Uno se pregunta si al entrar en un espacio habitado por alguien durante una parte importante de su vida debería sentir algo especial. Le asalta a uno la duda, sobre todo si a uno le interesan las reconstrucciones románticas.

Esta pregunta vino a mi mente cuando salí del hermoso hotel de estilo colonial 1989 en Barcelona después de haber visitado la estancia que fue despacho de Jaime Gil de Biedma cuando el edificio fue la Compañía de tabaco de Filipinas. En ese espacio diáfano y desprovisto de muebles, con unas vistas privilegiadas a las Ramblas, no había cabida para mucho mobiliario, sin embargo, la calidez de las maderas nobles y la alfombra reconfortan y traté de imaginarlo a él allí, mirando por la ventana y luchando con sus demonios, o sea, «con sus perros salvajes que ladran en el sótano». Expresión que tomo prestada de Nietzsche. El filósofo se refirió a estos perros aludiendo a ellos como metáfora de nuestros pensamientos y sentimientos inconscientes. A esos perros encerrados se los oye ladrar, uno sabe que están ahí, que quieren salir, a veces, lo molestan a uno pero aunque uno los quiera acallar, ellos te dominan.

¿Los escuchas, Jaime? Quieres dejarlos atrás, te engañas a ti mismo y si los escondes es porque te ladran. Y no quieres, no soportas, escucharlos más porque te recuerdan cuál es tu verdadera naturaleza, tus instintos.

Sí. Jaime luchó toda su vida por acallarlos y eso provocó en él un desasosiego profundo que le hacía subir y bajar como si se encontrara en una atracción de feria, y al bajar, tratar de volver a domesticarlos con alcohol y erotismo.

¿Cuánta de esa lucha se gestó en ese despacho y cuánta de la energía el poeta consumió en esta tensión? ¿Cuánta de esa tensión queda en los espacios? Supongo que dejó bastante de él mismo en esa guerra, entre las paredes de ese despacho que representan la cárcel con rejas de oro que, en realidad, fue su vida. Y, eso, me lleva a preguntarme también por el nudo entre los espacios y los sentimientos; por ese hilo invisible que hace que cuando entro a la cocina de mi abuela me invadan determinadas sensaciones, olores, recuerdos… a todos nos pasa.

Antes de salir del despacho miré por la ventana que da a la Calle del pintor Fortuny y me pregunté ¿qué diría Jaime sobre este lugar si ahora entrara por esa puerta que sigue mirando a Las Ramblas?

(Sonia Rico)

 

No volveré a ser joven

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
–como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
–envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

(Jaime Gil de Biedma)

 

Si algo recuerdo de mis incursiones en la vida civil de Jaime Gil de Biedma es la ventana de su despacho por la que asomaban los rumores callejeros y los trinos de Las Ramblas. Y lo que más me impacta de la ventana de la que hablo, es que fue siempre la ventanita del mismo despacho que nunca estuvo ni a la altura de su cargo en la Compañía de Tabacos, ni a la altura de sus posibilidades como miembro de una de las familias dominantes de la acaso última empresa colonial de la corona española. 1898, fecha que para muchos sigue estando viva por representar la caída definitiva de lo que en su día fue un imperio más extenso de lo que ningún emperador podía dominar, no por su extensión, sino por la mezcla de identidades tan disímiles. 1898 es también el nombre del hotel que compró y restauró las instalaciones de aquella emblemática compañía, y que tuvo tan buen olfato tacto y gusto a la hora de mantener expuesta desde su inauguración una exposición fotográfica permanente dedicada a Filipinas que decora pasillos, salones y demás sitios de paso del hotel. Un gran acierto.

Pero ésa es la mitad de la historia; la otra mitad tiene que ver con unas generosas visitas guiadas que el hotel propone a quien las quiera reservar para echar un vistazo a lo que tal vez, gracias a la memoria y el romanticismo de sus visitantes, se pueda percibir, siquiera lejanamente, como un perfume de la historia que en realidad puede sólo percibirse sobre la base de lo que recuerda el visitante de marras. Ahora abro mis ojos y salgo de lo que aún está tibio en mí de la biografía del poeta que Miguel Dalmau publicó en Circe Ediciones (Jaime Gil de Biedma: retrato de un poeta, Circe, 2004).

Efectivamente son imponentes los salones de reuniones y despachos a los que puede entrar el visitante ocasional del hotel, un poco en busca de los Pasos Perdidos de ese gran mito que sigue siendo hoy el poeta Jaime Gil de Biedma. Sin embargo, también es cierto que esa pequeña y digo casi insignificante oficina que se supone fue la del poeta, está restaurado con gusto y fasto, aunque estas categorías sean a veces difíciles de equilibrar. Y digo «casi insignificante» en comparación con las demás estancias, pues el resto de las instalaciones son de película.

Justicia poética: la restauración de este despacho tuvo el fino detalle de dejar, al menos en este lugar, las ventanas originales, apenas retocadas para devolverles parte de su belleza primigenia.

Vuelvo a cerrar los ojos, y los vuelvo a abrir. Sigo percibiendo un poco esa opresión, esa angustia de un espacio que, sin ser estrecho, sigue siendo un señor despacho. Eso sí, si el visitante de estas nubes románticas quiere incursionar en esos despachos, le pido por favor que vaya con la imagen poética y fotográfica de Gil de Biedma bien guardada en su memoria, porque ni en los muros del despacho ni en los corredores adjuntos ni en ninguna parte acaso, existe una sola fotografía del autor de Las personas del verbo.

Con todo, es de agradecer que el hotel abra sus puertas de manera generosa a los despistados nefelibatas que hasta allí peregrinan, atraídos como avispas por el aroma de la miel del poema y de tan bella y a la vez, tormentosa figura.

También en Internet el hotel ofrece una biblioteca dedicada al poeta y a su generación, pero de esto no quiero comentar nada, porque en las estanterías del vecino de mi piso, que no es una autoridad, existen más volúmenes dedicados a la obra del poeta, a la vida del poeta, a su propia poesía y a sus compañeros de generación que en cualquier otra. 1898. 1898 sigue siendo una fecha de lo que podemos sacar no sólo provecho, sino cabos sueltos que quién sabe cuándo se habrán de atar, en un país tan disparatado como puede serlo todo país de origen latino.

(Juan Pablo Roa)

 

Son pláticas de familia

Qué me agradeces, padre, acompañándome
con esta confianza
que entre los dos ha creado tu muerte?

No puedes darme nada. No puedo darte nada,
y por eso me entiendes.

(Jaime Gil de Biedma)

 

Mañana de ayer, de hoy

Es la lluvia sobre el mar.
En la abierta ventana,
contemplándola, descansas
la sien en el cristal.

Imagen de unos segundos,
quieto en el contraluz
tu cuerpo distinto, aún
de la noche desnudo.

Y te vuelves hacia mí,
sonriéndome. Yo pienso
en cómo ha pasado el tiempo,
y te recuerdo así.

(Jaime Gil de Biedma)