A 152 años del fallecimiento de Charles Baudelaire (París, 9 de abril de 1821-31 de agosto de 1867), recordamos al poeta con CINCO POEMAS SUYOS [tomados de Charles Baudelaire, Poesía completa, edición de Javier del Prado y José A. Millán Alba, Biblioteca de Literatura Universal, Editorial Espasa, Madrid 2000, CXX+1527 páginas. Se citan, por ejemplo así: CB, o.c., p. 887, 1857, a los 36 años. Esta edición, famosa y rigurosa, opta por una versión literal de los textos. El lector hará bien de cotejar con los originales.]

¿Por qué la poesía baudelairiana sigue tan presente después de siglo y medio de su muerte? Tal vez por su modo radical de buscar «lo nuevo».

Artistas modernos como Baudelaire no producen un «mundo nuevo» ex nihilo. Lo crean por medios ficcionales, sacándolo de su interior. Para Hugo von Hofmannsthal (Baudelaire lo citaba), «la esencia de nuestro tiempo consiste en que nada que ejerce un poder real sobre los hombres se expresa metafóricamente hacia el exterior; acontece en el interior». En su sonora soledad Baudelaire descubre lo mejor y lo peor. Agrega que «la vida» siempre es nuestra vida, la de cada uno, «la propia».

Entonces, ¿de qué forma organiza Baudelaire un proceso creativo cuyo recorrido va de lo interior a lo interior tomándose el trabajo de atravesar el universo? El proceso de creación de su poesía procede con cierto orden. Está lo que goza o padece, por ser hombre: paraísos o infiernos artificiales. El primer dato de la vida era lo «natural», surgido de forma masiva y contundente. Se trata de un orden animal, edénico, infantil. «Original» porque augural en lo que toca a clasificación zoológica, a ubicación en el espacio y tiempo humanos. Dicho orden no necesita ayuda de la poesía para sobrevivir: esta no cumple ninguna función irremplazable; la inmensa mayoría de personas no la reclama. Pero llegan, según él, palabras que se inmiscuyen en la vida espontánea y la tornan poesía. ¿De qué trata ese «recubrimiento» de la vida por la poesía? ¿Es una interpretación, creían los antiguos, mediante la cual el libro de la naturaleza se traduce en el texto de la ciencia, del conocimiento? ¿O una repetición metafórica de sus mensajes y movimientos? Para Baudelaire, la poesía funciona como «segunda naturaleza» del hombre: relacionada con la primera, encargada de preservar la vida; y colindando la transformación del hecho natural (y en ese sentido con su negación), lograda mediante re-significación de lo que ya existía.

Puede que el poeta se canse de ir contra la corriente natural de la vida. Deja de entender cómo activar su alquimia verbal. Si sospecha nerudianamente que «se va la poesía de la vida» y su palabra está próxima al colapso, fantasea con sumergirse en el silencio, viviendo aquella vida animal, edénica, infantil de la que procedían él y sus versos. Llegados a este punto, al «retirarse» la poesía (como nos abandona una marea que baja o la regla reproductora en la menopausia) no aparece ante su vista la vida con que sueña sino su reverso, la muerte. El poeta advierte que lo escrito, transmutación impulsora de nuevos sentidos, se ha situado en su pasado, huyéndole a su presente. Descubre, de manera dramática, que solo el presente es vida, porque solo allí está la «novedad» y solo su escritura puede presentizarla. La torpeza de albatros de ese impulso suyo prefigura el final (literario y humano) del vate. Para aplazar lo más posible su defunción física y significativa opta por remplazar la invención actual por cierta «mímica». Desarrolla la creación inicial, elastiza un arte combinatorio para que la intuición original rinda nuevos beneficios: esculpe «su estilo». Desarrolla una «conciencia crítica» que lo guía y protege: delimita terreno y procedimientos para abarcarlo, haciendo que emerjan «temas» que él y quienes lo leen considerarán territorio compartido.

Además de los aspectos interesados y premeditados que encierra este urgido renacer del Fénix poético, el poeta mantiene intocada la nostalgia del origen, que Baudelaire llama «vuelta a la infancia». Sigue escribiendo ansioso por arder en el crisol que lo forjó poeta. ¿Vive pendiente de la inspiración? La experiencia le dice que no es la fruta fácil que cuelga de un árbol. Pretende «una visión más amplia» de creciente y compleja perspicacia. El renaciente preserva al joven poeta que fue. Se sabe miserable pero sigue persiguiendo la «inocencia», primacía de las primeras impresiones sobre las siguientes, vuelo a ras de deseo, acorta distancias con su verdad interna, repleto de la audacia de quien desentraña el fondo oculto de su impremeditada sed de vivir.

Éste es el Baudelaire que renace cada año en muchos de nosotros:

 


Sed non satiata

[CB, o.c., p. 173, 1845, a los 24 años]

Extraña deidad, morena cual las noches,
A la mezcla olorosa de almizcle y de tabaco
Obra de algún obí, Fausto de la sabana,
Bruja con grupa de ébano, nacida en noches negras,

Yo prefiero al constance, al opio y las nuits
El licor de tu boca donde el amor se entreabre;
Cuando hacia ti mis ansias parten en caravana,
Tus ojos son cisternas donde beben mis tedios.

