Comienza –comenzó hace ya una semana, en realidad– 2020 y tras alguna incursión pantagruélica con amigos y familia, retomamos actividad. Lo viejo que da paso a lo nuevo una vez más, o por lo menos el ritual, el intento fallido de que así sea. Y sin embargo llegan sin estarlo buscando, poemas de antaño que nos hablan del testigo que cambia de mano en el relevo (en las postas) de la vida.

Con cierta melancolía, pero al mismo tiempo, con grande lucidez, en este caso vamos de la mano con el peta italiano Umberto Saba (Trieste, Italia, 9 de marzo de 1883 – Gorizia, Italia, 25 de agosto de 1957) para hablarnos del paso de la flor futura por nuestra existencia.  Se trata del poema «Vecchio e giovane» [«Viejo y joven»], publicado originalmente en su libro Epigrafe (1947-1948):

Vecchio e giovane
(Umberto Saba)

Un vecchio amava un ragazzo. Egli, bimbo
gatto in vista selvatico – temeva
castighi a occulti pensieri. Ora due
cose nel cuore lasciano un’impronta
dolce: la donna che regola il passo
leggero al tuo la prima volta, e il bimbo
che, al fine tu lo salvi, fiducioso
mette la sua manina nella tua.

Giovinetto tiranno, occhi di cielo,
aperti sopra un abisso, pregava
lunga all’amico suo la ninna nanna.
La ninna nanna era una storia, quale
una rara commossa esperienza
filtrava alla sua ingorda adolescenza:
altro bene, altro male. «Adesso basta-
diceva a un tratto;- spegniamo,dormiamo.»
E si voltava contro il muro. «T’amo –
dopo un silenzio aggiungeva – tu buono
sempre con me, col tuo bambino.» E subito
sprofondava in un sonno inquieto. Il vecchio,
con gli occhi aperti, non dormiva più.

Oblioso, insensibile, parvenza
d’angelo ancora. Nella tua impazienza,
cuore, non accusarlo. Pensa: É solo;
ha un compito difficile; ha la vita
non dietro, ma dinanzi a se’. Tu affretta,
se puoi, tua morte. O non pensarci più.

Viejo y joven
(Umberto Saba)

Un anciano amaba a un niño. El chico
–gato a primera vista salvaje– temía
castigos por ocultos pensamientos. Ahora
dos cosas dejan en el corazón una huella
dulce: la mujer que ajusta el paso
ligero al tuyo la primera vez, y el chico
que, con objeto de que lo salves, confiado
pone su mano en la tuya.

Jovencito tirano, ojos de cielo,
abiertos sobre un abismo, prolongada
canción de cuna a su amigo rogaba.
La canción de cuna era una historia, como
una sobrecogida rara experiencia
dejaba filtrar en  su adolescencia codiciosa:
más o menos bien, más o menos mal. «Ahora basta
–decía de repente–: «apaga, vamos a dormir».
Y se volvía contra la pared. «Te amo
–después de un silencio, agregaba–: conmigo
siempre eres bueno, con tu jovencito». Y de inmediato
se hundía en un sueño inquieto. El viejo
con los ojos abiertos, dejaba de dormir.

Olvidadizo, insensible, con apariencia
de ángel aún. En tu impaciencia,
corazón, no lo acuses. Piensa: está solo;
tiene una tarea difícil; tiene toda la vida
no detrás, sino delante de sí. Tú apura,
si puedes, tu muerte. O mejor no lo pienses más.