Libro Poemas José Martí - Rosarios para el poeta

José Martí (La Habana, 1853) es el poeta que todos los cubanos hemos leído, el que siempre citamos, el que nos sirve de amuleto en ciertos (e inciertos) frágiles días. Ya sea en el exilio o en este insilio (tal vez el más crudo de todos), nunca deja de resonarnos dentro la voz del que llamamos el Apóstol. Todo eso para bien y para mal. Tanto se ha politizado su figura y tampoco es de extrañar pues Martí fue un animal político, un auténtico Animal Sospechoso, completamente comprometido con la causa de la Independencia de Cuba, un nómada, un desterrado, un líder polémico que juntó a muchos y que también tuvo los más acérrimos enemigos. Conllevan el vilipendio y la soledad un alto precio a pagar. «Todo el que lleva luz se queda solo», dijo el poeta.

Vivió la mayor parte de su vida fuera de la isla pero con la mente y el corazón siempre en ella y los suyos. Regresar a Cuba con escasos 42 años, sin fondos y sin salud, para construir esa Cuba que soñaba, le costó la vida pero no la Obra. «Por sus obras los conocerás» y ¡qué magna sigue siendo la suya! Se ha investigado, se ha despotricado, se ha alabado, pero ahí sigue viva e intacta y con muchas incógnitas renace, crece, se ramifica… Es el árbol del Pan de esa América suya, nuestra.

Como esto no es un ensayo, ni pretende serlo, sino la presentación de algunos poemas para una nota que será publicada en el blog de Animal Sospechoso, la librería-editorial de poesía que es lugar amigo y libre, quisiera detener aquí el recuento histórico y político de la trayectoria del poeta y entrar en lo más humano, en José Julián, en la polimatía de un ser tremendamente productivo y lleno de luz. Trabajaba Martí sin cesar, ganaba poco, escribía, escribía, escribía…de casi todo, de los autores que leía, los adelantos de la ciencia, la democracia, las lenguas y las culturas todas, más que para sostenerse económicamente, algo que llevaba muy mal; para saciar un humanismo sin límites, una curiosidad de conocimiento nunca en reposo, una entrega total al Hombre; y lo hacía con su honestidad de poeta de cuna y raza.

Era pequeño, enjuto y extremadamente delgado. Hay una levita suya expuesta en un museo de Santiago de Cuba, quienes la han visto se preguntan cómo pudo un hombre tan grande caber ahí dentro. Su madera de orador dejaba al auditorio como en vilo. Estaba dotado de un talento natural, un brillo en la mirada y en la voz. En Martí a flor de labios (Casa Editora Abril, 2009), el escritor cubano Froilán Escobar recorre los lugares por donde un José Martí más cercano a la naturaleza que nunca, transitó en días de la segunda guerra el monte lleno de especies cantoras cubanas, los arroyos de la sierra, los imponentes árboles autóctonos. Con un trabajo minucioso de entrevistas y un impecable flujo narrativo, reúne las anécdotas de escasas fuentes vivientes, los pocos testimonios de quienes lo acompañaban y sus descendientes más cercanos. Esa campiña donde José Martí escribió el diario más bello nunca escrito (Diario de campaña) y donde el poeta cabalgó y murió, como quiso: de cara al sol, es para José Lezama Lima el mejor poema que escribiera un hombre a punto de toparse con la muerte. A Froilán Escobar le cuentan los campesinos del magnetismo de su palabra y esa conocida sencillez del que llegaba con palabras nuevas pero con el alma allí latiendo. «Primero me relacionaba, me identificaba, motivaba, hablaba yo, les leía (fue realmente conmovedor el momento en que descubrían, al escuchar los pasajes del Diario, que Martí se había “acordado de ellos”, de su familia), y luego dejaba que contaran de un tirón, sin interrumpirlos, el bulto grande del recuerdo».

En la selección de poemas que a continuación ofrecemos, están los dedicados a dos grandes mujeres llamadas Rosario. Una de ellas es Rosario de Acuña y Villanueva (poeta española de ascendencia cubana a quién el poeta dedicara una encendida Oda luego de conocer sus raíces y criticarla duramente) y la otra Rosario de la Peña y Llerena (una influyente dama de sociedad mexicana de quién Martí se enamoró fulminantemente y a quién dedicó versos ciertamente desgarradores pues no fue correspondido). Por razones de espacio no ofrecemos fragmentos del hermoso Diaro de Campaña, pero será retomado en otra nota solo dedicada al respecto. Las dos Rosarios fueron escogidas para mostrar al hombre frágil, al menos conocido y siempre inmenso José Julián Martí y Pérez, quien también desde el dolor o el disentimiento de ideales sangra la palabra nueva, invicta y siempre suya.

