La poesía de Andrés Sánchez Robayna

 

En su libro de ensayos Andrés Sánchez Robayna se ocupa, entre otras cosas, de la «nada sonora» de Mallarmé, de los «Cahiers» de Valéry, del poema extenso (en un interesantísimo ensayo no en vano dedicado a Nicanor Vélez, que también abordó el tema) y de la obra y el pensamiento poético de José Ángel Valente, sin olvidar sus escritos sobre pintura. Pero nos interesa ahora de manera singular un ensayo que, en la última sección del libro, se ocupa específicamente de poesía y pensamiento.

Comienza Sánchez Robayna desmarcándose tanto de la poesía seducida por el canto como de su excesiva conceptualización: del canto, porque limita el alcance del poema, y del exceso conceptual, porque instrumentaliza la palabra. No sé si el siguiente haiku de Bashô, en versión de Alberto Silva, no nos dice también a su manera algo al respecto:

La cigarra
se volvió todo canto
se volvió todo cáscara.

En este sentido, es fundamental la distinción que establece Robayna entre poesía y filosofía; a excepción de los presocráticos, en quienes ambas funciones parecen coincidir: sus intuiciones poéticas contienen de modo implícito su ulterior desarrollo filosófico.

Ningún poema puede renunciar a las metáforas ya inscritas en la historia de la lengua, nos recuerda Robayna: ¿no decía Borges que incluso la palabra «metáfora» es una metáfora? De todo ello se deduce que, si existe, el pensamiento poético es un «pensar con imágenes»; imágenes y pensamientos que conforman el poema meditativo de Wordsworth o Leopardi y que, en nuestra lengua, reivindicaron Unamuno, Cernuda o José Ángel Valente.

Pero quizás lo más interesante de la incursión de Andrés Sánchez Robayna en este campo sea la identificación de ejemplos de pensamiento poético como tal en la obra de Jorge Manrique, Francisco de Aldana o en las epístolas morales del XVI y XVII que son, en efecto y a todos los efectos, instrumentos de razonamiento con imágenes.

Advierte, eso sí, que la conceptualización del discurso poético no es garantía por sí sola de un pensamiento que pueda considerarse, a su vez, poético, a menos que en él se produzca algún tipo de revelación. En realidad, más allá de la conceptualización, lo característico del poema meditativo está en la impugnación de los pre-conceptos, a partir de la experiencia sensible particular del poeta. María Zambrano ya apuntó en ese mismo sentido que la poesía es palabra que «concibe», como opuesta a «concepto»; es decir, lo que ya ha sido concebido.

Misael Ruiz Albarracín