Cortes de escena es un libro de cortometrajes, relatos cortos o prosa poética, o como se quiera etiquetar. Jorge Polanco nos regala instantáneas de un pasar inadvertido o desde una ubicación privilegiada mientras va relatando: entra y sale en unos; en otros, en cambio, evita la intervención.

Cortes de escena es un libro de imágenes en donde 66 relatos se hilvanan en una madeja poco convencional, pues, no existe un arco determinado ni propuesto, solo existe la posibilidad de que el lector ponga el ojo en la cámara para refractar su recepción. La poesía en lo mencionado anteriormente tiene la mayor autoridad. Pero sin ser poesía, Polanco entiende que la mirada de una instantánea puede converger en una narrativa «convencional» y en una estética de la imagen, al mismo tiempo.

Como dice de manera asertiva Macarena García «Está por un lado el descalce inherente a las imágenes de la historia, tantas veces pasada por el cedazo del horror». ¿Cómo no pensar la palabra Cortes como una reminiscencia de las barricadas que el manifestante instala para hacerse oír? Parafraseo a Tarkovski cuando menciona que la continuidad en una película debe dar cuenta de la realidad, y la realidad nunca está tan hilvanada entre una secuencia y la otra; la realidad es brutal. «La imposible historia de la violencia de la dictadura y los temores de infancia que duran para siempre; los aviones que lanzan cuerpos enrielados al mar y los pájaros que lanzan carroña para alimento de sus crías.» nos enlaza Macarena nuevamente para referirnos a esa continuidad que solo la historia puede hilvanar con un antes y un después; no así, lo cotidiano. En lo cotidiano no existe la continuidad sino más bien la interferencia, el corte, la barricada. Cortes en los desvíos. Lo anterior, en palabras de Yulino Dávila en su reseña publicada en Vallejo&CO: «El poema, la prosa poética o el poema en prosa, siempre es un desajuste, una imposibilidad (creo, nunca una conclusión automática); acaso, fragmentos que giran con intención de estructura para señalar un caos perfecto del que no podemos escapar, como es la vida y sus alrededores».

Jorge Polanco es escritor y poeta que viene de la filosofía como formación académica. Lo menciono porque dentro de la disciplina de la Estética es muy difícil simplificar cuadros o fotografías hacia el punto de vista narrativo. Logra el autor nitidez y al mismo tiempo porosidades (o ruido) —incluso, me atrevería a decir que en algunos relatos está presente lo que en cine se llama «Flickering», o parpadeo: el efecto de grabar una pantalla a través de una cámara de video, que se origina debido a la diferencia de frecuencias que cada aparato emite: una pantalla emite a 60 imágenes por segundo, y una cámara normalmente difiere de esa emisión, lo que provoca una imagen descalibrada al superponer los hechos (distintas miradas y registros); como ocurre en el relato titulado El caballo de Turín. María José Cabezas en su reseña a Cortes de escena hace una síntesis que podría esquematizar de mejor manera lo que intento decir: «la fotografía del instante sin juicios aparentes, la pertenencia al pasado histórico y la reflexión sobre las imágenes en sí.» Una posible superposición.

 

El caballo de Turín

3 de enero de 1889. El caballo avanza con esfuerzo, un latigazo lo apura. Nietzsche fija su mirada en la inutilidad del sufrimiento. El eterno retorno: las correas y los yugos se incrustan en el cuerpo lastimado. Esquelético por una larga vida de trabajo, la fisonomía negra del caballo resalta en primer plano, bajo la tempestad. El filósofo lo detiene, dibuja una silueta en el aire y le da de beber.

31 de marzo de 2011. El caballo avanza con esfuerzo, lastimado por un solo hombre. Los latigazos se incrustan atravesando la nieve y el viento. Béla Tarr necesita solo una cámara que rastree el frío. Quince minutos de esfuerzo inútil y prolongado. No hay muchas palabras que el film pueda transmitir: cada imagen conforma el blanco y negro de suaves estocadas de tiempo.

15 de noviembre de 1878. Van Gogh dibuja un árbol torcido y una borrasca que deposita un cráneo en el suelo. Tal como los padres, los artistas siempre lastiman. El viejo caballo, el servidor fiel, está ahí esperando paciente bajo la lluvia. Cuando la tempestad ha acabado, el barquero los llama desde el lago.

 

Escolares

El suplemento de artes y letras, con un reportaje sobre T.S. Eliot, reposa en una esquina en las afueras de la cárcel. Sirve como mantel a dos escolares. La caja de vino tinto al medio, y una bolsa de papas fritas a un costado, permiten que el diario mantenga cierta utilidad. Con el cadencioso movimiento de sus cuerpos, la caricatura del poeta sobresale del resto del diario por una mancha sucia y delicadamente erótica que pinta los labios del conspicuo anglosajón.

 

Regiones interestelares de Tarkovski

El hombrecito camina por el sendero y el cartero cita a Nietzsche. El hombrecito riega un árbol recién plantado, aunque esté seco. Al fondo de la decoración, el mar calmo e irreconocible conjuga con una casa. El hombrecito es mudo, y es también la última esperanza ante la catástrofe. No queda otra alternativa para la humanidad. Su corazón late más rápido que el de los adultos. La madre casi llora cuando lo sintió por primera vez. El hombrecito quiere romper el eterno retorno dibujando una línea recta y una llama enorme que corte el circuito de vida y muerte. Una recta alterada por una máquina, tan delicada que divida la realidad en dos y pueda despedazar al titiritero que mueve los hilos de la naturaleza —¿el antiguo dios?—. La caminata por su sendero nos llevará a otros planetas y a reconocernos por fin en la extraña fragilidad.