NNo es la primera vez que María Antonia Ricas Peces une sus palabras a la obra gráfica de algún artista. Estamos ante una escritora que sabe, como pocas, entrar en la materia de los cuadros, algo que quedó patente en su poemario Salir de un Hopper, allá por el año 2017, y en otros libros como El Cretense, Cuando sonríen, La mirada escrita, etc. Traspasar: pasar del otro lado de los cuadros para salir de ellos con la mirada y la palabra precisas. Entrar en los cuadros y extraer de ellos las historias, la Historia de una Humanidad cansada, por momentos agotada, desde que la luz es luz y, por tanto, sombra.

Hoy, María Antonia Ricas y Eduardo Sánchez-Beato buscan juntos el tono, pero este tándem María Antonia-Eduardo es mucho más que el encuentro de un pintor y una poeta; más que la confluencia de la palabra y del color, ya que aquí el color también es palabra, y la palabra, trazo. Incluso, canto.

Cada uno desde su disciplina entona, canta, cuenta, crea una atmósfera, un clima, un espacio-tiempo a veces luminoso, otras, sombrío, en el que somos conscientes de nuestra finitud. Como dice M. Merleau Ponty en la cita por la que accedemos al libro: «expresar lo que existe es una tarea infinita». Por eso, a sabiendas de la inmediatez y de la urgencia, y conocedores de un fin próximo, nos sometemos al «juicio de las sombras» con el deseo de ser sorprendidos, acaso indultados, por la vida, por el arte.

De lo más profundo a lo más superficial (dentro y fuera) avanzamos y retrocedemos en la herida (¿desde la herida?) sintiendo cómo «el frío se desplaza» y cómo se «multiplica la resistencia de la casa», esa prolongación de uno mismo.

Conocedora  del arte de la pintura, amante de la mitología, exploradora del canto de los pájaros y otros cantos, del poder de las piedras…, María Antonia Ricas propicia encuentros con artistas: pintores, fotógrafos, ceramistas, etc., que le ofrecen la posibilidad de resaltar, más si cabe, la plasticidad de la escritura, su materialidad, el color y el calor de las palabras, cuando las palabras necesitan expandirse.

Con Eros y Tánatos intercambiando posiciones, según los casos, según se mire, nuestra poeta camina atenta al proceder de los pájaros y al deslizarse de los minerales cuestionándose, cuestionándonos, sin alumbrar aquello que «quiere seguir siendo secreto». Como si Bécquer pretendiese «engatusar al genio creador, morderlo, o desease llamarse Eduardo / Sánchez-Beato, pintar, despeñarse en el ángulo oscuro, dejarse de motivos, fluir mientras se burla / de todos y de mí».

Y mientras tanto, Jano, abriendo las puertas del pasado y del futuro, dejándonos a solas en un momento in-existente que se derrite como se derrite la nieve:

La nieve de Jano se derrite.
Queda un lodazal,
quedan las ramas de árboles
quemados por el hielo.

María Antonia y Eduardo conversan en busca de lo esencial, la esencia: «Dime, Eduardo, cómo cambia el amor…». Ambos hacen guiños, se hacen guiños: «se dice que estamos conectados, que hay hilos invisibles de un pecho a otro pecho, que es cuestión de tiempo encontrar el vínculo, llegar al enlace y alcanzar el lazo, por fin saberse, reconocerse». Guiños a poetas que saben construir una catedral con las mismas arquitecturas con las que pinta Eduardo: Borges, Bécquer, santa Teresa, Machado… A pintores como Mantegna, Rubens, Brunelleschi, Monet… Algo que María Antonia subraya en sus versos cuando cierra los ojos:

Cierro los ojos y la pintura
se separa de su enigma, me ocupa, entra en mí,
recobra las distantes imágenes
de la niña volviendo del colegio, observando,
en el Cerro

Entonces, «como un poema deshaciéndose», la mirada dice y la palabra mira. ¿Decir es ver? ¿Mirar es escribir? Precisamente, ahí es donde quiero buscar el tono: donde surge la pregunta:

¿Habrá un dios que reciba
 el espíritu de resina,
de lignina, de celulosa?

También aquí, como en otros lugares, en otros libros, en otras palabras, lo profano y lo sagrado se comunican en esa fina línea del encuentro, del deseo, porque «siempre se desea / lo que no se tiene», aunque lo des-poseído esté tan cerca de nosotros: en estos cuadros que, por alguna razón, me descolocan, me desmiembran, me rompen. Sin saber «cuánto desatino de acero/ ha firmado con sangre la memoria». Cómo los huesos no desprecian al árbol, ni el árbol a la piedra, ni ésta, a la flor. Porque «entre tanto/ el prodigio regresa», y «hablaré con Machado / de la esperanza». ¡La esperanza!

¿La esperanza desde el arte?

Del mismo modo que existen ladronas de libros, María Antonia es una lectora de cuadros que se emociona al leerlos; que nos emociona con esa «señal sutil, escondida debajo / de la piel».  Por eso, cuando llegamos al final (¿el principio?) y encontramos el lienzo titulado «Buscando el tono», el mismo que ya viéramos en la portada del libro, sabemos que ahora miramos con otras palabras y leemos con otros ojos. Ahora entonamos (con) otro canto. Pues, como María Antonia, leemos «en Beato / un recorrido que equilibra B / la chanza y la elegancia / sin amargor». Y comprendemos (después de preguntarnos si «es posible alcanzar el tramo necesario de la altitud para no tener que gritarle al dios de las afirmaciones cuando se alocan las campanas») que el libro es ya ese lugar donde los límites se han diluido y lo único que importa es «seguir conversando con la pintura, e imaginar ese otro mundo… ».

Habremos de seguir Buscando el tono para encontrarnos. ¿Para encontrar-nos?

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