abordados por el poema. Por el contrario, en «Amplitud del Mito» parte preguntándose si todo poema no es, en realidad, siempre el desarrollo de un mito. Es decir, la poesía forma y transforma, no la realidad, sino los arquetipos de la realidad; por lo tanto, la poesía es siempre, en cierto sentido, un desarrollo mitológico.

El poemario parte con «Manifestación amatoria del mito», poemas dirigidos a un amado. Milla comienza con el mito más cercano –el más a la mano–, el mito inmenso de amor, y busca darle forma. «Devenir del río» es, a mi juicio, el poema más representativo de la sección.

Devenir del río

Tú milagroso
y cierto como el día
de tu cabeza amarilla se arrojan los patios
las sábanas los cipreses mojados cada uno de nuestros perros
la música sin nombre que habla del sol de los carros
que existen en la primavera como llamativas
cajas de fierro y estrellas
y luego me arrojo yo
porque todo el mundo sabe
que la cima es un lugar perfecto
y nada habita en lo perfecto nada
pero apenas desaparece tu cabeza amarilla
y ya creces como cíclope o talismán
y provocas el movimiento de los animales
del río que rota con tu pulso
tú como el único planeta huérfano y visible
mi obelisco mi barca
inclinado anunciando vuelo
llevándome como un insecto lleva su alimento
y quizás yo sea ruta sea campanario
sístoles doradas que escapan de mí
como caballos y palabras
o este poema que no entiendes
pero que es bello
te juro
es bello.

En la segunda sección, «Acerca de la extensión mítica», indaga las posibilidades del mito en el poema. Tanteando los abismos de las ambivalencias y las paradojas, Milla explora los límites de la relación entre el mito y el poema. Por ejemplo, transita las ambivalencias de la vida y de la muerte: si el poema es un conjuro vivificador, se hace entonces imposible un poema que nos hable de la muerte. Tal vez se pueda hablar de nosotros, los vivos, los que sobrevivimos a la muerte de un ser querido, pero nunca podremos, apropiadamente, decir algo de la muerte. Y, sin embargo, la muerte es un mito. Este es un límite fundamental: los mitos pueden ceder al tiempo y a la muerte, pero no la poesía, que se mueve siempre como un reflejo o penumbra en los albores de la vida. «Nada que decir» y «Criatura» son dos poemas que ilustran lo antes dicho:

Nada que decir

Acerca de la muerte
nada
solo girar una flor con disciplina
verla como un ciego acto terráqueo
una casualidad química
solo eso
eslabones habituales
mira por ejemplo
tu brazo
colócalo perpendicular
a la tierra
señalando el cosmos
o alguna considerable incógnita
mira que es solamente un brazo
un cómodo instrumento
para sujetar el amor
o un lapicero
para hincar a la nada.

Criatura

Voy a trenzarte un dilatado cerebro
de papel
unas mínimas
asombrosas células de papel
instintos naturales
una fuerte luz
testarudo amor de papel
un renovado y poco convencional
sexo de papel
un multidireccional
y bien doblado
corazón de papel
sueños algo rotos
porque así deben ser los sueños
que son de papel
y con papel periódico
el dolor
la mentira
algunos movimientos y habilidades
también de papel
el sol en larguísimo
y paciente papel
y para mí
todavía de carne
siempre bajo alguna
inadecuada estrella
que ignora los oficios del papel
una calle
donde pueda amarillearme
sin apuros
optimista
como el papel.

La tercera y última sección, «Archivo de mitos ascendentes», son poemas dedicados a personas cercanas en los que desarrolla una especie de mito individual. Aquí va con la soltura propia de quien transita por una ruta conocida, dominada. «La sembrada» es un poema que da muestra de esto.

La sembrada

Soñé con tu cuerpo aprisionado
un brillante zodiaco
ahogado en la tierra
-aquella otra madre
fue para ti
una pronta y nefasta corona-
y soñé también
con tu boca
una albúfera de saliva pendiente
los peces en ella
como notables geniecillos
y la cáscara liviana de tu cabeza
donde transitan los grillos
y crecen amargos nenúfares azules
soñé que las ranas
alimentadas y viviendo
como nosotros
volvían su rostro
contorsionando un perdón
tu corazón habitante de otro pecho
sumergido en eucalipto
hablaba desde la memoria
el suelo lo hacía mineral
y en su próximo herbaje tu cuerpo
como fruta
de tu frente la aurora el tronco
se volvían acacias
soñé
aunque sabías que tu piel no era
ningún remanso
y tus rodillas ningún
tipo de principio
y que yo ni sueño
ni sé realmente cuál
es el olor de los seres
iluminados.

«Amplitud del mito» es un poemario que afronta de manera solvente la pregunta por la relación entre mito y poema. Nos muestra en el camino recorrido por los límites de esta dualidad y regresa para hilvanar, con la seguridad que brinda andar por el terreno apisonado, el inicio de mitologías de carácter personal. Les recomiendo comprar el libro y disfrutar con su lectura.


 

Hay mucha paranoia de mi parte. Breve entrevista a María Belén Milla Altabás

Omar Pinedo. Hace poco, al comentar brevemente algunas características de tu poesía, dije «María Belén […] escribe desde su género, no hacia su género. Su poesía apunta hacia lo universal». Me gustaría conocer tu opinión al respecto.