En ti pensaba, en tus cabellos

En ti pensaba, en tus cabellos
que el mundo de la sombra envidiaría,
y puse un punto de mi vida en ellos
y quise yo soñar que tú eras mía.

Ando yo por la tierra con los ojos
alzados -¡oh, mi afán!- a tanta altura
que en ira altiva o míseros sonrojos
encendiolos la humana criatura.

Vivir: –Saber morir; así me aqueja
este infausto buscar, este bien fiero,
y todo el Ser en mi alma se refleja,
y buscando sin fe, de fe me muero.

 

Bosque de rosas
(Allí despacio)

¡Oh! la sangre del alma, ¿tú la has visto?
Tiene manos y voz, y al que la vierte
Eternamente entre las sombras acusa.
¡Hay crímenes ocultos, y hay cadáveres
De almas, y hay villanos matadores!
Al bosque ven: del roble más erguido
Un pilón labremos, y ¡en el pilón
Cuantos engañen a mujer pongamos!

Ésa es la lidia humana: ¡la tremenda
Batalla de los cascos y los lirios!
¿Pues los hombres soberbios, no son fieras?
Bestias y fieras! Mira, aquí te traigo
Mi bestia muerta y mi furor domado.
Ven, a callar, a murmurar, al ruido
De las hojas de Abril y los nidales.
Deja, oh mi amada, las paredes mudas
De esta casa ahoyada y ven conmigo
No al mar que bate y ruge sino al bosque
De rosas que hay al fondo de la selva.
Allí es buena la vida, porque es libre,
Y tu virtud, por libre, será cierta,
Por libre, mi respeto meritorio.
Ni el amor, si no es libre, da ventura.

¡Oh, gentes ruines, los que en calma gozan
De robados amores! Si es ajeno
El cariño, el placer de respetarlo
Mayor mil veces es que el de su goce;
Del buen obrar que orgullo al pecho queda
Y como en dulces lágrimas rebosa,
Y en extrañas palabras, que parecen
¡Aleteos, no voces! Y ¡qué culpa
La de fingir amor! ¡Pues hay tormento
Como aquel, sin amar, de hablar de amores!

¡Ven, que allí triste iré, pues yo me veo!
¡Ven, que la soledad será tu escudo!

Poesía y prosa
12,00€

Jose Martí
ISBN 9788493148355
447 páginas
Prensa Hispanoamericana

A Rosario Acuña
(Poeta cubana, autora del drama Rienzi el tribuno,
recientemente laureado en Madrid)

Espíritu de llama,
Del Cauto arrebatado a la corriente,
Ansioso de aire, libertad y fama:
Espíritu de amor, trópico ardiente;
De Anáhuac portentoso
Oye el aplauso que en mi voz te envía
Al hispánico pueblo, el más hermoso
Que mares ciñen y grandezas cría.
Mas ¿cómo no te dueles,
Oh, poetisa gentil de que en extraña
Tierra enemiga te ornen los laureles
Amarillos y pálidos de España,
Si en tu patria de amor te esperan fieles
Y el odio allí su brillantez no empaña?
¿Cómo, cuando Madrid te coronaba,
Hija sublime de la ardiente zona,
Sin Cuba allí, no viste que faltaba
A tu cabeza la mejor corona?
¡Ay! cuando entre tus manos
Albas y juveniles,
Sin el beso de amor de tus hermanos,
Sembradoras de Mayos y de Abriles,
La corona española brilla y rueda,
¿No se yergue ante ti, sombra de espanto,
Pecadora inmortal, nube de llanto,
La sombra de la augusta Avellaneda?
Y de Orgaz el potente ¿la olvidada
Memoria no te humilla,
Castigo digno de su lira hollada,
¿Alma de Heredia que encarnó en Zorrilla?
¡Que el canto estalla! ¡Que la voz del bardo
Gloria pidiendo, el ánimo conturba!
También estalla en mí, ¡yo también ardo!
Mas si en el mar de los olvidos bogo
Y aire de sombra el alma me perturba,
Los turbulentos cánticos ahogo,
Y al hierro vuelve la domada turba!
No hay gloria, no hay pasión, el mismo cielo,
La libertad espléndida es mentira
Si se la goza en extranjero suelo,
Y con aire prestado
Y llanto avergonzado,
¡Huésped se llora, y siervo se respira!
–¿Qué hace el cantor?
–Cantar, mas de manera
Que hermano el canto de la heroica hazaña,
Prez de la tierra que mancilla España,
Con su laúd sobre la espada muera!
Y tú, mujer, y yo—desventurado
Con alma de mujer varón formado,
¡Perdónemelo Dios! porque a mis bríos
Con su miseria el hálito han cortado
Viejos y niños, carne y huesos míos,
–¿Qué hacer, cuando en el alma se agiganta
La divina ambición?… ¡Patria divina!
Y ¿lo pregunto yo? ¡Vida mezquina
La que aliente la voz en la garganta!
¡Callar! Éste es un canto
De voz de mártir, de celeste duelo,
Y si el cielo es verdad, en sacro espanto
Me encumbrará de mi canción al cielo.
Mas si el ánimo vil, de vil tributo
Siervo, no basta en el hogar de luto
Este silencio pálido y benigno,
Calle su voz, de los infiernos fruto:
¡Morir! ¡esto es más digno!
¡Morir! ¡qué gran valor! Cuando pudiera
Robusto el brazo encadenar la gloria,
Y en la patria bandera
Trocar la estrella en sol de la victoria,
–Escribir lentamente en extranjera
Tierra una débil y cobarde historia;
Y sentir aquel sol que arrancaría
De la melena del rugiente hispano
Por dar con él la brillantez del día
A mi adorado pabellón cubano;
Y andar, cuerpo viviente,
Entre un pueblo a este mal indiferente;
Y decir sin cesar este delirio

