«A veces siento que por la noche vienen a mí
Ángeles en tropel
Y me mantienen bella.»

Este es uno de los versos de un poema de Alda, la poeta que pese a su atormentada vida nunca se consideró poeta maldita y tenía poderosas razones para ello.

La imagen de Alda que quiero recordar es la de una mujer con un cigarro en la mano y un collar de perlas alrededor del cuello porque eso define bastante bien su tránsito entre lo mundano y lo superior.

Esa imagen me lleva a preguntarme por la niña Alda, nacida en Milán en 1931. Una niña que aprendía a tocar el piano y que tenía acceso a  los libros de la biblioteca de su padre en la casa familiar. Su talento para la poesía fue descubierto temprano por Giacinto Spagnoletti, quien le ayudó a publicar su primer poemario cuando ella solo tenía 15 años de edad. A la par, de forma muy temprana en 1947 aparecen en su vida le prime ombre della sua mente («las primeras sombras de su mente») por lo cual pasa un mes el psiquiátrico Villa Turro.

Esta será la primera vez de otras muchas. Pasó unos diez años internada a lo largo de su vida y Alda nos ha dejado muchos comentarios sobre esta parte oscura de su vida en su libro Delito de vida, autobiografía y poesía (ed. Luisella Veroli, Vaso Roto Ediciones).

«Al haberme quedado sin mi cerebro natural a causa de los electrochoques, que me quemaron segmentos enteros, para escribir interrogo a mi intestino, mis entrañas».

Alda se casó muy joven. Fue con Ettore Carniti, propietario de algunas panaderías en Milán. Con él tuvo 3 hijas y se dijo que le había sido infiel a su esposa varias veces y que ella, una noche en la que no pudo más, enfurecida por la sospecha y el olor a perfume femenino en la ropa de su marido, le rompió una silla en la cabeza. Después de eso vino de nuevo el internamiento y la locura. Sin embargo, ella habló de él de este modo: «Sufro cuando oigo que se acusa a Ettore por haber permitido que se me internara; no creo que él hubiese deseado ofrecerme tales atrocidades. Incluso mis hijas guardan recuerdo de un padre atento y amoroso, pero totalmente incapaz de  hacerse cargo de la responsabilidad del hogar».

Después hubo otros hombres, sí. Y, el amor fue lo que elevó a Alda hasta convertirla en una criatura semejante a un ángel. Su segundo marido, Michele Pierri, fue un cirujano y poeta y esta relación fue consentida por Ettore tal como ella nos cuenta en otro fragmento de libro: «Entre Pierri y yo se dio una pasión amorosa tardía. En un inicio era solo telefónica, que los hijos no supieron comprender. Sin embargo, mi marido, Ettore, sí la entendió. Ya avanzada su enfermedad, habló con él diciéndole: “le encargo a mi mujer, cuídela y sea para ella un buen padre».

El amor, la pasión y la sexualidad están muy presentes en su obra, reflejos sin duda de su existencia. Alda tuvo afinidad con muchos poetas y también algunos amantes durante sus estancias en el manicomio, que como ella declaró, a veces, habían sido una tabla de salvación. : «Me he portado siempre como una pecadora y no me arrepiento de nada».

A la vez que ella continuó su creación poética, sus publicaciones fueron evolucionando y mostrando interés por otros temas como los oprimidos, la gente que no tiene voz propia y en su poesía encontramos, sobre todo, hacia el final de su vida muchas alusiones al Dios, la religión y sus creencias: «No voy a la Iglesia a murmurar, pero Dios está aquí conmigo. Olfateo su olor. Dos cosas me convencen de la existencia de Dios: que no soy dueña de  mi voluntad y que el océano Pacífico no pueden haberlo creado los científicos».

Otra de sus imágenes más populares es la de ella en el cuarto desordenado de su casa. Una habitación llena de objetos, fotos, recuerdos, paredes pintadas con lo que parecen números de teléfono. Alda hizo un elogio del desorden y nos habló de ello en el libro: «El desorden es necesario. Ningún poeta puede crear en el orden; su casa es la cueva de su imaginario. El poeta no quiere compromisos, calamidades, cargas ni pagarés porque no es un miserable utilero, sino un gran trovador».

Otro tema al que alude directamente y que me sorprendió es que habla sobre su propia muerte, a modo de carta de despedida hace un balance y reflexiona sobre ello: «La muerte suele producirme un sentido de alegría, como si fuera una hermana desde que era niña, pues la muerte es una compañera del amor. Dialogué con ella, aplacé su tiempo e incluso la amé».

Cierro los ojos y veo a Alda con un cigarro en mano, con un collar de perlas alrededor de su cuello, paseando por il Naviglio, ese barrio en el que pasó tantos ratos, rodeada de gente corriente que la saludaba con cariño, a quien ella invitaba cuando tenía dinero, o donde mendigaba por una copa y un cigarro cuando no tenía nada en sus bolsillos. Eterna, atemporal, como un ángel.

Ricolma il tuo vuoto, amore,
stampa gli occhi nel cielo
come un’offerta mobile di ombre:
sei laggiù e ti sento
portato nella darsena sicura.
Vorrei il vuoto della tua pazienza.
Insieme, misurandoci i ginnocchi,
abbiam patito di aspre dissonanze.
Eri tu maledetto, ora capisco,
nel senso che guardavi nella notte
senza pensare che io sono donna,
eppure io con te trasecolavo,
portavo le vendemmie dentro i carmi.

Colma de nuevo tu vacío, amor,
imprime tus ojos en el cielo
como móviles ofrendas de las sombras:
estás allá y te siento
llevado a una dársena segura.
Yo quisiera el vacío de tu paciencia.
Juntos rozándonos las rodillas,
padecimos ásperas discordancias
Eras un maldito, ahora entiendo,
ya que mirabas la noche
sin pensar que soy mujer,
sin embargo, yo ante ti me pasmaba,
llevaba las vendimias en mis cantos.

 

 

 

 

Nessuno si è accorto di lui,
che è passato silenzioso e inerte
in mezzo all’ombra e alla luce,
che ha percorso la terra
in tutte le sue longitudini,
che ha vestito di cenci
e non si è mai curato della propria bellezza.
Nessuno si è accorto
che intorno a lui l’universo
gli faceva infamia
e che era una grande colata
di sudore e amore,
nessuno l’aveva visto.
Eppure lo inseguivano tutti,
cercavano di toccarlo,
di capirlo,
di sapere quali erano le sue disubbidienze.

 

Nadie se percato de él
cuando pasó inerte y callado
entre la sombra y la luz,
el que recorrió la tierra
en todas sus longitudes
que vistió andrajos
pues nunca le preocupó su belleza.
Nadie se percató
que en torno suyo el universo
le jugaba una infamia
y que era una gran colada
de sudor y amor,
nadie lo había visto.
Aún así todos le seguían,
buscando tocarlo,
entenderlo,
saber cuáles eran sus desobediencias.

 

 

Alda Merini (Milán, Italia, marzo de 1931 – Milán, 1 de noviembre de 2009). Libros y premios: La tierra santa (1984, premio Librex Montale en 1993), Baladas no pagadas (1995), Cuerpo de amorMagnificat y La carne de los ángeles. Candidata en repetidas ocasiones habitual al Premio Nobel de Literatura.