Uso y abuso. Peso neto

12,30

Cuauhtémoc Méndez logró con holgura lo que otros se propusieron en vano muchas veces: aclimatar el epigrama en México, darle carta de naturalización al breve jugueteo cadencioso de su espíritu sarcástico, nacionalizar la rítmica andadura de su ánimo burlesco. La insania del déspota, la vesania de su despotismo; pero también la hipocresía del demócrata, la impostura democrática. Contra gemela podredumbre no cejó el Cuate. Ahí, en esa escala en la que estaban destinados al versito fraudulento el poeta funcionario, el júnior, el multipremiado, el arribista, el poeta diplomático, él ensayó con gracia su repulsa del poder y de los mecanismos de su legitimación. Con talante popular, justo lo que en aquéllos inexiste. Recibió en el hangar de la ironía a Catulo y a Marcial, sus camaradas de otros siglos, y anduvo con ellos por cantinas, reventones, asambleas, escuelas y mercados del país adolorido, educando a papá con el recurso de la risotada. Casi no leía en público: se sabía de memoria sus poemas y los paladeaba tanto como en su lengua el áspid letal de los epigramatistas. Un día la Antología griega vibró en su voz y alternadamente en la de Orlando Guillén y en la mía. Clara dicción como aprendizaje de poesía que es en la amistad destino. Con Uso y abuso y Peso neto, más juvenil el primero que el segundo de atardecer sin remedio, Cuauhtémoc aspiraba a que unas cuantas baladas quedasen sonando en el aire de la época. El más simpático de los infrarrealistas, acaso el único verdaderamente simpático. No sé de quién tomó esta consigna o si era suya, es igual: “Sean naturales/ No hagan aspavientos/ Hablen como en la vida”.

(Mario Raúl Guzmán)

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