Por esos negros ojos, troneras de tu alma,
Demonio sin piedad, viérteme menos llama;
Yo no soy el Estigio que abraza nueve veces.

¡Ay!, y tampoco puedo, Megera libertina,
Para quebrar tu fuerza y hacer que te desmayes,
Volverme Proserpina en tu lecho infernal.

 

Correspondances
[CB, o.c. p. 135, 1845, a los 24 años]

Es la Naturaleza templo, cuyos pilares
Vivos, de tiempo en tiempo brotan vagas palabras;
Pasa, a través de bosques de símbolos, el hombre,
Y éstos lo observan con familiares miradas.

Como difusos ecos que, lejanos, se funden
En una tenebrosa y profunda unidad,
Vasta como la noche y como la luz vasta,
Se responden perfumes, colores y sonidos.

Hay perfumes tan frescos como carnes de niño,
Dulces como el oboe, verdes como praderas.
Y hay otros corrompidos, triunfadores y ricos,

Con la expansión que tienen las cosas infinitas,
Como el almizcle, el ámbar, el incienso, el benjuí,
Que cantan los transportes del alma y los sentidos.

 

L’Albatros
[CB, o.c., p. 133, publicado en 1848, a sus 27 años]

Por distraerse, a veces, suelen los marineros
Dar caza a los albatros, grandes aves del mar,
Que siguen, indolentes compañeros de viaje,
Al navío que surca sus amargos abismos.

En cuanto los arrojan encima de las tablas,
Estos reyes celestes, torpes y avergonzados,
Dejan que, lastimeras, sus grandes alas blancas
Se arrastren como remos caídos, a su lado.

Este alado viajero, ¡qué torpe y débil es!
Él, otrora tan bello, ¡qué feo y qué grotesco!
¡Uno va y le fastidia el pico con la pipa,
Y al que volaba, enfermo, cojeando otro imita!

El Poeta es igual que el señor de las nubes,
Que habita la tormenta y ríe del arquero;
Exiliado en la tierra, en medio de las burlas,
Sus alas de gigante le impiden caminar.

 

Le Vampire
[CB, o.c., p. 185, 1859, a los 37 años]

Tú, que igual que una cuchillada,
En mi doliente pecho entraste;
Tú, que fuerte como un rebaño
De demonios, ornada y loca,

Llegaste a mi mente humillada,
Para hacerme tu lecho y tu feudo;
Infame, a quien estoy atado
Como el forzado a su cadena,

Como al juego el jugador terco,
Como el borracho a la botella,
Como a la carroña el gusano,
¡Oh, maldita, maldita seas!

Le pedí a la veloz espada
La conquista de mi libertad
Y rogué al pérfido veneno
Que ayudara mi cobardía.

Pero, la espada y el veneno
Me han desdeñado y respondido:
«No eres digno de ser librado
De tu maldita esclavitud,

¡Imbécil! – si de tu dominio
Te soltaran nuestros esfuerzos,
Tus besos resucitarían
Al cadáver de tu vampiro».

 

Madame Bovary
[CB, o.c., p. 887, publicado en 1857, a sus 46 años]

«No necesito entonces que mi heroína sea una heroína. Será interesante con tal de que sea bastante bonita, de que tenga carácter, ambición y una aspiración incontenible hacia el mundo superior. El compromiso, por otro lado, será mucho más noble, y nuestra pecadora tendrá al menos ese mérito – harto raro si entramos en comparaciones: ser distinta de las fastuosas charlatanas en la época que nos ha precedido.
»No necesito preocuparme por el estilo, la organización pintoresca, la descripción de los ambientes; estas cualidades las poseo en demasía; avanzaré, apoyándome en la lógica y el análisis, y probaré con ello que todos los temas son buenos o malos, según la manera que uno tiene de tratarlos, y que los más vulgares pueden transformarse en los mejores».

A partir de este momento, Madame Bovary –una apuesta, una verdadera apuesta, como todas las obras de arte– ha sido creada. Ya solo hacía falta al autor, con el fin de cumplir del todo su empeño, despojarse de su sexo (en la medida de lo posible) y convertirse en mujer. El resultado ha sido una maravilla; y es que, a pesar de todo su celo de comediante, el autor ha sido incapaz de no inyectarles una sangre viral a las venas de su criatura; y, entonces, la señora Bovary, y en su parte más enérgica y ambiciosa, pero también en su dimensión más soñadora, la señora Bovary sigue siendo un hombre. Como Pallas armada, salida del cerebro de Zeus, este extraño andrógino ha conservado la fuerza seductora de un alma viril en los encantos de un cuerpo de mujer.


NOTA: La segunda parte de esta nota se publicará en la revista Mecanismos Poéticos con el título: «Charles Baudelaire. El poeta moderno como creador de su propia ficción».