Maria Belén Milla Altabás. Creo que es muy cierto. Como sabes, escribir es tomar una posición en el mundo. Escribir desde mi género implica colocarme y entender la vida desde una perspectiva absolutamente personal, que por supuesto tiene todo que ver con el género. Alguna vez me criticaron por no escribir acerca de temas vinculados a mi género de manera más obvia o explícita. Respeto mucho aquellas poéticas que exploran de forma directa estos espacios, pero no es por ello que mi poesía sea más o menos feminista. Yo entiendo todo acto de escritura como un manifiesto. El hecho de que una mujer escriba ya lo convierte en un proceso feminista. Yo siento que tomo un lugar en mi género y busco proyectar esta mirada hacia temas que tengan un alcance más universal, más total. El otro movimiento que mencionas, ese ir «hacia mi género», me parece que, de alguna manera, es un horizonte más diluido, pero no ausente. Después de todo, el proceso total que va de la escritura a la lectura y la asimilación de un poema va en esas dos direcciones. Es un movimiento viceversa que creo nunca termina.

O.P. Tratemos un poco de cuestiones formales del poemario: ¿cuál fue el trabajo métrico que hiciste, hacia dónde apuntaron las correcciones métricas del proceso?

M. B. M. A. Sometí la métrica al servicio de la naturalidad de una confesión. Quería volverlo absolutamente personal. Quería que fuera instantáneo, a veces raro, para que el lector sintiera como si aquello que está leyendo ahora mismo nunca antes había sido dicho, ni corregido. Me parecía que con eso también podía lograr una sensación aún más grande de honestidad. Tengo todo un rollo con eso. Mi única condición para decir algo en un poema es que sea honesto. Que palpite y sea bello, doloroso e imperfecto, todo al mismo tiempo, como pasa en la vida. No sé, también me han preguntado mucho por qué busco la perfección o el verso bello. Es lo más tonto que existe. No busco lo bello ni lo perfecto. Quiero algo real. Sucede que a veces también tiene belleza. ¿Pero perfección? Nada. No hay nada más odioso que la perfección. Así que no la busco. Por eso también dejé sin pulir muchas esquinas de este libro. No porque no tuviera tiempo o no hubiese notado esos pliegues o huecos, al contrario. Los dejé allí para que sean una constatación, un testimonio de que esto es honesto y se equivoca y es redundante y apabullante y se atraganta y dice. Dice. La puntuación tampoco tenía sentido en este proceso que busca serle fiel al devenir de la conciencia, inspiradísima claro en la escritura automática de los surrealistas.

O.P. Por último, en el plano estilístico, tus poemas no evitan mencionar al lenguaje, por el contrario, casi todos lo nombran directamente. ¿Cuál es el trasfondo de este rasgo?

M. B. M. A. La insistencia de ver al lenguaje en todos lados tiene que ver con mi relación con la poesía. Es un libro muy metaficcional, en el sentido de que aborda mucho el tema de la creación poética, se dice que se escribirá un poema, una criatura de papel, se dice, y al mismo tiempo aparece. Eielson ya lo había hecho muchísimos años atrás. Pero es retomar una concepción del lenguaje, sobre todo una conciencia de la palabra como un elemento capaz de crear realidad en el mundo de forma inmediata. Para serte sincera, lo entendí por primera vez en mi vida leyendo sobre el brahmanismo. ¿Es posible una vida dedicada al estudio, a la memoria de la palabra, como un ritual que pone en marcha la realidad del mundo? Más allá de Wittgenstein y los filósofos del lenguaje, ellos ya lo habían entendido todo. Quise plasmar esa preocupación milenaria en este libro, que se expande hacia todas las posibilidades del mito. No hablo de los mitos de Ovidio, no, como bien lo dijiste. El mito es el amor, el dolor, la enfermedad, la muerte. Siempre la muerte. La palabra, el lenguaje, esa red de significados a nuestra mano, también es un mito. Quise que el lector también entendiera eso. El lenguaje se construye como un mito y nosotros lo creemos. ¿Pero qué pasa si el lenguaje no es más real que un Ícaro? Quise también introducir el miedo. El riesgo de que el lenguaje también acabe fallándonos. De ahí la amplitud de este, los límites. Hay mucha paranoia de mi parte.


María Belén Milla Altabás (Lima, 1991) estudió Literatura Hispánica en la Pontificia Universidad Católica del Perú, universidad en la que trabajó durante algunos años. Es autora de los poemarios Archipiélago (Celacanto, 2016) y Amplitud del mito, publicado en Perú (Alastor, 2018) y en España (Liberoamérica, 2019), así como coautora de del libro Había una vez una peruana (Xilófono, 2018). Ha sido editora de la antología Liberoamericanas: 140 poetas contemporáneas (Liberoamérica, 2018) y ha participado como traductora en la antología bilingüe de José Watanabe Todo cuerpo es tótem (Artepoética Press, 2019). Actualmente estudia un máster en Estudios Medievales en la Universidad Complutense de Madrid.