En un canto que el labio nunca entona,
¿Qué más, qué más laurel?
¿Cuándo el martirio
No fue en la frente la mejor corona?
¿Quién pide gloria al enemigo hispano?
No lleve el que la pida el patrio nombre
Ni le salude nunca honrada mano:
El que los ojos vuelva hacia el tirano
Nueva estatua de sal al mundo asombre.
¿Qué plátano sonante,
Qué palma cimbradora,
Qué dulce piña de oro
Al cierzo burgalés aroma dieron,
Ni en castellana tierra florecieron?
¿Quién vio imagen del Cauto rumoroso,
De ondas sonoras de movible plata,
En el mísero Duero rencoroso
Que entre rudos guijarros se desata?
Allá, Rosario, el alma se acongoja,
El cuerpo se entumece,
Cubre la tierra helada la amarilla
Veste que el árbol moribundo arroja,
En la noche invernal nunca amanece,
Y la blanca y morada maravilla
Que en la niñez ornó tu faz sencilla,
Púdica y débil, de temor no crece.
¿Tú, apretada en el pecho del invierno,
Ardiente hermana mía?
¿Tú, presa en tierra fría,
Hija de tierra de calor eterno?
Y el puerto del Caney hogar paterno
Te dio, y amante halago,
Dulcísima caricia,
¿Y truecas a tu hermoso Santiago
Por el rudo Santiago de Galicia?
Y llanos vastos de nevada espuma
Que el alma tropical mira oprimida,
Y ¡tú en aquellos llanos, blanca pluma
¿En los ingratos témpanos perdida?
¡Oh, vuelve, cisne blanco,
Paloma peregrina,
Real garza voladora;
Vuelve, tórtola parda,
A la tierra do nunca el sol declina,
La tierra donde todo se enamora;
Vuelve a Cuba, mi tórtola gallarda!
Y si funesto azar lauros te ofrece
Plácidos para ti, y en calma queda
La corona en tu mano, y reverdece,
Piensa ¡oh poetisa! que ese lauro crece
En la tumba de Orgaz y Avellaneda.
Si la cándida garza peregrina
De amarillo color el albo seno
En la hora aciaga tiñe;
Si lauros nuevos a su frente ciñe,
Nueva Gertrudis y fatal Corina;
Piense que el árbol que en el patrio suelo
El amplio tronco distendió robusto
Y en las hinchadas venas sangre hervía,
Hallará a su traición castigo justo,
Si otro sol y otra sangre torpe ansía;
Que el lauro envenenado
En la sangre de hermanos empapado,
En la frente del vil que lo ciñera
La deshonra en espinas trocaría;
Que muere triste en la Germania fría
Golondrina del África viajera.
Y si en su frente, seno poderoso
De los rayos del sol, la vanagloria
Tendido hubiera manto luctuoso;
Si nuevo lauro España le ciñera,
Y la espina del lauro no sintiera;
–Si pluguiese a sus fáciles oídos
Canto de amor que no es amor cubano,
Y junto a sus laureles corrompidos
El cadáver no viese de un hermano;
¡Arroje de su frente,
Porque no es suyo, nuestro sol ardiente!
¡Devuélvanos su gloria,
Página hurtada de la patria historia!
Y ¡arranca, oh patria, arranca
De tu seno infeliz el ser perjuro,
Que no es tórtola ya, ni cisne puro,
Ni garza regia, ni paloma blanca!

«En ti pensaba, en tus cabellos»; «Bosque de rosas»; ambos poemas a Rosario de la Peña y Llerena, tomados de Zenda (Cinco Poemas de José Martí), https://www.zendalibros.com/5-poemas-jose-marti/ «A Rosario Acuña»; aparecido en Revista Universal, México, 20 de agosto de 1876.