El 19 de noviembre, Nicanor Vélez cumpliría 59 años. Falleció a los 51. Cifras, sólo cifras, porque, por mucho que aguce la imaginación, no logro ver su imagen con 59 cumpleaños encima, porque si algo caracteriza a este poeta, es su juventud. Eterna juventud por partida doble: porque al no estar más entre nosotros, lo recordaremos siempre joven, y también, o, sobre todo, porque su espíritu de juventud le dio las fuerzas suficientes para acometer ediciones de libros no sólo complejos, sino que antes de llevarlas a cabo, sólo podían caber en la imaginación de un joven para quien cualquier sueño es posible, y que con esa fortaleza, terquedad y minuciosidad «fue levantando un catálogo de poesía contemporánea que no tiene igual en el ámbito hispanohablante», como afirma en su blog el poeta Jordi Doce.

Basta con enumerar tres o cuatro de las obras completas publicadas por Galaxia Gutenberg, al cuidado de Nicanor Vélez, de autores como Montale, Octavio Paz, Lorca, Nerval, o de títulos tan ambiciosos del mismo sello como Pájaro relojero. [13] Poetas centroamericanos (2009), Conversación con la intemperie: seis poetas venezolanos (2008), o la célebre, certera y polémica Las ínsulas extrañas. Antología poética en lengua española (1950-2000) –una antología muy ambiciosa que despertó pasiones y pequeños escándalos, pues se tomaron decisiones tan trascendentales como excluir, al último momento de la selección, nombres como Alejandra Pizarnik o Álvaro Mutis, entre los más reclamados– para dar fe de esta labor. Pero eso es otro tema que no queremos tratar ahora, pues siempre que se menciona a Nicanor, se habla siempre del editor y después del poeta, a veces, cómo no, en detrimento de este último.

Hoy queremos recordar la poesía de Nicanor Vélez, una poesía de intensa sensualidad y erotismo, cargada de una esencialidad y una economía de palabras que la hacen una poesía precisa y atenta a lo real. Una poesía que, si bien alza el vuelo y es devota de lo lírico y de lo sublime de la experiencia humana, está anclada a una mirada reflexiva y de atenta introspección. Porque si algo caracteriza la poesía de este colombiano, es su visión inmanente y su constante asedio a lo real.

A modo de conmemoración, compartimos cuatro bellos y logrados poemas de este poeta cuya fecha de nacimiento se aproxima a nuestro calendario.

Nacimiento

Hurgo la esperanza
en la espesura de tus huellas.
Y cada vez que el desespero,
vestido de recluso, me visita,
tiendo mis dedos en tus ojos
para salir ileso
del temblor del abismo.

Nazco
en la humedad caliente de tus poros.

 

La palabra

Voz que se desprende de la medula.
Dolor y peso en la palabra origen.

Me espera en una esquina.
No es el olvido el que crea este silencio.
La palabra está ahí,
con la violencia del recuerdo,
a punto de quebrar la esquina
y asombrarse.

 

Límite

Se hace tan sutil, tenso
y delicado
el latido
que el aletazo de un gorrión
derruiría
las columnatas del reposo.

 

El extranjero

Esta rara fuerza de estar
siempre esperando
–de sentimos distintos y distantes–
como si fuésemos
puertos de un país lejano.

 

La poesía

El poema celebra
o abre la grieta del silencio;
con el dolor, una secuencia
indescifrable de palabras,
intenta recoger
el gesto, y se hace trazo,
intenta dialogar
con esa parte de nosotros mismos
irreductible a las palabras.
El poema no dice:
crea el misterio con su trazo.
Nunca acaba su gesto:
empieza, siempre recomienza.


Nicanor Vélez (Medellín, Colombia – Barcelona, España, 2011). Tras un año errado de estudios en Medicina y de insatisfacción con sus incipientes estudios en Lingüística y Literatura, se radicó en París a los 21 años y allí estudió en la L’École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS), en donde se tituló y especializó en Lingüística. Sin embargo, en uno de sus viajes a Barcelona conoció a su compañera sentimental, Encarnación Martín de la Sierra —la Gruchenka de sus poemas—, y dejó París. Una vez en Barcelona, se vio obligado a revalidar la casi totalidad de sus estudios parisinos, por temas burocráticos e institucionales. En la universidad catalana de Bellaterra, donde convalidaba sus estudios, José Manuel Blecua, le ofreció una vacante en la editorial Círculo de Lectores, y, a partir de 1989 se desempeñó en dicha casa como editor. En 1997 fundó y dirigió la colección de poesía del sello Galaxia Gutenberg-Círculo de lectores, hasta su fallecimiento en 2011. Su poesía se publicó en tres volúmenes: La memoria del tacto (Badajoz, 2002, México, 2007), La luz que parpadea (México, 2004) y La vida que respira (Valencia, 2011). Por otra parte, su obra ensayística, aparecida en revistas, prólogos y conferencias, está reunida en un título póstumo, de próxima aparición.